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Frederick Carlton Lewis, más conocido como Carl Lewis, nació el 1 de julio de 1961 en Birmingham (Alabama, Estados Unidos). Creció en el seno de una familia de docentes muy querida y valorada dentro de su comunidad, en una época en la que el racismo en los estados sureños estaba muy extendido. De hecho, sus padres, Bill y Evelyn, fueron de los pocos jóvenes de color que habían podido cursar estudios universitarios por entonces. Bill había llegado a ser un notable atleta de 400 metros lisos. Evelyn había destacado en baloncesto y atletismo, llegando a ser considerada como una de las tres mejores vallistas del mundo durante los años 50, cuando fue seleccionada para disputar los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952. Ambos, a pesar de gozar de una buena situación económica, algo poco corriente para una joven familia negra en Alabama, nunca olvidaron sus orígenes humildes. Siempre se mostraron muy activos en los movimientos sociales que luchaban a favor de los derechos humanos y contra la segregación racial que sufrían los afroamericanos en su país. De hecho, llegaron a tener cierta relación personal con Martin Luther King, quien bautizó a los dos hermanos mayores de Carl. No corrieron la misma mala suerte del Premio Nobel de la Paz pero cerca estuvieron. En 1963, cuando el joven Carl tenía 2 años, 4 miembros del Ku Klux Klan atentaron con una bomba en la iglesia baptista que los Lewis tenían al lado de su casa, dejando como resultado 4 niñas fallecidas. Asustados, decidieron mudarse al norte del país, a Willingboro, una próspera localidad a las afueras de Philadelphia pero perteneciente al estado de New Jersey, buscando un entorno más seguro para toda la familia.
Toda la familia se integró rápidamente en la dinámica de su nuevo hogar. Sus padres continuaron siendo profesores y, además, se hicieron cargo de los equipos femeninos de atletismo de sus respectivos institutos. Los éxitos deportivos que cosecharon les llevarán a aunar esfuerzos y crear en 1969 el Club Atletismo Willingboro. El joven Carl les acompañaba, junto a su inseparable hermana, a todos los entrenamientos y competiciones, muchas veces a regañadientes. Entonces era un joven introvertido, tímido, conformista, y al que el deporte no parecía entusiasmarle demasiado. "Para mi edad, era bajito, el enano de la familia, el que no era un atleta, y mi padre siempre se preguntaba si aquello cambiaría en algún momento... en todas las familias siempre parece haber alguien sin talento, así que creo que aquel debería de ser yo" recuerda Carl. Su hermano mayor era el saltador y velocista con más talento del instituto, el mediano jugaba al futbol en el New York Cosmos, y su hermana pequeña comenzaba a despuntar en los saltos de longitud. A Carl le quedaba tan sólo el consuelo de tocar bien el violonchelo y de haber sido elegido para formar parte de la orquesta del instituto. Todo cambia cuando, en el foso de los saltos, mientras esperaban que terminasen sus padres de entrenar, deja de hacer castillos de arena para comenzar a competir con su hermana para ver quién salta más de los dos. Y lo que comenzó como un inocente juego de niñez, terminó convirtiéndose en su mayor pasión. Desde ese momento, su progresión es imparable, soñando con ser como aquel atleta que, durante los Juegos Olímpicos de México 1968, había visto por la televisión saltar casi 9 metros. Ni si quiera su baja estatura le impidió ganar, con tan sólo 12 años, el premio anual Jesse Owens de Philadelphia. Para una persona tan tímida e introvertida el atletismo era el deporte ideal para seguir siendo él mismo. Todo lo contrario de lo que pasó con los deportes colectivos que practicó (fútbol americano, baloncesto y béisbol), en donde no encontró más que un ambiente hostil en el que nunca llegó a encajar.
