Los Juegos Olímpicos de Munich en 1972 han pasado a la historia por ser, si no la que más, al menos una de las ediciones más accidentadas de la historia del deporte. Ese año regresaban a Alemania, aquel país que acogió también en 1936 los Juegos Olímpicos de Berlín. Sin embargo, el panorama ya no era el mismo. No quedaba ni rastro del gobierno nazi de Adolf Hitler que había sumido al país teutón en el mayor de los desastres. La población, diezmada tras años de guerra sin cuartel, fue víctima de las absurdas políticas expansionistas de las potencias aliadas, siendo confinada en dos nuevos países: la República Federal Alemana y la República Democrática Alemana. El bloque occidental y el bloque comunista, fuertemente enfrentados, hacían valer cualquier ocasión, ya fuese deportiva o no, para intentar demostrar su superioridad sobre el otro. Y los Juegos Olímpicos no fueron la excepción. Pero, entre tanta tensión y medidas de seguridad, con los que nadie contaba era con "Septiembre Negro", un grupo terrorista palestino que se encargó de sembrar el pánico en la villa olímpica. En medio de la competición, el 5 de septiembre, 8 terroristas palestinos se infiltraron en la residencia de los deportistas, matando a 2 deportistas de la delegación israelí y tomando a 9 más como rehenes. En el intento de rescate, fallecerían los 9 rehenes israelíes, además de 5 terroristas palestinos y un policía alemán.
Pero este incidente no iba a ser el único en el que la política se iba a mezclar con el deporte. La Guerra Fría entre el bloque comunista, encabezado por la Unión Soviética, y los Estados Unidos, estaba en pleno apogeo y, a falta de conflictos bélicos, el deporte se convirtió en un medio inmejorable para mostrar la superioridad política e ideológica sobre su odiado rival. Por entonces, los norteamericanos, ante la imposibilidad de mandar a sus estrellas de la NBA, por su estatus de jugadores profesionales, enviaban a sus mejores jugadores universitarios. Su superioridad era tal que incluso con sus jugadores amateurs, que rondaban los 20 años, habían sido capaces de alzarse con el oro en las anteriores siete citas olímpicas. Su racha inmaculada de más de cincuenta victorias, y ninguna derrota, hablaba por sí sola. Con semejante panorama, el oro parecía estar reservado para la selección norteamericana, teniendo que conformarse el resto de selecciones con las migajas. Pero no todos lo veían así. Hacía años que en la Unión Soviética y la extinta Yugoslavia, el baloncesto se había convertido casi en una cuestión de estado y las diferencias con el gigante norteamericano eran cada vez menores.
El torneo olímpico comenzó dándole continuidad al modelo competitivo de las últimas ediciones: dos grupos de ocho selecciones cada uno, clasificándose únicamente los dos primeros de cada uno para las semifinales. El combinado estadounidense se presentó con un equipo más bisoño e inexperto que el de ediciones anteriores, con jóvenes que apenas rondaban los 20 años. De hecho, por primera vez, ninguno de los componentes del equipo olímpico norteamericano había sido seleccionado en el draft de ese mismo verano (algunos sí ocuparán puestos altos, pero en las ediciones de 1973 y 1974). Aún así, partían con la vitola de grandes favoritos y de enemigo a batir por el resto de las selecciones clasificadas. Y, cuando la pelota comenzó a rodar, los resultados no hicieron más que confirmar las previsiones de los expertos. Estados Unidos se presentó a lo grande, sacando el rodillo a pasear frente a selecciones llamadas a estar arriba, como Checoslovaquia, Australia o Cuba. Pero en el cuarto partido, Brasil, selección con la que nadie contaba, no sólo logró neutralizar su torrente ofensivo sino que además les obligó a exprimirse a tope para ganar por un exiguo 61-54. Aquello fue un punto de inflexión para el resto de selecciones, especialmente los soviéticos que, por primera vez, veían que derrotar a los norteamericanos no era tarea imposible. Además, en su grupo, la Unión Soviética no sólo ganó todos sus partidos, promediando más de 20 puntos de ventaja, sino que además se permitió el lujo de decidir qué otro país le acompañaría a semifinales. Un Yugoslavia - Unión Soviética en la séptima y última jornada de grupo, con los soviéticos ya clasificados y los plavis pendientes del basketaverage ante un posible triple empate con italianos y puertorriqueños, despejaría el camino hacia las medallas. La derrota yugoslava supondría dejar a un rival directo fuera, a la par que clasificaba a Italia, una selección a la que habían ganado cómodamente en la fase de grupos y que no sería rival en un hipotético duelo por las medallas.
