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15 junio 2025

¿Qué fue de... Abebe Bikila?



Abebe Bikila nació el 7 de Agosto de 1932 en Jato, una pequeña aldea de Etiopía, en el seno de una familia tan humilde como numerosa. Cuando apenas contaba con 3 años de edad, la Italia fascista del dictador Benito Mussolini invadió Etiopía obligando a Bikila y a su familia a abandonar su hogar y refugiarse, durante una temporada, en la remota ciudad de Gorro. Unos meses después regresaron a su casa pero las cosas no mejoraron para ellos con las directrices del nuevo gobierno. Por un lado, muchos días no había nada que comer y las necesidades cada vez eran mayores. Y por el otro, creció en medio de una familia desestructurada en la que su madre llegó a casarse hasta en tres ocasiones. En los ratos libres en los que no tenía que pastorear, se evadía de los problemas jugando a la gena, un juego típico etíope, con una dinámica muy similar al hockey pero en la que las porterías suelen distar unos 2 kilómetros una de la otra. También, junto a su hermano Albalonga, era muy aficionado a correr por las extensas llanuras etíopes con animales, unas veces por diversión, para ver quien se cansaba antes, y otras, las que más, para cazar y poder llevar algo de comer a casa. 

A medida que iba creciendo comenzó a darse cuenta de que su vida, con que toda aquella miseria que le rodeaba, no tenía mucho futuro. Así que, en cuanto cumplió 17 años, decidió irse a vivir a la capital, Addis Abeba. Allí consiguió enrolarse nada menos que en el 5º Regimiento de infantería de la Guardia Imperial, la guardia del emperador etíope Haile Selassie. Por esa época comienza a aficionarse a salir a trotar a diario rutas que rondaban los 20 kilómetros por las colinas que rodean a la capital etíope. Su ritmo no pasa desapercibido para Onni Niskanen, un entrenador sueco contratado por el gobierno para entrenar a los militares. Impresionado por el potencial que atesoraba aquel joven desconocido, y que carecía de experiencia alguna en las pruebas atléticas, Niskanen comienza a pulir su estilo y técnica de carrera pacientemente durante los primeros meses. No necesitó mucho tiempo para darse cuenta de que lo que mejor le venía eran las pruebas de gran fondo, así que enfocó su carrera hacia el maratón. Siempre se suele decir que su carrera fue algo totalmente espontánea e improvisada, pero la realidad es que fue algo planificado al detalle desde que en 1956 empezó a entrenar de forma sistemática. 

Sus inicios en la competición tienen lugar en los campeonatos de las fuerzas armadas, donde tras un segundo puesto en su bautismo competitivo, lo gana todo. Sin embargo, para la mayoría de los expertos, sigue siendo todo un desconocido porque, hasta la fecha, únicamente había participado en dos maratones. Así, no es de extrañar que no fuera seleccionado para disputar los Juegos Olímpicos de Melbourne 1960. Sin embargo, Wami Biratu, el atleta etíope inicialmente seleccionado para correr la maratón se lesionó jugando un partido de fútbol y Bikila fue el elegido para sustituirlo. Llegó a la ciudad eterna y, antes de la prueba de la maratón, le ofrecieron unas zapatillas Adidas, que era el patrocinador de los Juegos Olímpicos. Las probó y se sintió tan incómodo con ellas que renunció a correr calzado por miedo a que le hiciesen daño y no pudiese completar la prueba. Su entrenador se desesperaba y no daba crédito a lo que estaba viendo. Pero a Bikila aquello no pareció afectarle porque ganó la prueba con autoridad, marcando un ritmo infernal que fue destrozando a sus rivales hasta llegar en solitario a la meta. Hasta se permitió el lujo de, cuando pasaba frente al obelisco de Axum robado por los italianos en 1937 a Etiopía, detenerse unos instantes frente a él para honrar a sus compatriotas caídos en combate. 
Aquello le convirtió no sólo en el héroe nacional de Etiopía, sino también en un referente del deporte mundial. A la llegada a Etiopía fue agasajado con todo tipo de homenajes oficiales y regalos. De estos últimos destacan un Volkswagen Escarabajo con chofer, ya que Bikila no sabía conducir, y una casa para su disfrute. 

Pero no todo fueron buenas noticias ya que en Etiopía hubo un intento de golpe de estado en 1960 y, como muchos de los compañeros de Bikila estaban implicados en él, estuvo acusado de tomar parte en él aunque nunca hubo pruebas que lo imputasen. Él siguió a lo suyo, corriendo y ganando maratones, con la excepción del de Boston, en el que el frío le pasó factura en los últimos kilómetros y tuvo que conformarse con un quinto puesto. Tambíen, como gran novedad, comenzaba a vérsele corriendo con zapatillas. Todas las marcas querían que llevase sus zapatillas pero la forma en la que Bikila daba largas y no se casaba con ninguna, levantó sospechas de que tenía ya apalabrado algún contrato de patrocinio, como así fue con la casa alemana Puma (por entonces, el deporte era amateur y estaban prohibidas estas cosas aunque, es sabido por todos, que se hacían bajo manga).