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Consolidado como una de las mejores promesas del estado, accedió al equipo de atletismo del Instituto de Willingboro, donde su padre ejercía como profesor y entrenador. Todo fue bien hasta que, mientras competía en una prestigiosa prueba, resbaló y cayó al suelo, privando al equipo de una histórica victoria que, sus compañeros en el relevo, ya acariciaban con sus manos. Aquel accidente situó a Carl como el blanco de las iras de sus compañeros de equipo que, lejos de consolarlo, se cebaron impunemente con él. Harto del trato, a final de curso decide cambiar la matrícula al Instituto John Fitzgerald Kennedy, donde su madre era ahora quien ejercía el doble rol de profesora de Educación Física y entrenadora. Aquel incidente había despertado en Carl un sentimiento de orgullo hasta entonces desconocido para él. Se había prometido que "nunca jamás me volverán a humillar en la pista". El cambio de aires le sentó bien, siguió mejorando sus prestaciones en pista y, además, pegó un gran estirón, alcanzando su altura actual, 1,88 metros. En los meses previos a dar el salto a la universidad, se convierte en el objeto de deseo de las que gozan de una mejor sección de atletismo. En teoría, el deporte universitario norteamericano es amateur. Tienen terminantemente prohibido recibir más incentivos que una beca por estudios, flexibilidad horaria en sus clases y alojamiento gratis. Pero la realidad es otra. La Universidad de Fairleigh Dickinson le ofrece mucho dinero, viajes, material deportivo y hasta un coche. La Universidad de Houston le ofrece vincularle a la multinacional Nike para un posible futuro tema de patrocinios. La Universidad de Tennessee le ofrece lo mismo pero con Adidas. La Universidad de Villanova promete facilitarle la entrada al mundo de los negocios poniendo a su nombre una franquicia de Athletic Attic. La lista es interminable, lo que resalta el potencial que atesora el joven Carl. "El teléfono podía llegar a sonar hasta 10 veces en una sola noche y ya estaba cansándome de hablar con entrenadores", así que decide firmar con la Universidad de Houston, tras entrevistarse con Tom Téllez, su entrenador jefe. "El entrenador Téllez no me ofreció dinero, ni un coche, ni un contrato de patrocinio" pero, a nivel de conocimientos técnicos, estaba muy por encima del resto, lo que impresionó en sobremanera a Carl.
Lo primero que hizo Tom Téllez, tras iniciar los entrenamientos, fue modificar su técnica de salto. En lugar de quedarse "colgado" en el aire, le insistió en que "avanzara", para lo que tenía que caminar en el aire después de despegar. La prueba de salto de longitud era su favorita, en detrimento de la de velocidad. "En la calle de salto no hay nadie, así que tengo todo el tiempo del mundo para entrenar. Nunca tuve que esperar mi turno, y no tenía más que correr y saltar". Una semana antes de los campeonatos universitarios, con tan sólo 18 años, acude como invitado a una prueba de 100 metros lisos y derrota a James Sandford, el número 1 mundial de la velocidad. Las comparaciones con Jesse Owens son inevitables tanto por su velocidad, como por su versatilidad. Ya con 19, acude a los Trials, en los que se definirá el equipo que acudirá a representar a Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Moscú 1980. Carl deja de ser una promesa y se confirmó como una realidad. Queda 4º en la prueba de los 100 metros lisos, clasificándose como miembro del relevo 4x100, y consigue un 2º puesto en la prueba de salto de longitud, disputándole la victoria a todo un especialista como Larry Myricks. Finalmente, por motivos políticos, los Estados Unidos boicotearán la cita olímpica por motivos políticos y Carl Lewis tendrá que conformarse con disputar los Juegos Panamericanos junior. Allí, no hizo más que corroborar que ya era toda una realidad del atletismo mundial tras hacerse con tres oros en las pruebas de velocidad.