Los cruces de las semifinales depararon un Estados Unidos - Italia y un Unión Soviética - Cuba que, salvo sorpresa mayúscula, dejaban vislumbrar cual iba a ser la gran final. Los Estados Unidos cumplieron los pronósticos y ya, con más días de descanso de por medio, tras disputar los primeros siete partidos en tan sólo ocho días, sacaron de nuevo el rodillo y borraron del campo a Italia. Los transalpinos fueron capaces de parar en parte el arsenal ofensivo de Estados Unidos, pero en ataque se mostraron muy por debajo de su nivel condicionados por una excelente defensa norteamericana. El 68-38 final lo decía todo. Por su parte, los soviéticos, en lo que se presumía como un partido que no debería complicársele mucho, encontraron en su aliado político un hueso duro de roer. Cuba les obligó a exprimirse al máximo, llegando a ponerles en aprietos y crearles serias dudas en su juego durante varias fases del partido. Finalmente, los soviéticos se llevaron la victoria tras un ajustado 67-61 en el marcador.
La final más deseada por comunistas y capitalistas era ya una realidad. Pero más por los soviéticos porque, tan sólo unos días antes del torneo olímpico, el norteamericano Bobby Fischer se convirtió en el primer no soviético en alzarse con el título de Campeón del Mundo de Ajedrez. Su victoria ante el soviético Boris Spasski fue tomada por en el Kremlin como una humillación y los servicios secretos soviéticos, la KGB, no tardaron en tomar cartas en el asusnto. En un viaje relámpago, se presentaron en Múnich y le comunicaron a Vladimir Kondrashin, el técnico del equipo soviético de baloncesto, la necesidad imperiosa de devolver el golpe. El baloncesto, deporte creado por los norteamericanos, y en el que mostraban un dominio incontestable desde su inclusión como deporte olímpico en 1936, se presentaba como una ocasión inmejorable para ello.
Los antecedentes no invitaban al optimismo tras el fiasco soviético durante el Campeonato del Mundo de 1970, en donde los de Alexander Gomelsky se tuvieron que conformar con el bronce. La llegada de Kondrashin, todo un estudioso del baloncesto no despertó inicialmente mucha confianza entre las altas esferas políticas y deportivas soviéticas. Fiel defensor de sus ideas, tras su nombramiento como seleccionador nacional dos años antes, había roto la tradición de que el CSKA de Moscú fuese la base del seleccionado soviético. En su lugar, sabiéndose inferior a los americanos, diseñó una selección muy física, con un gran compromiso defensivo, muy compenetrada y capaz de montar rápidos contrataques con los que desarbolar al rival. Su primera prueba de fuego fue el Campeonato de Europa de 1971, en donde ya se pudo vislumbrar un importante giro táctico en su equipo. A partir de ahí, las autoridades soviéticas le dieron carta blanca, reforzando su impronta en el grupo. Además, tenía la motivación extra de que, si lograba la victoria, el gobierno ruso se haría cargo de una costosa operación que su hijo, en silla de ruedas, necesitaba.