Durante casi un año no volvería a disputar una prueba de maratón y se centró exclusivamente en preparar lo que serían sus segundas olimpiadas, los Juegos Olímpicos de Tokio 1964. A poco más de un mes vista de la prueba olímpica de la maratón, Bikila comenzó a sentir un profundo dolor abdominal mientras entrenaba. Fue ingresado de urgencia al hospital y allí se le diagnosticó una apendicits aguda con la que, sus aspiraciones a renovar el título conseguido cuatro años atrás parecían esfumarse. Sin embargo Bikila completó una recuperación en tiempo récord y una semana más tarde estaba ya con el alta médica fuera del hospital. No tardó mucho en colgarse de nuevo las zapatillas y viajar a Roma. 
“Ahí está un rival con el cual no tenemos que preocuparnos”, pensó el fondista estadounidense Gordon McKenzie al ver a Bikila calentando para el inicio de la maratón de Roma 1960. Ni él, ni nadie, podría imaginar que aquel atleta delgado, con sus huesos delineando notoriamente su físico, minutos después dominaría los 42.190 metros de la prueba con un tiempo de 2h15m16s, y con los pies desnudos. Aquella exhibición de fortaleza física y mental, le permitió ganar la prueba con total autoridad, aventajando en meta en más de cuatro minutos a su inmediato perseguidor, el británico Basil Heatley. Con nuevo récord mundial incluido, Bikila se convertía en el primer atleta de la historia olímpica en conseguir completar un doblete en la prueba de maratón. A la vuelta a Etiopía de nuevo fue recibido como un héroe y ascendido al rango de teniente en su regimiento de infantería.

Los años siguientes siguió corriendo y ganando maratones porque en su cabeza ya figuraba el objetivo de intentar conseguir su tercer entorchado consecutivo durante los Juegos Olímpicos de Mexico 1968, pese a que la altitud no le beneficiaba. Sin embargo, en 1967, disputando la maratón de Zarautz, se lesionó en tendón de la corva. Lesión de la que nunca más se recuperaría y que provocaría que en más de una ocasión se le viese cojear durante el transcurso de las carreras. Para la cita olímpica fue recibido con todos los honores y se le reservó el dorsal 1. Pero Bikila no era el de antes, había llegado seriamente tocado pues, a la lesión de su corva había que añadirle también una fractura de peroné, diagnosticada una semana antes de la cita. Pese a todo, quiso probarse y aguantó estoicamente los 16 primeros kilómetros hasta que no pudo mas y echó el pie a tierra en la que sería su última maratón. El gobierno etíope supo valorar su tesón y capacidad de superación, y le ascendió a capitán del Regimiento de Infantería al que pertenecía.

Bikila no se dio por vencido, ni mucho menos por acabado, y unas semanas después, tras haberse recuperado de su fractura, comenzó a entrenar con la idea de competir en la maratón de los siguientes Juegos Olímpicos, los de Munich 1972. Sin embargo, un accidente en coche, cuando intentaba sortear a unos jóvenes que se estaban manifestando y que le hizo perder el control de su Cadillac, le dejó parapléjico. Afrontó aquello con una gran entereza y, tras ocho meses ingresado en un hospital de Londres, regresó a la competición probándose en pruebas de tiro con arco y en tenis de mesa para gente en silla de ruedas. Su vínculo con el movimiento olímpico permaneció intacto y acudió como invitado especial del comité olímpico internacional. Además, durante la ceremonia de apertura, fue ovacionado con todo el estadio en pie vitoreándole. Un año más tarde, en 1973, fallecía en Addis Abeba tras unas complicaciones vasculares derivadas del accidente sufrido con el coche años atrás. Fue enterrado con honores militares y en Etiopía se decretó un día de luto en su honor. Su mayor legado fue abrir un filón en las carreras de fondo para los deportistas africanos que, desde entonces, han sido los grandes dominadores. Además, fue un pionero a la hora de emplear el entrenamiento en altura como método para la mejora de la resistencia, algo que ahora tenemos muy asumido pero que, por aquel entonces, se desconocía.

15 julio 2024

Qué fue de... Emil Zatopek?


Emil Zatopek nació en Koprivnice (República Checa) en 1922 en el seno de una familia humilde. No tuvo una infancia fácil y pasó muchas necesidades. Sus padres se desvivían para trabajar y poder ganar algo de dinero con el que mantenerle a él y sus 7 hermanos. En su barrio sufrió el desprecio de sus compañeros por su complexión extremadamente delgada y enclenque, y por su voz de pito, llegando a confundirle con una niña pequeña. Además, como muchas personas que no practican deporte -algo que consideraba una pérdida total de tiempo y dinero- durante su infancia, era una persona muy descoordinada, algo que no logrará corregir del todo ni en su mejor etapa de deportista. Tan solo se le veía muy ocasionalmente jugar al fútbol con sus amigos, cuando no le quedaba otro remedio, y siempre descalzo para no estropear el único par de zapatos que tenía. 

