15 junio 2025

¿Qué fue de... Abebe Bikila?



Abebe Bikila nació el 7 de Agosto de 1932 en Jato, una pequeña aldea de Etiopía, en el seno de una familia tan humilde como numerosa. Cuando apenas contaba con 3 años de edad, la Italia fascista del dictador Benito Mussolini invadió Etiopía obligando a Bikila y a su familia a abandonar su hogar y refugiarse, durante una temporada, en la remota ciudad de Gorro. Unos meses después regresaron a su casa pero las cosas no mejoraron para ellos con las directrices del nuevo gobierno. Por un lado, muchos días no había nada que comer y las necesidades cada vez eran mayores. Y por el otro, creció en medio de una familia desestructurada en la que su madre llegó a casarse hasta en tres ocasiones. En los ratos libres en los que no tenía que pastorear, se evadía de los problemas jugando a la gena, un juego típico etíope, con una dinámica muy similar al hockey pero en la que las porterías suelen distar unos 2 kilómetros una de la otra. También, junto a su hermano Albalonga, era muy aficionado a correr por las extensas llanuras etíopes con animales, unas veces por diversión, para ver quien se cansaba antes, y otras, las que más, para cazar y poder llevar algo de comer a casa. 

A medida que iba creciendo comenzó a darse cuenta de que su vida, con que toda aquella miseria que le rodeaba, no tenía mucho futuro. Así que, en cuanto cumplió 17 años, decidió irse a vivir a la capital, Addis Abeba. Allí consiguió enrolarse nada menos que en el 5º Regimiento de infantería de la Guardia Imperial, la guardia del emperador etíope Haile Selassie. Por esa época comienza a aficionarse a salir a trotar a diario rutas que rondaban los 20 kilómetros por las colinas que rodean a la capital etíope. Su ritmo no pasa desapercibido para Onni Niskanen, un entrenador sueco contratado por el gobierno para entrenar a los militares. Impresionado por el potencial que atesoraba aquel joven desconocido, y que carecía de experiencia alguna en las pruebas atléticas, Niskanen comienza a pulir su estilo y técnica de carrera pacientemente durante los primeros meses. No necesitó mucho tiempo para darse cuenta de que lo que mejor le venía eran las pruebas de gran fondo, así que enfocó su carrera hacia el maratón. Siempre se suele decir que su carrera fue algo totalmente espontánea e improvisada, pero la realidad es que fue algo planificado al detalle desde que en 1956 empezó a entrenar de forma sistemática. 

Sus inicios en la competición tienen lugar en los campeonatos de las fuerzas armadas, donde tras un segundo puesto en su bautismo competitivo, lo gana todo. Sin embargo, para la mayoría de los expertos, sigue siendo todo un desconocido porque, hasta la fecha, únicamente había participado en dos maratones. Así, no es de extrañar que no fuera seleccionado para disputar los Juegos Olímpicos de Melbourne 1960. Sin embargo, Wami Biratu, el atleta etíope inicialmente seleccionado para correr la maratón se lesionó jugando un partido de fútbol y Bikila fue el elegido para sustituirlo. Llegó a la ciudad eterna y, antes de la prueba de la maratón, le ofrecieron unas zapatillas Adidas, que era el patrocinador de los Juegos Olímpicos. Las probó y se sintió tan incómodo con ellas que renunció a correr calzado por miedo a que le hiciesen daño y no pudiese completar la prueba. Su entrenador se desesperaba y no daba crédito a lo que estaba viendo. Pero a Bikila aquello no pareció afectarle porque ganó la prueba con autoridad, marcando un ritmo infernal que fue destrozando a sus rivales hasta llegar en solitario a la meta. Hasta se permitió el lujo de, cuando pasaba frente al obelisco de Axum robado por los italianos en 1937 a Etiopía, detenerse unos instantes frente a él para honrar a sus compatriotas caídos en combate. 
Aquello le convirtió no sólo en el héroe nacional de Etiopía, sino también en un referente del deporte mundial. A la llegada a Etiopía fue agasajado con todo tipo de homenajes oficiales y regalos. De estos últimos destacan un Volkswagen Escarabajo con chofer, ya que Bikila no sabía conducir, y una casa para su disfrute. 

