Mostrando entradas con la etiqueta JJOO Atlanta 1996. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta JJOO Atlanta 1996. Mostrar todas las entradas

16 febrero 2026

¿Qué fue de... Carl Lewis?


Frederick Carlton Lewis, más conocido como Carl Lewis, nació el 1 de julio de 1961 en Birmingham (Alabama, Estados Unidos). Creció en el seno de una familia de docentes muy querida y valorada dentro de su comunidad, en una época en la que el racismo en los estados sureños estaba muy extendido. De hecho, sus padres, Bill y Evelyn, fueron de los pocos jóvenes de color que habían podido cursar estudios universitarios por entonces. Bill había llegado a ser un notable atleta de 400 metros lisos. Evelyn había destacado en baloncesto y atletismo, llegando a ser considerada como una de las tres mejores vallistas del mundo durante los años 50, cuando fue seleccionada para disputar los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952. Ambos, a pesar de gozar de una buena situación económica, algo poco corriente para una joven familia negra en Alabama, nunca olvidaron sus orígenes humildes. Siempre se mostraron muy activos en los movimientos sociales que luchaban a favor de los derechos humanos y contra la segregación racial que sufrían los afroamericanos en su país. De hecho, llegaron a tener cierta relación personal con Martin Luther King, quien bautizó a los dos hermanos mayores de Carl. No corrieron la misma mala suerte del Premio Nobel de la Paz pero cerca estuvieron. En 1963, cuando el joven Carl tenía 2 años, 4 miembros del Ku Klux Klan atentaron con una bomba en la iglesia baptista que los Lewis tenían al lado de su casa, dejando como resultado 4 niñas fallecidas. Asustados, decidieron mudarse al norte del país, a Willingboro, una próspera localidad a las afueras de Philadelphia pero perteneciente al estado de New Jersey, buscando un entorno más seguro para toda la familia.

Toda la familia se integró rápidamente en la dinámica de su nuevo hogar. Sus padres continuaron siendo profesores y, además, se hicieron cargo de los equipos femeninos de atletismo de sus respectivos institutos. Los éxitos deportivos que cosecharon les llevarán a aunar esfuerzos y crear en 1969 el Club Atletismo Willingboro. El joven Carl les acompañaba, junto a su inseparable hermana, a todos los entrenamientos y competiciones, muchas veces a regañadientes. Entonces era un joven introvertido, tímido, conformista, y al que el deporte no parecía entusiasmarle demasiado. "Para mi edad, era bajito, el enano de la familia, el que no era un atleta, y mi padre siempre se preguntaba si aquello cambiaría en algún momento... en todas las familias siempre parece haber alguien sin talento, así que creo que aquel debería de ser yo" recuerda Carl. Su hermano mayor era el saltador y velocista con más talento del instituto, el mediano jugaba al futbol en el New York Cosmos, y su hermana pequeña comenzaba a despuntar en los saltos de longitud. A Carl le quedaba tan sólo el consuelo de tocar bien el violonchelo y de haber sido elegido para formar parte de la orquesta del instituto. Todo cambia cuando, en el foso de los saltos, mientras esperaban que terminasen sus padres de entrenar, deja de hacer castillos de arena para comenzar a competir con su hermana para ver quién salta más de los dos. Y lo que comenzó como un inocente juego de niñez, terminó convirtiéndose en su mayor pasión. Desde ese momento, su progresión es imparable, soñando con ser como aquel atleta que, durante los Juegos Olímpicos de México 1968, había visto por la televisión saltar casi 9 metros. Ni si quiera su baja estatura le impidió ganar, con tan sólo 12 años, el premio anual Jesse Owens de Philadelphia. Para una persona tan tímida e introvertida el atletismo era el deporte ideal para seguir siendo él mismo. Todo lo contrario de lo que pasó con los deportes colectivos que practicó (fútbol americano, baloncesto y béisbol), en donde no encontró más que un ambiente hostil en el que nunca llegó a encajar. 

