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15 agosto 2025

¿Sabías que...?

¿Sabías que... la historia de que la prueba de la maratón tiene 42,195 kilómetros en honor a la distancia que recorrió Filípides para avisar en Atenas de la victoria sobre los persas, en la batalla de Maratón, era mentira?

En realidad, Filípides no corrió 42,195 km, cubrió un total de 246 km, ya que tuvo que ir y volver a Esparta, en día y medio. Y no fue a anunciar una victoria a Atenas desde Maratón, como se dijo. Lo que realmente hizo fue ir desde Atenas a Esparta para buscar ayuda de dicha ciudad-estado helena. Y es que los atenienses no tenían suficientes tropas para contrarrestar al ejercito persa y no les quedó otro remedio que acudir a pedir auxilio a sus vecinos espartanos. Sin embargo, cuando Filipides llega a Esparta, éstos estaban celebrando sus fiestas patronales, con lo que regresa a Atenas corriendo y sin los ansiados refuerzos espartanos.


Además, hoy sabemos que Filípides recorrió la distancia a pie (si fuese a caballo levantaría sospechas entre los espías persas y lo matarían en el trayecto) y con toda su equipación (si fuese desarmado y sin su armadura, los propios helenos podrían confundirlo con un desertor y ejecutarlo). 
Esta historia fue tergiversada y adornada románticamente durante los siglos posteriores y llega a oídos de Pierre de Coubertain, el inventor de los JJOO modernos, quien la implanta en el programa olímpico. 

Si de verdad quieres emular a Filípides, has de saber que hoy en día, se sigue celebrando una prueba de resistencia que cubre los 246 kilómetros que separan Atenas de Esparta, ida y vuelta, sin descando: el Spartathlón

15 junio 2025

¿Qué fue de... Abebe Bikila?



Abebe Bikila nació el 7 de Agosto de 1932 en Jato, una pequeña aldea de Etiopía, en el seno de una familia tan humilde como numerosa. Cuando apenas contaba con 3 años de edad, la Italia fascista del dictador Benito Mussolini invadió Etiopía obligando a Bikila y a su familia a abandonar su hogar y refugiarse, durante una temporada, en la remota ciudad de Gorro. Unos meses después regresaron a su casa pero las cosas no mejoraron para ellos con las directrices del nuevo gobierno. Por un lado, muchos días no había nada que comer y las necesidades cada vez eran mayores. Y por el otro, creció en medio de una familia desestructurada en la que su madre llegó a casarse hasta en tres ocasiones. En los ratos libres en los que no tenía que pastorear, se evadía de los problemas jugando a la gena, un juego típico etíope, con una dinámica muy similar al hockey pero en la que las porterías suelen distar unos 2 kilómetros una de la otra. También, junto a su hermano Albalonga, era muy aficionado a correr por las extensas llanuras etíopes con animales, unas veces por diversión, para ver quien se cansaba antes, y otras, las que más, para cazar y poder llevar algo de comer a casa. 

A medida que iba creciendo comenzó a darse cuenta de que su vida, con que toda aquella miseria que le rodeaba, no tenía mucho futuro. Así que, en cuanto cumplió 17 años, decidió irse a vivir a la capital, Addis Abeba. Allí consiguió enrolarse nada menos que en el 5º Regimiento de infantería de la Guardia Imperial, la guardia del emperador etíope Haile Selassie. Por esa época comienza a aficionarse a salir a trotar a diario rutas que rondaban los 20 kilómetros por las colinas que rodean a la capital etíope. Su ritmo no pasa desapercibido para Onni Niskanen, un entrenador sueco contratado por el gobierno para entrenar a los militares. Impresionado por el potencial que atesoraba aquel joven desconocido, y que carecía de experiencia alguna en las pruebas atléticas, Niskanen comienza a pulir su estilo y técnica de carrera pacientemente durante los primeros meses. No necesitó mucho tiempo para darse cuenta de que lo que mejor le venía eran las pruebas de gran fondo, así que enfocó su carrera hacia el maratón. Siempre se suele decir que su carrera fue algo totalmente espontánea e improvisada, pero la realidad es que fue algo planificado al detalle desde que en 1956 empezó a entrenar de forma sistemática. 