Todo esto fue forjando el carácter de Emil, que se convirtió en una persona muy observadora, lo que, unido a su gran inteligencia, le permitió ser un destacado autodidacta el resto de su vida. Y aprovechando este don, una vez acabada la educación básica en su localidad natal, su sueño es formarse para ser maestro. Pero la economía familiar es muy limitada y no hay dinero para poder costear sus estudios universitarios. Así que Emil decide ir preparando su acceso al mundo laboral como aprendiz en la escuela profesional de zapateros en la localidad vecina de Zlin

En la fábrica, además de formar profesionalmente a sus aprendices, también les fomenta la práctica de dos actividades deportivas, el fútbol y el atletismo. Emil tenía claro que para el equipo de fútbol, al que se le presumía cierto nivel y que iba compitiendo por toda Checoslovaquia, no iba a ser seleccionado. Pero para el de atletismo, que organizaba una carrera popular anual para sus trabajadores y aprendices, no lo tenía tan claro. Así que, para curarse en salud decide fingir que está malo para ver si le libran de tomar parte en ella, pero no cuela. Además, se da la casualidad de que Checoslovaquia acaba de ser invadida por la Alemania nazi y esa prueba iba a ser utilizada por la máquina de propaganda nazi para demostrar la superioridad de la raza aria sobre los eslavos. Emil corre la prueba a regañadientes pero, durante ella, siente que se despierta algo en su interior que le lleva a pensar única y exclusivamente a ganar la prueba. No la gana pero entra en 2º lugar, dejando detrás suya a varios de los mejores atletas alemanes.

Emil pasa a formar parte del equipo de atletismo de la fábrica. Continúa sin ganar pruebas pero sigue cosechando buenos resultados. Hasta que un día conoce a uno de los mejores atletas checoslovacos por entonces, Jan Haluza. Éste le cambia su dieta, su estilo de vida y, sobre todo, le enseña los métodos de entrenamiento de la resistencia fraccionados, que más tarde el propio Emil perfeccionaría. Con ello, la forma en la que Emil se plantea sus entrenamientos cambia radicalmente. Se pasa horas observando a los mejores entrenadores y cuestionándose si, cuando se cree que las cosas se están haciendo bien, realmente se están haciendo mal. Las cargas son se vuelven más duras, prioriza el trabajo del ritmo de carrera sobre el de la técnica de carrera. Las críticas comienzan a llegar por sus gestos faciales cuando corre o por su mala técnica de carrera, a lo que Emil responde "correré con una técnica perfecta cuando comiencen a juzgar las carreras por su belleza, como en el patinaje artístico. Mientras tanto, sólo quiero correr lo más rápido posible". Tres años después de su debut comienzan a llegar las primeras victorias en competiciones nacionales y los primeros récords, batiendo hasta 3 en tan sólo 16 días. 

Tras la liberación de Checoslovaquia del yugo nazi, llega la época de la República Socialista Checoslovaca. Durante este periodo en un bombardeo la fábrica donde trabajaba es destruida y a Emil no le queda otro remedio más que buscarse la vida. Así que decide alistarse en el recién creado ejercito de su país. Sin quererlo, encuentra un lugar ideal para poder llevar a cabo entrenamientos de gran calidad porque, además de disponer de más tiempo para ejecutarlos y planificarlos, cuenta con el beneplácito de sus mandos superiores. Mientras avanza su carrera militar, siguen cayendo las victorias y los récords nacionales, lo que le llevará a competir por primera vez en competiciones internacionales.

En 1946 debuta en los Campeonatos de Europa de Oslo ante la flor y la nata de las pruebas fondo. En una carrera loca marcada por caídas de los favoritos, y por constantes cambios de ritmos y de posiciones Emil, acostumbrado a hacer su carrera sin muchas complicaciones, paga su inexperiencia y termina en quinto puesto tras acariciar hasta los últimos instantes las medallas. En las siguientes carreras en Berlín y Londres, lleva la lección bien aprendida, no deja lugar a la duda y gana con total autoridad. Los éxitos no se le suben a la cabeza, así afirmaba que "el verdadero éxito no está en ganar las medallas, sino en superar tus propias limitaciones. El espíritu humano es capaz de conseguir cualquier desafío si se lo propone. La verdadera fuerza radica en la capacidad de continuar cuando crees que no puedes más". 