Consolidado como una de las mejores promesas del estado, accedió al equipo de atletismo del Instituto de Willingboro, donde su padre ejercía como profesor y entrenador. Todo fue bien hasta que, mientras competía en una prestigiosa prueba, resbaló y cayó al suelo, privando al equipo de una histórica victoria que sus compañeros de equipo ya acariciaban con sus manos. Aquel accidente colocó a Carl como el blanco de las iras de sus compañeros de equipo que, lejos de consolarlo, se cebaron impunemente con él. Harto del trato, a final de curso decide cambiar la matrícula al Instituto John Fitzgerald Kennedy, donde su madre era ahora quien ejercía el doble rol de profesora de Educación Física y entrenadora. Aquel incidente había despertado en Carl un sentimiento de orgullo hasta entonces desconocido para él. Se había prometido que "nunca jamás me volverán a humillar en la pista". El cambio de aires le sentó bien, siguió mejorando sus prestaciones en pista y, además, pegó un gran estirón, alcanzando su altura actual, 1,88 metros. En los meses previos a dar el salto a la universidad, se convierte en el objeto de deseo de las que gozan de una mejor sección de atletismo. En teoría, el deporte universitario norteamericano es amateur. Tienen terminantemente prohibido recibir más incentivos que una beca por estudios, flexibilidad horaria en sus clases y alojamiento gratis. Pero la realidad es otra. La Universidad de Fairleigh Dickinson le ofrece mucho dinero, viajes, material deportivo y hasta un coche. La Universidad de Houston le ofrece vincularle a la multinacional Nike para un posible futuro tema de patrocinios. La Universidad de Tennessee le ofrece lo mismo pero con Adidas. La Universidad de Villanova promete facilitarle la entrada al mundo de los negocios poniendo a su nombre una franquicia de Athletic Attic. La lista es interminable, lo que resalta el potencial que atesora el joven Carl. "El teléfono podía llegar a sonar hasta 10 veces en una sola noche y ya estaba cansándome de hablar con entrenadores", así que decide firmar con la Universidad de Houston, tras entrevistarse con Tom Téllez, su entrenador jefe. "El entrenador Téllez no me ofreció dinero, ni un coche, ni un contrato de patrocinio" pero, a nivel de conocimientos técnicos, estaba muy por encima del resto, lo que impresionó en sobremanera a Carl. 

Lo primero que hizo Tom Téllez, tras iniciar los entrenamientos, fue modificar su técnica de salto. En lugar de quedarse "colgado" en el aire, le insistió en que "avanzara", para lo que tenía que caminar en el aire después de despegar. La prueba de salto de longitud era su favorita, en detrimento de la de velocidad. "En la calle de salto no hay nadie, así que tengo todo el tiempo del mundo para entrenar. Nunca tuve que esperar mi turno, y no tenía más que correr y saltar". Una semana antes de los campeonatos universitarios, con tan sólo 18 años, acude como invitado a una prueba de 100 metros lisos y derrota a James Sandford, el número 1 mundial de la velocidad. Las comparaciones con Jesse Owens son inevitables tanto por su velocidad, como por su versatilidad. Ya con 19, acude a los Trials, en los que se definirá el equipo que acudirá a representar a Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Moscú 1980. Carl deja de ser una promesa y se confirmó como una realidad. Queda 4º en la prueba de los 100 metros lisos, clasificándose como miembro del relevo 4x100, y consigue un 2º puesto en la prueba de salto de longitud, disputándole la victoria a todo un especialista como Larry Myricks. Finalmente, por motivos políticos, los Estados Unidos boicotearán la cita olímpica por motivos políticos y Carl Lewis tendrá que conformarse con disputar los Juegos Panamericanos junior. Allí, no hizo más que corroborar que ya era toda una realidad del atletismo mundial tras hacerse con tres oros en las pruebas de velocidad. 