Sus inicios en la competición tienen lugar en los campeonatos de las fuerzas armadas, donde tras un segundo puesto en su bautismo competitivo, lo gana todo. Sin embargo, para la mayoría de los expertos, sigue siendo todo un desconocido porque, hasta la fecha, únicamente había participado en dos maratones. Así, no es de extrañar que no fuera seleccionado para disputar los Juegos Olímpicos de Roma 1960. Sin embargo, Wami Biratu, el atleta etíope inicialmente seleccionado para correr la maratón se lesionó jugando un partido de fútbol y Bikila fue el elegido para sustituirlo. Llegó a la ciudad eterna y, antes de la prueba de la maratón, le ofrecieron unas zapatillas Adidas, que era el patrocinador de los Juegos Olímpicos. Las probó y se sintió tan incómodo con ellas que renunció a correr calzado por miedo a que le hiciesen daño y no pudiese completar la prueba. Su entrenador se desesperaba y no daba crédito a lo que estaba viendo. Pero a Bikila aquello no pareció afectarle porque ganó la prueba con autoridad, marcando un ritmo infernal que fue destrozando a sus rivales hasta llegar en solitario a la meta. Hasta se permitió el lujo de, cuando pasaba frente al obelisco de Axum robado por los italianos en 1937 a Etiopía, detenerse unos instantes frente a él para honrar a sus compatriotas caídos en combate. 
Aquello le convirtió no sólo en el héroe nacional de Etiopía, sino también en un referente del deporte mundial. A la llegada a Etiopía fue agasajado con todo tipo de homenajes oficiales y regalos. De estos últimos destacan un Volkswagen Escarabajo con chofer, ya que Bikila no sabía conducir, y una casa para su disfrute. 

Pero no todo fueron buenas noticias ya que en Etiopía hubo un intento de golpe de estado en 1960 y, como muchos de los compañeros de Bikila estaban implicados en él, estuvo acusado de tomar parte en él aunque nunca hubo pruebas que lo imputasen. Él siguió a lo suyo, corriendo y ganando maratones, con la excepción del de Boston, en el que el frío le pasó factura en los últimos kilómetros y tuvo que conformarse con un quinto puesto. Tambíen, como gran novedad, comenzaba a vérsele corriendo con zapatillas. Todas las marcas querían que llevase sus zapatillas pero la forma en la que Bikila daba largas y no se casaba con ninguna, levantó sospechas de que tenía ya apalabrado algún contrato de patrocinio, como así fue con la casa alemana Puma (por entonces, el deporte era amateur y estaban prohibidas estas cosas aunque, es sabido por todos, que se hacían bajo manga).

Durante casi un año no volvería a disputar una prueba de maratón y se centró exclusivamente en preparar lo que serían sus segundas olimpiadas, los Juegos Olímpicos de Tokio 1964. A poco más de un mes vista de la prueba olímpica de la maratón, Bikila comenzó a sentir un profundo dolor abdominal mientras entrenaba. Fue ingresado de urgencia al hospital y allí se le diagnosticó una apendicits aguda con la que, sus aspiraciones a renovar el título conseguido cuatro años atrás parecían esfumarse. Sin embargo Bikila completó una recuperación en tiempo récord y una semana más tarde estaba ya con el alta médica fuera del hospital. No tardó mucho en colgarse de nuevo las zapatillas y viajar a Roma. 
“Ahí está un rival con el cual no tenemos que preocuparnos”, pensó el fondista estadounidense Gordon McKenzie al ver a Bikila calentando para el inicio de la maratón de Roma 1960. Ni él, ni nadie, podría imaginar que aquel atleta delgado, con sus huesos delineando notoriamente su físico, minutos después dominaría los 42.190 metros de la prueba con un tiempo de 2h15m16s, y con los pies desnudos. Aquella exhibición de fortaleza física y mental, le permitió ganar la prueba con total autoridad, aventajando en meta en más de cuatro minutos a su inmediato perseguidor, el británico Basil Heatley. Con nuevo récord mundial incluido, Bikila se convertía en el primer atleta de la historia olímpica en conseguir completar un doblete en la prueba de maratón. A la vuelta a Etiopía de nuevo fue recibido como un héroe y ascendido al rango de teniente en su regimiento de infantería.

Los años siguientes siguió corriendo y ganando maratones porque en su cabeza ya figuraba el objetivo de intentar conseguir su tercer entorchado consecutivo durante los Juegos Olímpicos de Mexico 1968, pese a que la altitud no le beneficiaba. Sin embargo, en 1967, disputando la maratón de Zarautz, se lesionó en tendón de la corva. Lesión de la que nunca más se recuperaría y que provocaría que en más de una ocasión se le viese cojear durante el transcurso de las carreras. Para la cita olímpica fue recibido con todos los honores y se le reservó el dorsal 1. Pero Bikila no era el de antes, había llegado seriamente tocado pues, a la lesión de su corva había que añadirle también una fractura de peroné, diagnosticada una semana antes de la cita. Pese a todo, quiso probarse y aguantó estoicamente los 16 primeros kilómetros hasta que no pudo mas y echó el pie a tierra en la que sería su última maratón. El gobierno etíope supo valorar su tesón y capacidad de superación, y le ascendió a capitán del Regimiento de Infantería al que pertenecía.