A pesar de su supuesto amateurismo, condición indispensable para todo deportista universitario norteamericano, Adidas se convierte en su primer patrocinador a cambio de costearle los viajes. También, a través de su representante, Joe Douglas, cobraba un fijo por cada evento en el que participaba para que así "ni la NCAA ni le Universidad de Houston pudieran enterarse". Y tras un primer año de una fructífera relación con Adidas, la marca alemana le ofrece prolongar su vinculación como "consultor", durante 4 años, a razón de 8.000 dólares por temporada, además de incentivos. Pero Carl, que acababa de recibir una propuesta de 15.000 dólares anuales de un representante de la marca japonesa Asics Tiger, les pidió que le igualasen la oferta. Adidas se negó y, cuando Carl fue a firmar con los japoneses, se encontró con que no había tal oferta. Desesperado, acudió a Don Coleman, un antiguo velocista que trabajaba para Nike, una marca secundaria por entonces que aún distaba mucho de ser el gigante mundial que es ahora. A través suya, consigue un contrato con los de Oregón a cambio de 5.000 dólares anuales, más incentivos. Sin quererlo, Nike comenzó con Carl Lewis, y luego continuará con Michael Jordan, la campaña de tutelar a jóvenes deportistas talentosos que le catapultó al éxito. Y no se equivocaron porque Carl comenzó a acumular victorias y récords universitarios, simultaneando carreras de velocidad con salto de longitud, como décadas atrás había logrado Jesse Owens. Para 1982 Carl ya había renegociado con Nike su contrato, pasando a ser ahora de 200.000 dólares anuales, con un bonus de 40.000 por oro olímpico.
Sin rival en las pistas, siguió acumulando dobletes en velocidad y longitud al mismo tiempo que comenzaba a descuidar sus estudios universitarios. Así, en su tercer año, cometió la torpeza de no presentarse a un examen para el que no había estudiado. Y eso, en el rígido sistema universitario norteamericano, significaba la exclusión temporal del programa universitario de atletismo. Carl, dado su estatus deportivo y notable popularidad, solicitó la repetición del examen pero la Universidad de Houston se mostró inflexible. Finalmente, la dirección deportiva universitaria, sometida a numerosas presiones políticas, le concedió un ultimátum: estarán dispuestos a readmitirlo siempre y cuando se comprometa a dar prioridad a sus estudios y, sobre todo, a renunciar a participar en algunas exhibiciones atléticas a las que acudía, al margen de su universidad, con el equipo de Santa Mónica. A Carl no le sentó nada bien que le dijesen qué debía de hacer y qué no. No entendían que él "quería seguir creciendo" y, sobre todo, que "si competía menos, mis progresos en el atletismo se estancarían". Así que, para sorpresa de muchos, Carl decidió poner fin a su etapa universitaria, aunque siguió viviendo en Houston y siendo entrenado por Tom Téllez. Desde entonces, Carl aseguró que "correré para Santa Mónica y para mí". Lejos de verse afectado por su drástica decisión, los resultados comenzaron a aflorar convirtiéndose en el primer atleta, desde 1886, que conseguía hacer un triplete: oros en los 100 metros, 200 metros y salto de longitud durante los Campeonatos Nacionales. Algo que ni el mismísimo Jesse Owens había logrado. Y con el añadido de que sus marcas se acercaban cada vez más a los récords mundiales: "estoy a 0,1 del récord mundial de los 100 metros, 0"03 del récord de los 200 metros y a 10 centímetros del récord de longitud, así que esta incertidumbre me resulta fascinante. Hace que competir siga siendo divertido" afirmaba. Sus marcas abrieron la veda hacia la búsqueda de nuevos récords en disciplinas como el 100 o la longitud, cuyos topes mundiales llevaban vigentes más de una década, pareciendo inaccesibles hasta entonces. Sin querer, Carl llevó al atletismo a una de sus épocas más espectaculares de su historia.
Pero no todo fue un camino de rosas para Carl. Su particular forma de entender el atletismo, simultaneando varias modalidades, le supuso ser el centro del debate entre periodistas, atletas y aficionados. Varios, como el velocista británico Allan Wells, afirmaban que "no tiene sentido intentar lo que ha hecho Carl Lewis. Los entrenadores norteamericanos no deberían haberle permitido competir en las dos pruebas. Son ganas de buscarse problemas". También se le criticó cómo gestionaba sus esfuerzos para desgastarse lo menos posible y así poder llegar en condiciones de competir por la victoria en las cuatro pruebas. "He hablado con mucha gente y, en lo que todos coincidían, es que le faltó deportividad. Todo el mundo sabe lo gran atleta que es, y no es que le tengan envidia ni nada por el estilo. Pero, para algunos, ya se está pasando" criticaba su compatriota Edwin Moses, minutos después de que Carl renunciase a batir el récord del mundo en longitud para no desgastarse de más de cara a la final de los 200 metros. Pero, por mucho que arreciasen las críticas, lejos de afectarle, todo aquello se convertía en una motivación extra para Carl. "Era la gente como Wells la que me inspiraba para seguir haciendo lo que hacía".