Pero no todo fueron buenas noticias ya que en Etiopía hubo un intento de golpe de estado en 1960 y, como muchos de los compañeros de Bikila estaban implicados en él, estuvo acusado de tomar parte en él aunque nunca hubo pruebas que lo imputasen. Él siguió a lo suyo, corriendo y ganando maratones, con la excepción del de Boston, en el que el frío le pasó factura en los últimos kilómetros y tuvo que conformarse con un quinto puesto. Tambíen, como gran novedad, comenzaba a vérsele corriendo con zapatillas. Todas las marcas querían que llevase sus zapatillas pero la forma en la que Bikila daba largas y no se casaba con ninguna, levantó sospechas de que tenía ya apalabrado algún contrato de patrocinio, como así fue con la casa alemana Puma (por entonces, el deporte era amateur y estaban prohibidas estas cosas aunque, es sabido por todos, que se hacían bajo manga).

Durante casi un año no volvería a disputar una prueba de maratón y se centró exclusivamente en preparar lo que serían sus segundos Juegos Olímpicos, los de Tokio 1964. A poco más de un mes vista de la prueba olímpica de la maratón, Bikila comenzó a sentir un profundo dolor abdominal mientras entrenaba. Fue ingresado de urgencia al hospital y allí se le diagnosticó una apendicits aguda con la que, sus aspiraciones a renovar el título conseguido cuatro años atrás parecían esfumarse. Sin embargo Bikila completó una recuperación en tiempo récord y una semana más tarde estaba ya con el alta médica fuera del hospital. No tardó mucho en colgarse de nuevo las zapatillas y viajar a Roma. 
“Ahí está un rival con el cual no tenemos que preocuparnos”, pensó el fondista estadounidense Gordon McKenzie al ver a Bikila calentando para el inicio de la maratón de Roma 1960. Ni él, ni nadie, podría imaginar que aquel atleta delgado, con sus huesos delineando notoriamente su físico, minutos después dominaría los 42.190 metros de la prueba con un tiempo de 2h15m16s, y con los pies desnudos. Aquella exhibición de fortaleza física y mental, le permitió ganar la prueba con total autoridad, aventajando en meta en más de cuatro minutos a su inmediato perseguidor, el británico Basil Heatley. Con nuevo récord mundial incluido, Bikila se convertía en el primer atleta de la historia olímpica en conseguir completar un doblete en la prueba de maratón. A la vuelta a Etiopía de nuevo fue recibido como un héroe y ascendido al rango de teniente en su regimiento de infantería.

Los años siguientes siguió corriendo y ganando maratones porque en su cabeza ya figuraba el objetivo de intentar conseguir su tercer entorchado consecutivo durante los Juegos Olímpicos de Mexico 1968, pese a que la altitud no le beneficiaba. Sin embargo, en 1967, disputando la maratón de Zarautz, se lesionó en tendón de la corva. Lesión de la que nunca más se recuperaría y que provocaría que en más de una ocasión se le viese cojear durante el transcurso de las carreras. Para la cita olímpica fue recibido con todos los honores y se le reservó el dorsal 1. Pero Bikila no era el de antes, había llegado seriamente tocado pues, a la lesión de su corva había que añadirle también una fractura de peroné, diagnosticada una semana antes de la cita. Pese a todo, quiso probarse y aguantó estoicamente los 16 primeros kilómetros hasta que no pudo mas y echó el pie a tierra en la que sería su última maratón. El gobierno etíope supo valorar su tesón y capacidad de superación, y le ascendió a capitán del Regimiento de Infantería al que pertenecía.

Bikila no se dio por vencido, ni mucho menos por acabado, y unas semanas después, tras haberse recuperado de su fractura, comenzó a entrenar con la idea de competir en la maratón de los siguientes Juegos Olímpicos, los de Munich 1972. Sin embargo, un accidente en coche, cuando intentaba sortear a unos jóvenes que se estaban manifestando y que le hizo perder el control de su Cadillac, le dejó parapléjico. Afrontó aquello con una gran entereza y, tras ocho meses ingresado en un hospital de Londres, regresó a la competición probándose en pruebas de tiro con arco y en tenis de mesa para gente en silla de ruedas. Su vínculo con el movimiento olímpico permaneció intacto y acudió como invitado especial del comité olímpico internacional. Además, durante la ceremonia de apertura, fue ovacionado con todo el estadio en pie vitoreándole. Un año más tarde, en 1973, fallecía en Addis Abeba tras unas complicaciones vasculares derivadas del accidente sufrido con el coche años atrás. Fue enterrado con honores militares y en Etiopía se decretó un día de luto en su honor. Su mayor legado fue abrir un filón en las carreras de fondo para los deportistas africanos que, desde entonces, han sido los grandes dominadores. Además, fue un pionero a la hora de emplear el entrenamiento en altura como método para la mejora de la resistencia, algo que ahora tenemos muy asumido pero que, por aquel entonces, se desconocía.

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