Bikila no se dio por vencido, ni mucho menos por acabado, y unas semanas después, tras haberse recuperado de su fractura, comenzó a entrenar con la idea de competir en la maratón de los siguientes Juegos Olímpicos, los de Munich 1972. Sin embargo, un accidente en coche, cuando intentaba sortear a unos jóvenes que se estaban manifestando y que le hizo perder el control de su Cadillac, le dejó parapléjico. Afrontó aquello con una gran entereza y, tras ocho meses ingresado en un hospital de Londres, regresó a la competición probándose en pruebas de tiro con arco y en tenis de mesa para gente en silla de ruedas. Su vínculo con el movimiento olímpico permaneció intacto y acudió como invitado especial del comité olímpico internacional. Además, durante la ceremonia de apertura, fue ovacionado con todo el estadio en pie vitoreándole. Un año más tarde, en 1973, fallecía en Addis Abeba tras unas complicaciones vasculares derivadas del accidente sufrido con el coche años atrás. Fue enterrado con honores militares y en Etiopía se decretó un día de luto en su honor. Su mayor legado fue abrir un filón en las carreras de fondo para los deportistas africanos que, desde entonces, han sido los grandes dominadores. Además, fue un pionero a la hora de emplear el entrenamiento en altura como método para la mejora de la resistencia, algo que ahora tenemos muy asumido pero que, por aquel entonces, se desconocía.

04 junio 2025

Citas

"Correr te da libertad. Eliges tu ritmo, tu circuito y piensas en lo que quieras. Nadie te dice lo que hacer".

NINA KUSCIK
Primera mujer en ganar la maratón de Boston. 

12 mayo 2025

Los pies descalzos que asombraron al mundo

El etíope Abebe Bikila, como tantos otros niños, corría a diario desde su casa a la escuela. Cuando creció, se enroló en el Quinto Batallón de Infantería de la Guarda Real, siguió corriendo los 20 kilómetros que separaban Jato, el pueblo en donde residía y la capital etíope, Adís Abeba. En Etiopía cuentan que Bikila decidió competir en serio cuando vio que el emperador Haile Selassie recibía a la delegación olímpica de los Juegos de 1956, pero lo cierto es que fue el entrenador sueco Onni Niskanen quien le propuso convertirse en atleta cuando lo descubrió por pura casualidad. En la década de 1950, el gobierno etíope había firmado un contrato con Suecia mediante el cual, centenares de profesionales escandinavos llegaron al país para modernizar determinados sectores. Niskanen había sido contratado para formar militares, y acabó quitando el uniforme a los soldados para que se convirtieran en atletas. El sueco creó un equipo en el que la estrella era Wami Biratu, un indisciplinado atleta que se había quedado sin ir a los Juegos Olímpicos de Melbourne en 1956 por desertar del ejército cuando lo destinaron lejos de su familia. Aquella falta le fue perdonada después y la plaza para asistir a los Juegos Olímpicos de Roma en 1960 era suya, pero la suerte sonrió a Bikila, pues pocas semanas antes de que la delegación etíope partiese hacia Roma, Biratu se lesionó.

Con tan sólo 27 años y recién casado en un matrimonio concertado por su madre, como mandaban los cánones de su cultura, Bikila se plantó en la capital italiana sin ninguna experiencia internacional previa. Solamente había corrido dos maratones en su tierra, aunque en la segunda había mejorado el récord olímpico del checo Emil Zátopek de 1952. Ni siquiera tenía zapatillas deportivas, para qué necesitaba unas si hasta entonces siempre había corrido descalzo. Bikila sabía que debía usar zapatillas para competir en las vías romanas, pero justo antes de la salida decidió correr descalzo porque las que le habían ofrecido le molestaban y temía que le salieran ampollas durante la prueba. En la línea de salida, los demás atletas miraron sus pies con sorpresa, pero pronto se olvidaron de él, uno más perdido en medio del grupo. 

Cuando Abebe Bikila entró en la plaza romana de Porta Capena, levantó la vista y observó el imponente obelisco de Aksum, una de las reliquias arquitectónicas etíopes que había sido expoliada por las tropas de Benito Mussolini como trofeo de guerra en 1937. Fue entonces cuando apretó los dientes y aceleró el paso hasta comenzar a marcar un fuerte ritmo que le permitió alcanzar la cabeza de la prueba. A medida que superaba rivales, todos se quedaban mirando atónitos la planta de sus pies desnudos, los mismos que le permitían desarrollar aquel ritmo de carrera infernal. Únicamente el atleta marroquí Rhadi Ben Abdesselam pudo aguantar su marcha, aunque acabó rendido a falta de 500 metros para la meta. Cuando Bikila afrontaba la recta final, centenares de soldados italianos, los mismos que habían invadido dos décadas atrás su patria y habían hecho refugiados a sus padres, escoltaron su marcha triunfal por la Vía Apia. Bajo la mirada de todos, el corredor batió el récord mundial del soviético Sergei Popov y se hizo con la primera medalla de oro que un país africano lograba ganar en una maratón olímpica. Nunca antes una maratón había gozado de tan bella estampa, en medio de las ruinas romanas bañadas por la nacarada luz del amanecer. Y, desde Emil Zatopek, nadie había impresionado tanto cubriendo esa distancia.