Emil Zatopek y su gran rival, el francés Alan Mimoun
En 1948 comienza la dictadura comunista en Checoslovaquia y Emil sería utilizado por el Partido Comunista como un elemento propagandístico de primer orden. Una estrella deportiva en ciernes, mundialmente conocida por su buen carácter y sus excelsos valores, dentro y fuera de la pista, debía aprovecharse para combatir al demonio del capitalismo. Mientras tanto, Emil se dedica a lo suyo, a entrenar y a experimentar cómo puede mejorar su rendimiento: entrena corriendo con pesadas botas, realiza series conteniendo la respiración todo lo que puede, sale a entrenar por entre la nieve... incluso investiga qué comidas pueden ayudar a mejorar su rendimiento. Sin duda, esta es su gran aportación al entrenamiento ya que, aún siendo autodidacta, sienta las bases de lo que serán las futuras ciencias del deporte. En su haber está el perfeccionamiento de los métodos de entrenamiento fraccionados, cogiendo una distancia pequeña y machacándose en un elevado número de repeticiones separadas por pequeñas recuperaciones. Lo justificaba diciendo que "¿Por qué debería entrenar corriendo despacio? Correr lento ya sé, quiero aprender a correr rápido". Era partidario de las recuperaciones incompletas, enlazando series y repeticiones sin dejar que su organismo y su pulso retomaran la normalidad. Uno de sus entrenamientos más habituales era correr 50 series de 400 metros, intercaladas por recuperaciones de 150 metros trotando. E incluso en ocasiones había días en los que doblaba este entrenamiento mañana y tarde. Con este nivel de carga Emil, que tenía 50 pulsaciones en reposo, logra desarrollar la que será su gran baza sobre los rivales: la enorme capacidad de recuperación que tenía ante esfuerzos agónicos. Esto le permitirá realizar durante las carreras constantes arrancadas y potentes cambios de ritmo, con los que destrozará moral y físicamente a sus rivales. "Todo el mundo solía decir "Emil, eres tonto" (por la dureza de sus entrenamientos), pero cuando gané el Europeo decían "Emil eres un genio"", recuerda Zatopek.

Los Juegos Olímpicos de Londres 1948 serán su primera gran cita mundial. En su estreno en el 10.000 consigue el primer oro olímpico de la historia para su país, dejando al segundo clasificado a 48" de distancia, y su primer récord olímpico. Es tras esta hazaña cuando la prensa le pone el apelativo de "la locomotora checa". En la prueba de 5.000 metros, Emil se confía y, tras un desgaste previo tan estéril como incomprensible, llega a la parte final de la prueba exhausto y lo paga cediendo el oro ante el belga Gaston Reiff. Con sus dos medallas es recibido como un héroe nacional por el dictador comunista checo en el castillo de Praga. Sin embargo, Emil empezó a ver cosas que no le gustaban en el comunismo, como por ejemplo que su amigo y ex-entrenador, Jan Haluza, fuera condenado a trabajos forzados por oponerse a las políticas llevadas a cabo por la dictadura comunista.

En los años siguientes Emil seguirá compaginando su profesión militar, donde ya alcanzará el grado de coronel, con la competición deportiva. Empieza a alternar carreras de 5.000 y 10.000 metros, en las que batirá el récord mundial en repetidas ocasiones. Sus sistemas de entrenamiento comienzan a ser estudiados al detalle por sus rivales, e incluso es el protagonista de algún documental. Pero no todo es un camino de rosas para Emil, ya que también tiene alguna lesión de cierta importancia. E incluso, a pocos meses de los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952, pasó un proceso vírico severo que le dejó muy débil, privándole de entrenar durante varias semanas, llegando a poner en serio peligro su participación durante la cita olímpica en tierras finesas. 

A seis semanas de comenzar la competición olímpica, la Unión Soviética organiza una concentración en Kiev para los mejores deportistas de los países comunistas. Emil, gran favorito para ganar los 5.000 y los 10.000 metros es uno de los elegidos para aprovecharse del gran despliegue de medios científicos, médicos, tecnológicos..., sin escatimar gastos, con los que el gobierno comunista pretende afinar la puesta a punto de sus deportistas y los de sus aliados. Ganar al bloque capitalista ya no es una prioridad, es mucho más que eso. Es una obligación. 

Emil trabaja con profesionales muy cualificados y a la vanguardia en campos tan variados como los sistemas de entrenamiento, la biomecánica, o la medicina del deporte. De entre todos los avances e instrumentos destacaba una innovadora plataforma que medía el impulso de la pisada de los atletas durante la carrera. Un dato muy valioso y que, junto a la frecuencia de la zancada, son claves en el rendimiento del corredor de élite. Había mucha expectación en conocer los resultados obtenidos por Emil en aquellos innovadores test sobre la pisada. El resultado, que a día de hoy sigue sin publicarse, fue desconcertante. De entre más de doscientos atletas testados, el peor impulso de pisada correspondía a Emil. Aquel resultado cayó como un jarro de agua fría sobre los científicos y el propio Emil. Por si hubiese ocurrido algún tipo de error en el protocolo o en la medición se repitió y revisó la medición. Quiso contentar a los científicos y realizó el mayor impulso posible. El resultado fue el mismo. 