Con solo 22 años se plantó en Helsinki como una de las figuras emergentes del atletismo mundial, para competir en los primeros Campeonatos del Mundo de Atletismo que se organizaban. Aunque llevaba en mente competir en el 100, 200, 4x100 y longitud, finalmente renunció a hacerlo en el 200 porque creía que la climatología jugaba en su contra. Ganó el oro en las tres pruebas en las que participó y se convirtió en el gran protagonista en todas las portadas de la prensa mundial. Hubo un diario noruego que trató de enturbiar su imagen relacionándolo con el dopaje, algo que empezaba a perseguirse tímidamente en aquellos años, pero la propia Federación Internacional de Atletismo (IAAF) se encargó de desmentirlo. Inicia el año 1984 con el objetivo de igualar la gesta de su ídolo, el gran Jesse Owens, 48 años atrás en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. El boicot de la Unión Soviética y la República Democrática de Alemania, devolviendo la afrenta sufrida durante los Juegos de Moscú 1980, en cierta medida, le allanó el camino hacia los 4 oros. Logró ganar cómodamente los 100 metros lisos (9,99), logrando la mayor ventaja de la historia sobre el segundo clasificado (0,21 décimas). El segundo oro fue en salto de longitud, donde tan sólo necesitó hacer dos saltos, y renunciar a los otros cuatro, de cara a reservar energías para las series clasificatorias de los 200 metros que se disputaban ese mismo día. El tercero lo logró en el 200, con récord olímpico incluido (19"80). Y el cuarto cayó con el relevo 4x100 metros en donde se encargó de realizar la última posta. Sin embargo, su hazaña olímpica fue más celebrada por la prensa mundial que por el público asistente, que llegó a silbarlo en alguna ocasión. Esta gestión del esfuerzo tan particular, unida a la frialdad que mostraba ante los medios de comunicación norteamericanos, lo convirtieron en el centro de las críticas desde muchos frentes: se le cuestionó su estilo de vida, su religiosidad, su condición sexual, sus propiedades, sus coqueteos con la música... Sin embargo, en el resto del mundo, y especialmente en Europa, Carl Lewis se convirtió en todo un icono, ya no sólo del atletismo, si no del deporte mundial.
Después del éxito olímpico pasa un tiempo en donde las pruebas de salto comienzan a desaparecer parcialmente de su programa competitivo para centrarse más en las carreras. Tan sólo realiza participaciones muy esporádicas donde siempre se alzó cómodamente con la victoria. Pero, a medida que se acercan los Campeonatos del Mundo de Roma 1987, emergen dos amenazas para Carl Lewis. Por un lado, el soviético Bob Emmian logra saltar 8,61 metros, marcando un nuevo récord de Europa. Y por otro, el canadiense Ben Johnson comienza a dominar la prueba de los 100 metros lisos, derrotando a Carl Lewis en las 6 ocasiones previas en las que coincidieron. En Roma, Johnson confirmó su supremacía en la prueba reina derrotando a Carl Lewis y llevando el nuevo récord mundial hasta los 9"83. Los rumores de dopaje de Johnson, movidos por la prensa estadounidense y el propio Carl Lewis, comienzan a expandirse por todas partes. "En Roma se ha producido uno de los mayores escándalos del deporte. Pocos son los grandes campeones que no utilizan sustancias dopantes para mejorar su rendimiento. Yo soy uno de ellos. No sé explicar cómo ciertos velocistas de esta ápoca son capaces de batir récords mundiales. Para mí, la situación actual, destruye toda época del atletismo". Johnson y su entorno, lejos de callarse, contratacaron presentando un estudio de la Universidad de Ottawa en donde se ponía de manifiesto las excepcionales capacidades neuromusculares del canadiense. En la prueba de longitud, Carl Lewis sí logró hacerse con el oro tras un salto de 8,67 metros, inalcanzable para Bob Emmian y Larry Myricks.