A pesar de su supuesto amateurismo, condición indispensable para todo deportista universitario norteamericano, Adidas se convierte en su primer patrocinador a cambio de costearle los viajes. También, a través de su representante, Joe Douglas, cobraba un fijo por cada evento en el que participaba para que así "ni la NCAA ni le Universidad de Houston pudieran enterarse". Y tras un primer año de una fructífera relación con Adidas, la marca alemana le ofrece prolongar su vinculación como "consultor", durante 4 años, a razón de 8.000 dólares por temporada, además de incentivos. Pero Carl, que acababa de recibir una propuesta de 15.000 dólares anuales de un representante de la marca japonesa Asics Tiger, les pidió que le igualasen la oferta. Adidas se negó y, cuando Carl fue a firmar con los japoneses, se encontró con que no había tal oferta. Desesperado, acudió a Don Coleman, un antiguo velocista que trabajaba para Nike, una marca secundaria por entonces que aún distaba mucho de ser el gigante mundial que es ahora. A través suya, consigue un contrato con los de Oregón a cambio de 5.000 dólares anuales, más incentivos. Sin quererlo, Nike comenzó con Carl Lewis, y luego continuará con Michael Jordan, la campaña de tutelar a jóvenes deportistas talentosos que le catapultó al éxito. Y no se equivocaron porque Carl comenzó a acumular victorias y récords universitarios, simultaneando carreras de velocidad con salto de longitud, como décadas atrás había logrado Jesse Owens. Para 1982 Carl ya había renegociado con Nike su contrato, pasando a ser ahora de 200.000 dólares anuales, con un bonus de 40.000 por oro olímpico. 

Sin rival en las pistas, siguió acumulando dobletes en velocidad y longitud al mismo tiempo que comenzaba a descuidar sus estudios universitarios. Así, en su tercer año, cometió la torpeza de no presentarse a un examen para el que no había estudiado. Y eso, en el rígido sistema universitario norteamericano, significaba la exclusión temporal del programa universitario de atletismo. Carl, dado su estatus deportivo y notable popularidad, solicitó la repetición del examen pero la Universidad de Houston se mostró inflexible. Finalmente, la dirección deportiva universitaria, sometida a numerosas presiones políticas, le concedió un ultimátum: estarán dispuestos a readmitirlo siempre y cuando se comprometa a dar prioridad a sus estudios y, sobre todo, a renunciar a participar en algunas exhibiciones atléticas a las que acudía, al margen de su universidad, con el equipo de Santa Mónica. A Carl no le sentó nada bien que le dijesen qué debía de hacer y qué no. No entendían que él "quería seguir creciendo" y, sobre todo, que "si competía menos, mis progresos en el atletismo se estancarían". Así que, para sorpresa de muchos, Carl decidió poner fin a su etapa universitaria, aunque siguió viviendo en Houston y siendo entrenado por Tom Téllez. 
Desde entonces, Carl aseguró que "correré para Santa Mónica y para mí"Lejos de verse afectado por su drástica decisión, los resultados comenzaron a aflorar convirtiéndose en el primer atleta, desde 1886, que conseguía hacer un triplete: oros en los 100 metros, 200 metros y salto de longitud durante los Campeonatos Nacionales. Algo que ni el mismísimo Jesse Owens había logrado. Y con el añadido de que sus marcas se acercaban cada vez más a los récords mundiales: "estoy a 0,1 del récord mundial de los 100 metros, 0"03 del récord de los 200 metros y a 10 centímetros del récord de longitud, así que esta incertidumbre me resulta fascinante. Hace que competir siga siendo divertido" afirmaba. Sus marcas abrieron la veda hacia la búsqueda de nuevos récords en disciplinas como el 100 o la longitud, cuyos topes mundiales llevaban vigentes más de una década, pareciendo inaccesibles hasta entonces. Sin querer, Carl llevó al atletismo a una de sus épocas más espectaculares de su historia.

Pero no todo fue un camino de rosas para Carl. Su particular forma de entender el atletismo, simultaneando varias modalidades, le supuso ser el centro del debate entre periodistas, atletas y aficionados. Varios, como el velocista británico Allan Wells, afirmaban que "no tiene sentido intentar lo que ha hecho Carl Lewis. Los entrenadores norteamericanos no deberían haberle permitido competir en las dos pruebas. Son ganas de buscarse problemas". También se le criticó cómo gestionaba sus esfuerzos para desgastarse lo menos posible y así poder llegar en condiciones de competir por la victoria en las cuatro pruebas. "He hablado con mucha gente y, en lo que todos coincidían, es que le faltó deportividad. Todo el mundo sabe lo gran atleta que es, y no es que le tengan envidia ni nada por el estilo. Pero, para algunos, ya se está pasando" criticaba su compatriota Edwin Moses, minutos después de que Carl renunciase a batir el récord del mundo en longitud para no desgastarse de más de cara a la final de los 200 metros. Pero, por mucho que arreciasen las críticas, lejos de afectarle, todo aquello se convertía en una motivación extra para Carl. "Era la gente como Wells la que me inspiraba para seguir haciendo lo que hacía"