Por su parte, el combinado norteamericano abogaba por una línea continuista, manteniendo en el cargo a Henry Iba, el técnico que les había llevado hasta el oro en las dos olimpiadas anteriores. Nadie reparó en sus métodos arcaicos, pero por otro lado entendibles en una persona de 70 años, ni en que llevase ya dos años apartado de los banquillos de la Universidad de Oklahoma State tras jubilarse. Tampoco pareció importar mucho que sus tres mejores jugadores renunciasen a ir con la selección por diferentes motivos. Julius Erving acaba de convertirse en profesional tras firmar por la ABA, Bill Walton renunció a vestir la camiseta nacional en protesta por la guerra de Vietnam, y Swen Nater se hartó de los métodos de Henry Iba y abandonó la concentración del equipo. Pensó que, a falta de sus mayores talentos ofensivos, cimentar sus victorias en una buena defensa debería de bastar para hacerse con su tercer oro olímpico consecutivo.
El 9 de Septiembre de 1972 las dos superpotencias mundiales se enfrentaban en un pabellón abarrotado de aficionados, que en su mayoría apoyaban al equipo americano. Los soviéticos comenzaron el partido jugando con gran personalidad, se notaba que era un bloque muy trabajado y que jugaba de memoria. Conocedores de sus limitaciones, pero también de los puntos débiles del rival, evitaban a toda costa de que el partido se convirtiese en un correcalles porque ahí llevaban todas las de perder. En su lugar, realizaron ataques largos, ralentizando constantemente el juego y poniendo en aprietos a la defensa americana con tiros certeros de media distancia. Por su parte, los estadounidenses no atinaban a desarbolar la defensa soviética que, además, se mostraba mucho más efectiva en el rebote. El 7-0 inicial a favor de los soviéticos hizo saltar las alarmas entre los universitarios que tardaron 4 minutos en anotar su primera canasta. Tratan de ajustar la defensa pero Sergei Belov los machaca una y otra vez, demostrando quien es el mejor jugador del torneo, aumentando la diferencia hasta un 21-11. Sin embargo, en los minutos finales, un arreón final de los estadounidenses acorta las diferencias hasta el 26-21 con el que se llega al descanso. Tras el paso por los vestuarios todo el mundo esperaba la remontada de los norteamericanos, pero esta no llegó. El juego se recrudecía a medida que pasaban los minutos y, víctima de una trifulca con el soviético Edeskho, los norteamericanos perdían a su ala-pívot Dwight Jones, el único que lograba frenar a los soviéticos bajo los aros. Poco después, un fuerte golpe contra el suelo les dejó sin Jim Brewer, su pivot. Estados Unidos acusó el golpe y, a diez minutos del final, de nuevo los soviéticos se fueron en el marcador (38-28). A Henry Iba no le queda otra que quemar todas las naves y morir matando. Renuncia a sus encorsetados sistemas y desata todo el talento que atesoran sus jugadores cuando le meten ritmo al juego. Ordena una presión a toda cancha que consigue, por primera vez, desarbolar la férrea defensa rusa. Doug Collins y Kevin Joyce lideraron la remontada norteamericana, llegando al último minuto tan sólo un punto abajo (49-48). Las dudas parecían atenazar a los soviéticos, más pendientes del reloj que de los complejos sistemas de juego. Comenzaron a acusar la presión de verse ganadores mientras veían como se desmoronaba su magistral plan en tan sólo unos minutos, ante la avalancha de juego de sus rivales. El estadio, contagiado del ambiente que reinaba en la pista, se convirtió en una auténtica olla a presión.