Bikila fue recibido por millares de compatriotas en la capital etíope, Adís Abeba. El mismo emperador le regaló un automóvil Volkswagen y, cuando Bikila le dijo que no sabía conducir, le puso un chófer. También fue promovido a coronel y el gobierno etíope se aseguró de que pudiera entrenar con todas las comodidades y participar en maratones por todo el mundo. En 1961 ganó la maratón de Atenas corriendo nuevamente descalzo, en la que sería la última vez que corrió sin zapatillas. En el año 1963 sufrió su única derrota en una maratón, la de Boston, donde, pese a liderar gran parte de la prueba, pasó tanto frío que acabó en quinto lugar, lejos del ganador, el belga Aurele Vandendriessche.

A diferencia de lo ocurrido en los Juegos Olímpicos de Roma 1960, Bikila pudo preparar con calma para los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964 pero, seis semanas antes, empezó a sentirse mal y fue ingresado con un diagnóstico de apendicitis. Fue operado de urgencia y aquello, para muchos, ponía fin a sus posibilidades de luchar por las medallas. Además, por primera vez Bikila correría calzándose unas zapatillas deportivas, algo que había rechazado hasta la fecha. La marca alemana Puma estuvo muy hábil y supo camelar muy bien al comité olímpico etíope, que atravesaba grandes problemas económicos para desplazar a sus atletas. La única condición que pusieron para que les patrocinase, además de llevarse un buen pellizco económico, era que Bikila disputase la maratón calzando sus famosas zapatillas deportivas. Y así lo hizo. Ataviado con unas puma Bikila se lanzó a por su segundo oro olímpico consecutivo. La primera mitad de la carrera se mostró bastante conservador pero, a partir del kilómetro 20 despertó de su letargo y de nuevo aplicó aquel ritmo infernal que le hizo ser temido por todos sus rivales. Logró entrar en solitario en el Estadio Nacional de Tokio y batió de nuevo el récord del mundo, dejándolo en 2 horas 12 minutos y 11 segundos.

Con 36 años Bikila intentó ganar un tercer oro en los Juegos Olímpicos de México 1968, pero en esta ocasión tuvo que retirarse por una lesión en la rodilla que no le permitió estar a la altura de su compatriota Mamo Wolde, que logró para los etíopes el tercer oro consecutivo. Aquella fue su última maratón, pues en 1969 sufrió un accidente al volante de su Volkswagen al intentar esquivar a unos estudiantes en una manifestación. Etiopía se rompía por la mitad camino de una revolución que acabaría con el emperador en 1974. Bikila no llegó a verlo: quedó paralítico y, aunque compitió en deportes como tiro con arco en silla de ruedas, falleció en 1973, a los 41 años, a causa de las secuelas de aquel accidente. Etiopía sigue siendo, hoy en día, el país con más oros en la maratón.

01 noviembre 2023

¿Sabías que...?

¿Sabías que... la distancia que se recorre en una maratón no tiene nada que ver con la distancia que separa las ciudades griegas de Marathon y Atenas?

En sus inicios la distancia que se corría durante la prueba de maratón era variable. Cada organización proponía la distancia que consideraba oportuna a la hora de organizar su propio maratón. Eso sí, tenía que ser alrededor de los 40 kilómetros. Así, en los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna, celebrados en Atenas en 1896, los atletas participantes debieron de recorrer 41,8 km. Para los Juegos Olímpicos de Londres 1908, inicialmente estaba previsto organizar la prueba sobre 38 km, la distancia que separaba el Palacio Real de Windsor y el estadio olímpico de White City. Sin embargo, por orden de la casa real en lugar de tomar la salida en la misma puerta del palacio, se decidió que la prueba se iniciase desde dentro del propio palacio para que así la reina y sus hijos pudiesen ver la salida de la prueba desde sus habitaciones.

También se modificó el acceso de los corredores al estadio olímpico de White City, inicialmente planteado a través de la Puerta Real. Puerta que sería inhabilitada para garantizar el acceso con total seguridad a la familia real. Con todo ello, la distancia quedó fijada en 26 millas y 385 yardas, o lo que es lo mismo, 42 km y 195 metros, que es la distancia que desde entonces se corre en las pruebas de maratón.