Los test realizados en carreras tampoco son los esperados y ponen de manifiesto que Emil está lejos de su mejor forma. Se llega a plantear renunciar a los Juegos Olímpicos, pero Emil no se viene abajo tan fácilmente. Era consciente de que para el atletismo tenía menos condiciones naturales que la mayoría de sus rivales pero también de que su vida había sido una historia de lucha y superación. Así que, unas semanas después, Emil acude a los campeonatos nacionales en donde mejora sus sensaciones de forma notable y se vuelve a mostrar intratable. 

Poco antes de partir a Helsinki, de nuevo peligra la participación en Emil en la cita olímpica. Esta vez no tiene nada que ver con lo que ocurre en las pistas de atletismo, sino más bien por motivos políticos. Todo estalla cuando el atleta Stanislav Jungwirth, es apartado del equipo olímpico porque su padre había sido acusado de repartir propaganda contra el régimen comunista checoslovaco. Por aquel entonces el dictador comunista checoslovaco tenía por costumbre, ante el riesgo de fuga a países capitalistas, castigar a los deportistas críticos con su gobierno con penas de cárcel y trabajos forzados. Con estas medidas advertía a los futuros disidentes de lo que les iba a esperar si iban contra el comunismo, pero con Emil no se atreve. Sabe que es una de las estrellas deportivas mundiales del momento y un éxito deportivo asegurado para su país. Así que le deja ir junto con el amnistiado Jungwirth pero se la guarda y, a la vuelta de los juegos, será juzgado por insubordinación. 

Tras todo este escándalo con su gobierno, Emil llega mucho más tarde que sus rivales a la cita olímpica. La primera prueba es el 10.000, prueba que gana con gran autoridad doblando a todos los participantes menos al francés Mimoun. A los cuatro días, tras disputar las eliminatorias, corre la prueba de 5.000 metros, en donde consigue su segundo oro. Y, sobre la marcha, decide inscribirse en la maratón, prueba que tendría lugar tres días más tarde y que nunca había corrido ni preparado. Y en esta prueba Emil completa una de las mayores gestas de la historia de los Juegos Olímpicos, al alcanzar su tercer oro en tan sólo una semana. Las imágenes del estadio entero, con 70.000 personas en las gradas, coreando su nombre mientras completaba la última vuelta, dieron la vuelta al mundo. Al regresar a Checoslovaquia sus acusaciones por insubordinación se olvidan y es recibido con todos los honores por los políticos y militares. Incluso es ascendido a mayor del ejército. 

En los años siguientes Emil, ya superando la treintena, iniciará un lento pero imparable declive. Además apareció una generación de jóvenes atletas de los países comunistas, moldeados en base al método el propio Emil había desarrollado, que venían pisando fuerte y que comenzaron a ganarle carreras. Así que con 34 años Emil decide retirarse para dedicarse a su trabajo en el Ministerio de Defensa. 

En 1968 Emil, como millones de checoslovacos, harto de la dictadura comunista y de la falta de democracia y libertades, fue uno de los que apoyó la llamada "Primavera de Praga". Tomó un papel activo en todo este proceso, pegando carteles de protesta, dando mítines, informando a la comunidad internacional sobre la invasión militar por parte de la Unión Soviética que estaban sufriendo... incluso llegó a dialogar con los oficiales del ejército soviético invasor para intentar persuadirles de su empeño. Pero todo esfuerzo fue estéril. Emil fue estrechamente vigilado por los servicios secretos soviéticos de la temida KGB, quienes le amenazan con represalias si sigue mostrándose públicamente contrario al comunismo. Pero Emil no se calla. Acude a los Juegos Olímpicos de México 1968 como invitado de honor y allí pide que no se le deje participar a la Unión Soviética por la invasión de Checoslovaquia. A su regreso, después de los Juegos Olímpicos, a Emil se le retira su graduación militar y se le expulsa del ejército. Se le priva de cualquier contacto con gente del exterior y comienza a orquestarse una campaña de desprestigio hacia él. Emil no se asusta y continúa movilizándose contra la dictadura comunista. Entra en contacto con movimientos estudiantiles y critica públicamente los despilfarros estatales en material bélico, en lugar de invertirlo en educación. Le ofrecen salir clandestinamente del país para pedir asilo político en el extranjero, pero Emil se niega. Es juzgado por un tribunal militar que le condenará a perder todos sus ingresos y a trabajar, primero como barrendero y después a trabajos forzados en las minas, durante el resto de su vida. Y por si esto fuera poco, para culminar su humillación, su nombre se elimina de todos los libros e instalaciones deportivas checoslovacas.

La presión ejercida sobre Emil y los trabajos forzados se verán reflejado en un gran deterioro físico, acentuado por el consumo excesivo de alcohol.  En 1973 un Emil al límite, en una acto de supervivencia pura y dura, renuncia públicamente a sus manifestaciones antigubernamentales realizadas durante la primera de Praga y se alinea con los planteamientos de la dictadura comunista. De esta forma, Emil deja de ser un problema político y poco a poco irá recobrando algunas de sus libertades más básicas, como reunirse con sus amigos y familiares. Incluso se le asigna un modesto trabajo en un centro de documentación deportiva.