Los soviéticos acometieron el que podía ser su último ataque tratando de agotar al máximo la posesión para realizar un último lanzamiento que le diese la puntilla a su rival. El balón quemaba en las manos, y nadie parecía atreverse a realizar el lanzamiento final. A punto de entrar en los 10 últimos segundos, el balón le llega a Aleksander Belov pero su lanzamiento es taponado por Tom McMillen. Su rechace lo cogió Sergei Belov, el máximo anotador del partido, quien, intentó pasar la pelota sin percatarse de que Doug Collins estaba al acecho. El escolta interceptó el balón y enfiló la canasta soviética dispuesto a culminar la gran remontada con una bandeja por el lado izquierdo. Pero, apareció por allí Zurab Sakandelidze para cometer sobre él una violenta falta, desentendiéndose por completo del balón mientras le empujaba por la espalda, en lo que hoy sin duda sería una falta antideportiva. Con 3 segundos aún por jugar, Collins deberá lanzar dos tiros libres para intentar ponerse por delante en el marcador por primera vez en todo el partido. Antes de que Collins se dirigiese a la línea de tiros libres, la mesa de anotadores mira hacia el banquillo soviético y les pregunta si quieren hacer uso del tiempo libre que aún les queda. En aquel momento, la norma les permitía solicitarlo antes del primer o segundo tiro libre. Kondrashin dice que ni hablar, prefiere esperar a ver el resultado del primer tiro para ver si lo necesita o no. Espera a que la presión de tener que anotar los dos tiros venza a Collins. Lo que no sabe es que es un jugador frío, probablemente el menos indicado para hacerle falta jugándose algo.
Collins, tras recuperarse del gran golpe que ha recibido, anota el primer tiro y empata el partido 49-49. El pabellón estalla celebrándolo por todo lo alto, al mismo tiempo que uno de los entrenadores asistentes soviéticos corre a la mesa para solicitar un tiempo muerto. Los oficiales de mesa, atónitos, no reaccionan. Su inexperiencia en estos finales apretados les impide llegar a entender que el mismo equipo que hace tan sólo unos segundos habían rechazado el tiempo muerto ofrecido, ahora de repente lo demande con tanta urgencia. Entre que dudan qué hacer y hacen sonar la bocina, los árbitros ya le habían dado el balón a un Collins en plena ejecución de su segundo tiro libre. El escolta norteamericano no falla y, por primera vez en todo el partido, coloca a los Estados unidos por delante en el marcador (49-50). Con tres segundos por jugar aún, suena la bocina para parar el juego y darle el tiempo muerto solicitado a los soviéticos. Pero, por alguna razón desconocida, quizás por por el griterío ensordecedor o la tensión acumulada, el soviético Modestas Palauskas pone el balón en juego sacando de fondo sobre Sergei Belov y los árbitros paran el partido, cuando aún restaba un segundo por jugar. Varios jugadores e integrantes del equipo de Estados Unidos pensaron que era la bocina final del partido y comenzaron a celebrar la victoria. El cuerpo técnico soviético se dirigió hacia la mesa para exigir el tiempo muerto que no les habían concedido. Los americanos, que desconocían el error de la mesa, no comprendían la razón de las protestas ya que entendían que se había aplicado correctamente el reglamento.
Según el reglamento, el tiempo muerto ya no podía solicitarse. Collins anotó su segundo tiro libre y, con un segundo en el reloj, los soviéticos sacaron en corto para que Sergei Belov lanzase un tiro lejano a la desesperada. Los estadounidenses comenzaron a celebrar su octavo entorchado olímpico por todo lo alto, saltando y abrazándose por toda la pista. Por su parte, el grueso del equipo técnico y los jugadores soviéticos focalizaron su frustración con airadas protestas al equipo arbitral y la mesa de anotadores.
La tensión con la que se había disputado el partido ahora se trasladaba a la zona técnica y a la mesa, donde las partes implicadas discutían acaloradamente. Es entonces cuando hizo su aparición el inglés William Jones, secretario general de la FIBA (Federación Internacional de Baloncesto). En una decisión sin precedentes, bajó desde su palco y, unilateralmente, sin contar con nadie, ordenó al equipo arbitral que, tras el tiempo muerto, se reanudase de nuevo el partido con aún tres segundos por disputar en el marcador. El equipo norteamericano, inmerso en las celebraciones, no daba crédito a lo que estaban viendo. La indignación en su delegación fue tal que muchos jugadores están dispuestos a abandonar la cancha e irse a los vestuarios si tal decisión se lleva a cabo. Pero Henry Iba se niega. Dice que vuelvan a la cancha y ganen el partido. Su confianza en la victoria es tal que ni se molesta en poner a presionar el saque a su hombre más alto, Tom Burleson, de 2,24 metros, lo que hubiese dificultado mucho el saque a los soviéticos.