Con solo 22 años se plantó en Helsinki como una de las figuras emergentes del atletismo mundial, para competir en los primeros Campeonatos del Mundo de Atletismo que se organizaban. Aunque llevaba en mente competir en el 100, 200, 4x100 y longitud, finalmente renunció a hacerlo en el 200 porque creía que la climatología jugaba en su contra. Ganó el oro en las tres pruebas en las que participó y se convirtió en el gran protagonista en todas las portadas de la prensa mundial. Hubo un diario noruego que trató de enturbiar su imagen relacionándolo con el dopaje, algo que empezaba a perseguirse tímidamente en aquellos años, pero la propia Federación Internacional de Atletismo (IAAF) se encargó de desmentirlo. Inicia el año 1984 con el objetivo de igualar la gesta de su ídolo, el gran Jesse Owens, 48 años atrás en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. El boicot de la Unión Soviética y la República Democrática de Alemania, devolviendo la afrenta sufrida durante los Juegos de Moscú 1980, en cierta medida, le allanó el camino hacia los 4 oros. Logró ganar cómodamente los 100 metros lisos (9,99), logrando la mayor ventaja de la historia sobre el segundo clasificado (0,21 décimas). El segundo oro fue en salto de longitud, donde tan sólo necesitó hacer dos saltos, y renunciar a los otros cuatro, de cara a reservar energías para las series clasificatorias de los 200 metros que se disputaban ese mismo día. El tercero lo logró en el 200, con récord olímpico incluido (19"80). Y el cuarto cayó con el relevo 4x100 metros en donde se encargó de realizar la última posta. Sin embargo, su hazaña olímpica fue más celebrada por la prensa mundial que por el público asistente, que llegó a silbarlo en alguna ocasión. Esta gestión del esfuerzo tan particular, unida a la frialdad que mostraba ante los medios de comunicación norteamericanos, lo convirtieron en el centro de las críticas desde muchos frentes: s
e le cuestionó su estilo de vida, su religiosidad, su condición sexual, sus propiedades, sus coqueteos con la música... Sin embargo, en el resto del mundo, y especialmente en Europa, Carl Lewis se convirtió en todo un icono, ya no sólo del atletismo, si no del deporte mundial.

Después del éxito olímpico pasa un tiempo en donde las pruebas de salto comienzan a desaparecer parcialmente de su programa competitivo para centrarse más en las carreras. Tan sólo realiza participaciones muy esporádicas donde siempre se alzó cómodamente con la victoria. Pero, a medida que se acercan los Campeonatos del Mundo de Roma 1987, emergen dos amenazas para Carl Lewis. Por un lado, el soviético Bob Emmian logra saltar 8,61 metros, marcando un nuevo récord de Europa. Y por otro, el canadiense Ben Johnson comienza a dominar la prueba de los 100 metros lisos, derrotando a Carl Lewis en las 6 ocasiones previas en las que coincidieron. En Roma, Johnson confirmó su supremacía en la prueba reina derrotando a Carl Lewis y llevando el nuevo récord mundial hasta los 9"83. Los rumores de dopaje de Johnson, movidos por la prensa estadounidense y el propio Carl Lewis, comienzan a expandirse por todas partes. "En Roma se ha producido uno de los mayores escándalos del deporte. Pocos son los grandes campeones que no utilizan sustancias dopantes para mejorar su rendimiento. Yo soy uno de ellos. No sé explicar cómo ciertos velocistas de esta ápoca son capaces de batir récords mundiales. Para mí, la situación actual, destruye toda época del atletismo". Johnson y su entorno, lejos de callarse, contratacaron presentando un estudio de la Universidad de Ottawa en donde se ponía de manifiesto las excepcionales capacidades neuromusculares del canadiense. En la prueba de longitud, Carl Lewis sí logró hacerse con el oro tras un salto de 8,67 metros, inalcanzable para Bob Emmian y Larry Myricks.