Sin casi tiempo para digerir la derrota de Roma, llegaron los Juegos Olímpicos de Seúl 1988. La final de los 100 metros lisos acaparó los mayores índices de audiencia de aquella edición. Carl Lewis había llegado en su mejor versión, con el aval de haber derrotado a Ben Johnson en la única ocasión en la que habían coincidido. Por su parte, el canadiense llegaba tras una recuperación casi milagrosa de una lesión en su pierna derecha, que hizo peligrar su participación en la olimpiada hasta las semanas previas. Ambos se plantaron en la final pero de diferente forma. Mientras Carl Lewis llegó sobrado, Ben Johnson tuvo que sufrir más de lo esperado para lograr colarse entre los 8 mejores. Pero, contra todo pronóstico, Ben Johnson reapareció con su mejor versión y destrozó a todos sus rivales con un nuevo récord del mundo, unos increíbles 9"79. Esto no hizo más que aumentar las sospechas, que ya había previamente, de dopaje sobre el atleta canadiense. A los pocos días, el Comité Olímpico Internacional comunica el positivo por estanozonol. Johnson nunca aceptará el positivo y, a día de hoy, sigue manifestando su inocencia, culpando de su positivo a una modificación de la muestra de su orina. La descalificación del canadiense le devuelve a Carl Lewis el cetro mundial y olímpico, con lo que la posibilidad de repetir los 4 oros de Los Ángeles 1984 estaba en su mano de nuevo. El segundo oro lo consigue en la prueba de salto de longitud, con un salto de 8,72 metros que dejó sentenciada la prueba frente a sus compatriotas Larry Myricks y Mike Powell. En los 200 metros lisos tuvo que conformarse con la plata, tras ser derrotado en los metros finales por su amigo, y pupilo, Joe DeLoach. En el relevo de 4x100 metros, las cosa fue aún peor: el equipo norteamericano, máximo favorito para hacerse con el oro, fue descalificado tras una mala entrega del testigo. Esta época de rivalidad con Ben Johnson, desgastó mucho a Carl Lewis. Tanto, que decidió tomarse los dos siguientes años casi de forma sabática para preparar con tranquilidad los próximos mundiales de Tokio. Siguió con su racha de imbatibilidad en longitud, aunque el nivel de sus rivales le ponía cada vez en mayores aprietos.
Con 30 años, se presentó a los Campeonatos del Mundo de Tokio 1991 con un triple objetivo: ganar el oro en los 100 metros, el relevo 4x100 metros y en el salto de longitud. Sus compatriotas Leroy Burrell, en los 100 metros lisos, y Mike Powell, en longitud, ya le habían dado un serio aviso en los trials clasificatorios, poniéndolo contra las cuerdas. En la final de los 100 metros lisos más rápida de la historia, Carl Lewis se hizo con el oro, nuevo récord mundial incluido (9"86). En la prueba de salto de longitud también se vio la mejor competición de todos los tiempos en esta modalidad. Carl Lewis logró volar hasta los 8,91 metros que, a la postre, serían insuficientes para conseguir el oro. Los 8,95 de Mike Powell pusieron fin a un doble récord: a los 23 años de los 8,90 que había marcado Bob Beamon, y a las 65 pruebas de longitud consecutivas que Carl Lewis llevaba invicto. Jamás una medalla de plata fue tan amarga. Carl reconocía que "para mí esta es una noche muy triste. Yo he dado de mí todo lo que tenía y jamás pude imaginarme que, saltando 8´91 iba a ser derrotado". En el 4x100 metros pudo desquitarse junto a sus compañeros, logrando el oro y un nuevo récord del mundo. Lo más sorprendente es que, pese a 2 oros, 1 plata y dos récords del mundo, para muchos medios de comunicación norteamericanos Carl Lewis fue en gran derrotado. Ver para creer.