Con la Revolución de Terciopelo en 1989 Checoslovaquia recupera la libertad y el estado salda una deuda histórica con él, rehabilitándolo en su grado militar y reconociéndole todos sus méritos deportivos. Muere en el año 2000 y es enterrado con todos los honores de estado. Detrás de si deja 18 récords del mundo (único fondista de la historia que logró batirlo en todas las distancias), 4 oros olímpicos, un estilo de correr espectacular e inconfundible y, sobre todo, una nueva metodología de entrenamiento que sentó las bases del entrenamiento moderno. El tiempo así lo ha demostrado y no hay ningún atleta de élite en la actualidad cuyo planning de entrenamiento no esté influenciado por sus sistemas interválicos.  Y es que como dice el famoso entrenador Fred Wilt "Antes de Emil Zatopek, nadie se había dado cuenta de que hubiese sido humanamente posible entrenar tan duro". "Para mí y para muchos otros, simplemente era mucho más de lo que podíamos soportarrecuerda Roger Banninster, una de las liebres más famosas y partícipe de varios récords. Como reconocimiento a su talento y deportividad, el Museo Olímpico de Lausana (Suiza) le hizo una estatua en su entrada, siendo el único deportista de la historia que goza de semejante honor.

15 marzo 2024

¿Qué fue de... Bob Beamon?

Robert "Bob" Beamon nació el 29 de agosto de 1946 en en Nueva York (Estados Unidos). No tuvo una infancia fácil, sobreviviendo en medio de una familia desestructurada con un ambiente que distaba mucho de ser el ideal para sacar adelante una familia. Su padre biológico, un maltratador declarado, amenazaba constantemente a su madre con matarlos si se iban de su casa. Los ingresos familiares eran escasos y sobrevivían a duras penas con las ayudas prestadas por la 
New York City Housing Authority (una entidad pública que se encarga de proporcionar viviendas decentes y asequibles a aquellos neoyorkinos con ingresos bajos). Con el paso de los años los problemas del joven Bob no paran de crecer a pasos agigantados. Con tan sólo 6 años, ve cómo su padrastro es arrestado e ingresa en la cárcel, y también pierde a su madre, afectada por una tuberculosis. Como no tenía a nadie que se hiciera cargo de su tutela, desde entonces pasa a estar en manos de su abuela materna. 

La falta de su madre deja un gran vacío en Bob, algo que le va a costar mucho superar. En su ansia por llamar la atención, se convierte en un joven muy movido y en el gracioso de la escuela. Gracias a los esfuerzos de su abuela para que no abandonase los estudios Bob ingresa en el Instituto de Jamaica, uno de los más conflictivos del distrito neoyorkino de Queens. "Mi instituto era una jungla. Tenías que estar alerta constantemente, listo para pelear o correr. Si te unías a alguna de las pandillas, podías escapar de cualquier daño, pero también podías tener problemas el resto de tu vida. Si te portabas bien, tenías muchas posibilidades de que te agrediesen todos los días. Así que me dediqué al baloncesto, y creo que eso me salvó de ser destrozado. El baloncesto es algo muy importante en Nueva York. Si eres bueno en eso, todo el mundo te respeta. Nadie querría arruinar tu ojo o tu brazo para poder lanzar a canasta". Y mientras jugaba al baloncesto, por una de esas casualidades de la vida, fue observado por Larry Ellis, uno de los entrenadores más prestigiosos de la época. Larry quedó prendado del talento que atesoraba Bob para destacar en el atletismo, así que le propuso probar con la prueba de salto de longitud. Bob accedió y resultó que en atletismo era mucho más bueno que en baloncesto. Así que a Larry no le costó mucho convencerlo para que se uniese a su equipo del instituto.

En 1965, con 19 años recién cumplidos, ya era el segundo mejor saltador de longitud de todo Estados Unidos. También fue incluido en la lista de
All-American (lista honorífica con los 10 mejores saltadores amateur del momento). Gracias a ello, consiguió una beca deportiva para ingresar en la Universidad de Carolina del Norte y allí estudiar Ingeniería Agrícola. No era un sitio que le agradase especialmente pero priorizó este centro por estar cerca de su abuela, gravemente enferma. Cuando esta falleció, pidió el traslado a la Universidad de Texas-El Paso, una de las grandes potencias universitarias norteamericanas en atletismo. Allí Bob experimentó grandes mejoras en su velocidad y en su técnica de salto, especialmente en su fase aérea. Sin embargo no todo iba lo bien que cabría esperar. Cuatro meses antes de los Juegos Olímpicos de México 1968 Bob fue expulsado, junto a otros compañeros, de la Universidad de Texas-El Paso tras haberse negado a competir, a modo de protesta, frente a la Universidad de Brigham Young. Por aquel entonces esta institución mormona no permitía competir a los atletas de raza negra, actuando con el total beneplácito de las instituciones del estado de Utah

Cuando Bob se presenta a los trials que decidirían qué atletas acudirían a los juegos olímpicos defendiendo a Estados Unidos, no lo hace en las mejores condiciones. Sin beca, sin poder completar sus estudios universitarios, sin entrenador y atravesando una profunda crisis de pareja, los pronósticos no jugaban a su favor. Sin embargo, gracias a la ayuda en los entrenamientos con su compañero, el también saltador y recordman mundial Ralph Boston, consigue el pase.