Con ambos equipos en pista, se reanuda de nuevo el partido. Los soviéticos sacaron en corto buscando a Sergei Belov para que intentase anotar desde larga distancia, algo que ya había hacho varias veces a lo largo de su carrera. Sergei recibe, se gira y rápidamente arma el brazo para lanzar desde su propio campo sin que la pelota entre en el aro. Es entonces cuando, sin haber agotado los tres segundos, suena la bocina final. Los americanos vuelven a celebrar el título de nuevo y los soviéticos vuelven a dirigirse a la mesa para reclamar que únicamente se ha disputado 1 de los 3 segundos que restaban por jugar. La mesa de anotadores da la razón a los soviéticos porque en el momento de sacar de fondo, el reloj aún no se había puesto en 3 segundos (todavía marcaba el segundo que restaba de la última jugada previa al polémico tiempo muerto). Así que, por tercera vez, la URSS volverá a sacar de fondo. Ivan Edeshko, el hombre encargado del saque, en lugar de buscar en corto a Sergei Belov, extremadamente marcado, buscó sorprender a los americanos con un pase largo hacia la zona contraria. Sorprendentemente, Tom McMillen, el jugador norteamericano encargado de presionar el saque de fondo, en lugar de encimar a Edeshko, da un paso atrás con la idea de ayudar a presionar un previsible saque en corto. En el otro extremo de la pista Aleksander Belov recibe el pase medido que le ha enviado su compañero y, sobre la bocina, anota el definitivo 51-50 ante la estéril oposición de Kevin Joyce y Jim Forbes. Ahora son los soviéticos los que corren, saltan y se abrazan por todas las esquinas del campo celebrando la gesta de ser el primer equipo olímpico que derrota a los Estados Unidos. Éstos, por su parte, no están de acuerdo con todo lo acontecido. Henry Iba realizó una protesta formal que se dirimió entre 5 representantes de la FIBA.
A las cuatro de la mañana, con los jugadores esperando por el veredicto final sentados en las gradas del estadio, se ratifica la victoria de la URSS por 3 votos a 2. Algo esperado, por otra parte, ya que los cinco delegados correspondían a Cuba, Polonia, Hungría (países comunistas todos), Puerto Rico e Italia. La polémica aumenta cuando se conoce que el árbitro principal del partido, el brasileño Renato Righetto, se ha negado a firmar el acta arbitral por estar indignado por cómo se ha gestionado el partido. Además, el delegado italiano que ha tomado partida en la reclamación norteamericana, afirmó que “yo he votado en blanco y han salido tres a dos a favor de los soviéticos. Ninguna papeleta en blanco”. A la mañana siguiente, cuando debían acudir a la ceremonia de la entrega de medallas, el equipo estadounidense partió de vuelta a casa. Rechazaron la plata olímpica porque sentían que les pertenecía un oro que les habían robado con aquel final tan polémico. A día de hoy, el Comité Olímpico Internacional guarda sus medallas en una caja fuerte de su sede de Suiza. Cada año, les envían una carta a la Federación Estadounidense de Baloncesto para que las acepten. Pero ellos, siguen negándose a recogerlas. Incluso hay alguno, como Kenny Davis, el capitán de aquel equipo, que en su testamento ha prohibido a sus herederos recoger esa medalla bajo ningún pretexto.
La historia tuvo su epílogo durante la final de baloncesto de los Juegos Olímpicos de los Ángeles 1984. Allí, el alero Chris Mullin, amigo personal de Henry Iba, nada más ganar el oro olímpico, hizo que, para resarcirlo de aquel mal trago, fuese manteado por los miembros de aquel equipo de ensueño: Michael Jordan, Pat Ewing, Sam Perkins...
📷Mister Dato, Infobae, Marca,Curistoria.com













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