Pero, como siempre hacen los grandes campeones, tras la dolorosa derrota de Tokio, buscó desquitarse y focalizó sus miras en los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. La triple corona, ganar la misma prueba durante 3 olimpiadas seguidas, era su gran obsesión y un reto sólo a la altura de los más grandes. Pero, a sus 31 años, con una década en la élite mundial, los trials clasificatorios fueron un baño de realidad. Logró in extremis una plaza para el equipo de relevos 4x100 y otra para la prueba de longitud. La triple corona en longitud parecía casi imposible dado que Mike Powell, el plusmarquista mundial, estaba a un nivel superior al que podía llegar Carl. Sin embargo Powell, al que quizás le pudo la presión, no consiguió superar los 8,67 metros que marcó Carl en su primer, y mejor, salto. En el 4x100 mostró de nuevo que la experiencia es un grado, jugando un papel destacado en el oro conseguido por el equipo estadounidense, con nuevo récord mundial.
Con 32 años, y nuevos talentos atléticos emergiendo, Carl Lewis acude al Campeonato del Mundo de Stuttgart 1993. Consciente de que su cuerpo ya no era el mismo, y poco atraído por los mundiales bianuales a los que consideraba poco más que "supermítines", decide renunciar a la prueba de salto de longitud para centrar sus esfuerzos en rendir en los 100 y 200 metros lisos. En el hectómetro, contra todo pronóstico, roza la medalla tras finalizar en 4ª posición. En el doble hectómetro consigue ganar el bronce, su primera medalla en un mundial en esta modalidad. Sin embargo, tras el mundial entró en una espiral de lesiones, y recaídas, que le mantuvo prácticamente en blanco los dos siguientes años. Así que, cuando la retirada parecía coger forma, como si de un ave fenix se tratase, Carl Lewis renace de sus cenizas y se confirma como uno de los mejores saltadores norteamericanos durante los trials clasificatorios para los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. Con el cubano Iván Pedroso intratable, amenazado muy de cerca por el recordman norteamericano Mike Powell y el jamaicano James Beckford, como grandes aspirantes al oro, la participación de Carl Lewis parecía predestinada a ser una mera comparsa. Pero la desgracia se cebó con Iván Pedroso y Mike Powell, que vieron lastrado su concurso por sendas lesiones. Tan sólo James Beckford (8,29 metros) logró hacer algo de frente a los 8,50 metros que marcó Carl Lewis para hacerse finalmente con el oro. De esta forma entró en los anales del olimpismo al convertirse en uno de los 5 deportistas que ha logrado vencer en la misma prueba individual durante 4 olimpiadas. Pero su participación estuvo a punto de no terminar aquí. Quedaba el relevo del 4x100 metros y, aunque no había acudido al campus preparatorio, si fuese convocado podría participar sin problemas. Pero las exigencias de Carl Lewis y su confrontación con el técnico principal, Erv Hunt, dieron al traste con toda opción de incluirlo. "Si me lo pidieran, lo correría en un segundo. Pero no me lo han pedido", confirmaba Carl en una entrevista. Sin él, el equipo de relvos 4x100 terminó en segunda posición, siendo superado por Canadá.
En 1997 Carl Lewis anunció su retirada. A partir de entonces, los reconocimientos no pararon de llegarle desde todas las instituciones. En 1999 fue galardonado como Deportista del Siglo por el Comité Olímpico Internacional , Atleta Mundial del Siglo por la Federación Internacional de Atletismo, y Olímpico del Siglo por la prestigiosa revista Sports Illustrated. En el 2000, la Universidad de Houston, le puso su nombre al complejo deportivo donde hoy ejerce como entrenador jefe de su equipo universitario de atletismo. Y, en 2010, fue incluido en el Salón de la Fama del Atletismo que hay en New Jersey. También ha realizado sus pinitos en el cine, con pequeños papeles en algunos cortos y películas. "Sé que triunfaré en el cine. Dentro de 10 años ganaré el Oscar" llegó a decir nada más retirarse. En los últimos tiempos se le ha visto participar en algunos eventos políticos, destacando su enemistad declarada con Donald Trump, al que considera "un racista prejuicioso, misógino, que no valora a nadie más que a sí mismo".
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