Durante la fase clasificatoria de los juegos olímpicos, Bob no las tiene todas consigo. Falla sus dos primeros intentos con sendos nulos y es un mar de dudas. Es de nuevo Ralph Boston quien juega un papel crucial. Le insiste en la necesidad de que asegure la batida y, sobre todo, de que realice un salto válido para poder clasificarse. Bob sigue su consejo y se planta en la gran final. Pero ni eso consigue lograr desconectar los problemas personales que afloran una y otra vez en su cabeza. "Todo iba mal. Así que fui al pueblo y me tomé un tequila. Me sentí muy relajado. Dormí bien". Lo que pasó al día siguiente ya forma parte de la historia del deporte. A sus 22 años hizo un salto perfecto: 19 zancadas en la pista, una batida en la que se elevó hasta 1,82 metros, para cubrir una distancia total de 9 metros y 15 centímetros (8,90 metros desde la tabla). Bob no había batido el récord del mundo y el olímpico, lo había destrozado superando la anterior marca por casi 60 centímetros. El saltador soviético Igor Ter-Ovanesyan dijo: "Comparados con este salto, somos como niños". El saltador inglés Lynn Davies, vigente campeón olímpico por entonces, le dijo a Bob: "Te has cargado la prueba". Lo mejor de todo es que, al principio, Bob no fue consciente de su logro pero, cuando se dio cuenta de que había batido el record del mundo por más de medio metro y de que los jueces no estaban preparados para llegar a medir esa distancia, Bob se derrumbó de la emoción. Según la prestigiosa publicación Sports Illustrated, su salto es uno de los 5 momentos mas importantes del deporte durante el siglo XX.

La mayor parte de los comentarios sobre esta hazaña fueron comentarios positivos pero también hubo quien la criticó. Sobre todo se le criticó las condiciones en las que realizó el salto (viento a favor de +2.0 m/s, el límite de lo permitido), y las de la ciudad de México D.F. En cualquier caso, estas fueron las mismas para todos los participantes y ninguno de ellos se  acercó, ni por asomo, a la marca de Bob. 

El caso es que las críticas le molestaron mucho, tanto que le empezaron a afectar en su rendimiento. "Algunas personas dijeron que hice un salto afortunado en los juegos olímpicos", dijo. "Después de un tiempo, ese tipo de comentarios se te meten en la cabeza". El miedo al vacío comenzó a apoderarse de él y nunca más volvió a acercarse a esa marca (8,22 fue su tope). Solía rondar los 7,80 metros, una marca respetable para la mayoría pero no para él. Entre los 24 y los 26 años apenas volvió a competir aquejado de una lesión crónica en su pierna. Poco a poco fue apartando el atletismo de sus prioridades para centrarse más en sus estudios de Sociología en la Universidad de Adelphi, en su Nueva York natal. Como buen amante del baloncesto, recibió un homenaje de la NBA, al ser drafteado de forma simbólica por los Phoenix Suns. Tras colgar las zapatillas se dedicó a promover el atletismo entre los más jóvenes, llegando a desempeñar el cargo de director de atletismo de la Universidad Estatal de Chicago, y también realizando varias colaboraciones en el estado de California. Su último cargo, hasta su jubilación, fue el de director del Museo Olimpico de Florida. Ha sido nombrado miembro del Salón de la fama olímpico y del atletismo


Su récord olímpico, a día de hoy sigue vigente. No así el mundial, batido en 1991, cuando el también estadounidense Mike Powell voló hasta los 8,95 m acabando con mas de 22 años de reinado. 
@wikipedia, ArtPhotoLimited,Team USA

15 noviembre 2023

¿Qué fue de... Dick Fosbury?


Richard Douglas Fosbury, más conocido como Dick Fosbury, nació el 6 de marzo de 1947 en la ciudad de Portland (Oregón, Estados Unidos). Desde bien pequeño fue criado en un ambiente deportivo ya que su madre había sido atleta y su padre había servido durante la II Guerra Mundial en el ejército norteamericano. Además, en el deporte encontró un medio ideal con el que reprimir  ciertos sentimientos y frustraciones de una infancia con varios episodios traumáticos a sus espaldas (perdió en un accidente a un hermano al que estaba muy unido, y sus padres tuvieron un divorcio nada fácil y que terminó de forma poco amistosa). El joven Dick no le hacía ascos a ninguna modalidad deportiva y, aunque le encantaban sobre todo el baloncesto y el fútbol, finalmente terminó decantándose por el salto de altura, porque era donde más destacaba.

Sus inicios en la competición con apenas 15 años fueron malos pues aquel joven alto y delgado no lograba sobrepasar los 1,50 metros con ninguna de las técnicas por aquel entonces vigentes (rodillo ventral y salto de tijera). Lejos de venirse abajo, y aprovechando sus estudios universitarios de Ingeniería Civil, Fosbury hizo lo que no había hecho nadie: cuestionar las técnicas de salto vigentes y buscar una nueva con la que minimizara sus carencias y potenciara sus virtudes en el salto. "Cuando estamos desesperados, a veces es cuando nuestra imaginación empieza a funcionar y encontramos soluciones que de otra forma ni siquiera habríamos soñado" solía decir. Así un día apareció en las pistas de atletismo y, aprovechando que habían cambiado el serrín del foso de saltos por otro más acolchado, tuvo un golpe de genio y comenzó a valorar la posibilidad de hacer los saltos de espaldas. Poco a poco, con cada entrenamiento fue diseñando y perfeccionando una nueva técnica de salto en la que, gracias a atacar el listón de espaldas, se acortaba considerablemente la distancia entre el centro de gravedad del saltador y el listón. Sus entrenadores, que no daban crédito a lo que estaban viendo, intentaron convencerle de que desistiera en su empeño y que adoptase las técnicas tradicionales. Pero Fosbury, con una fe ciega en sus posibilidades, hizo caso omiso a sus detractores y siguió trabajando en el diseño de aquella técnica de forma incesante. Su primera victoria moral llega cuando, debido a su empeño más que otra cosa, le dieron el visto bueno y homologaron su técnica para permitirle competir con ella aunque, siendo sinceros, ninguno creía que iba a llegar muy lejos con ella. Incluso fue constantemente motivo de mofa entre sus compañeros y entrenadores. "Todos se reían de mí, considerándome un chiflado y un friky por salirme de las normas establecidas" recuerda. Incluso la prensa local se burlaba de él porque parecía "un pez saltando en un bote".

Cuando se disputaron las pruebas estatales Fosbury, contra todo pronóstico, se hizo con el subcampeonato tras un salto de 1,96 metros. En los Campeonatos Universitarios se hizo con dos títulos consecutivos, elevando su marca personal hasta los 2,20 metros. Así, sin hacer mucho ruido y con su nueva técnica, Fosbury se plantó con tan sólo 21 años en los Juegos Olímpicos de México 1968 como mejor saltador de su país y la mejor marca del año. La cita olímpica en la capital azteca pasaría a la historia por ser una de las ediciones más espectaculares de todos los tiempos con 80.000 personas abarrotando las gradas del estadio olímpico. En ella se sometería a los atletas por primera vez a controles antidopaje, se bajaría por primera vez de los 10 segundos en la prueba de los 100 metros, en longitud Bob Beamon lograría su legendario récord olímpico de 8,90 metros (aún vigente)... y Fosbury batiría el récord olímpico saltando 2,24 metros, quedándose a tan sólo 4 centímetros del récord del mundo del soviético Valeri Brúmel. En apenas 6 años había pasado de no ser capaz de saltar un metro y medio, a quedarse a tan sólo unos centímetros del récord del mundo. Toda una hazaña.

Pero su irrupción en la alta competición fue tan rápida como fugaz. El nuevo estilo, rápidamente bautizado como Fosbury, fue adoptado paulatinamente por sus rivales, aunque también hubo un pequeño número de escépticos que siguieron negando su eficacia. Con ello, Dick Fosbury perdió la gran ventaja que le suponía ser el único usuario de la nueva técnica y volvió a ser un saltador del montón. Es más, ni logró clasificarse para los siguientes Juegos Olímpicos de Munich 1972 pese a tener sólo 25 años, edad en la que la mayoría de los saltadores están comenzando su etapa de plenitud. Eso sí, 28 de los 30 participantes emplearon su estilo.

Tras el varapalo sufrido, se retiró y creó su propia empresa de ingeniería civil, en la que trabajó el resto de su vida. También hizo sus pinitos en política, siendo elegido para el cargo de Comisionado para el Condado de Blaine en 2019. Siguió vinculado al deporte a través de World Fit, una organización sin ánimo de lucro que busca promover los ideales olímpicos y fomentar los programas de acondicionamiento y desarrollo físico para los más jóvenes. Siempre será recordado porque, sin ser el mejor dotado físicamente de su época, fue capaz de desarrollar una técnica innovadora que aún perdura en nuestros días y que cambió para siempre la prueba del salto de altura. Y a él, a titulo personal, siempre le quedará la satisfacción de que "la popularidad actual es un premio maravilloso a cuanto tuve que aguantar al principio con un estilo que no gustaba a nadie. Sólo cuando gané en México pasé a la categoría de héroe".

En 2023 falleció tras vivir los últimos meses de su vida aquejado de un linfoma.