Sin casi tiempo para digerir la derrota de Roma, llegaron los Juegos Olímpicos de Seúl 1988. La final de los 100 metros lisos acaparó los mayores índices de audiencia de aquella edición. Carl Lewis había llegado en su mejor versión, con el aval de haber derrotado a Ben Johnson en la única ocasión en la que habían coincidido. Por su parte, el canadiense llegaba tras una recuperación casi milagrosa de una lesión en su pierna derecha, que hizo peligrar su participación en la olimpiada hasta las semanas previas. Ambos se plantaron en la final pero de diferente forma. Mientras Carl Lewis llegó sobrado, Ben Johnson tuvo que sufrir más de lo esperado para lograr colarse entre los 8 mejores. Pero, contra todo pronóstico, Ben Johnson reapareció con su mejor versión y destrozó a todos sus rivales con un nuevo récord del mundo, unos increíbles 9"79. Esto no hizo más que aumentar las sospechas, que ya había previamente, de dopaje sobre el atleta canadiense. A los pocos días, el Comité Olímpico Internacional comunica el positivo por estanozonol. Johnson nunca aceptará el positivo y, a día de hoy, sigue manifestando su inocencia, culpando de su positivo a una modificación de la muestra de su orina. La descalificación del canadiense le devuelve a Carl Lewis el cetro mundial y olímpico, con lo que la posibilidad de repetir los 4 oros de Los Ángeles 1984 estaba en su mano de nuevo. El segundo oro lo consigue en la prueba de salto de longitud, con un salto de 8,72 metros que dejó sentenciada la prueba frente a sus compatriotas Larry Myricks y Mike Powell. En los 200 metros lisos tuvo que conformarse con la plata, tras ser derrotado en los metros finales por su amigo, y pupilo, Joe DeLoach. En el relevo de 4x100 metros, las cosa fue aún peor: el equipo norteamericano, máximo favorito para hacerse con el oro, fue descalificado tras una mala entrega del testigo. Esta época de rivalidad con Ben Johnson, desgastó mucho a Carl Lewis. Tanto, que decidió tomarse los dos siguientes años casi de forma sabática para preparar con tranquilidad los próximos mundiales de Tokio. Siguió con su racha de imbatibilidad en longitud, aunque el nivel de sus rivales le ponía cada vez en mayores aprietos. 

Con 30 años, se presentó a los Campeonatos del Mundo de Tokio 1991 con un triple objetivo: ganar el oro en los 100 metros, el relevo 4x100 metros y en el salto de longitud. Sus compatriotas Leroy Burrell, en los 100 metros lisos, y Mike Powell, en longitud, ya le habían dado un serio aviso en los trials clasificatorios, poniéndolo contra las cuerdas. En la final de los 100 metros lisos más rápida de la historia, Carl Lewis se hizo con el oro, nuevo récord mundial incluido (9"86). En la prueba de salto de longitud también se vio la mejor competición de todos los tiempos en esta modalidad. Carl Lewis logró volar hasta los 8,91 metros que, a la postre, serían insuficientes para conseguir el oro. Los 8,95 de Mike Powell pusieron fin a un doble récord: a los 23 años de los 8,90 que había marcado Bob Beamon, y a las 65 pruebas de longitud consecutivas que Carl Lewis llevaba invicto. Jamás una medalla de plata fue tan amarga. Carl reconocía que "para mí esta es una noche muy triste. Yo he dado de mí todo lo que tenía y jamás pude imaginarme que, saltando 8´91 iba a ser derrotado". En el 4x100 metros pudo desquitarse junto a sus compañeros, logrando el oro y un nuevo récord del mundo. Lo más sorprendente es que, pese a 2 oros, 1 plata y dos récords del mundo, para muchos medios de comunicación norteamericanos Carl Lewis fue en gran derrotado. Ver para creer.

Pero, como siempre hacen los grandes campeones, tras la dolorosa derrota de Tokio, buscó desquitarse y focalizó sus miras en los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. La triple corona, ganar la misma prueba durante 3 olimpiadas seguidas, era su gran obsesión y un reto sólo a la altura de los más grandes. Pero, a sus 31 años, con una década en la élite mundial, los trials clasificatorios fueron un baño de realidad. Logró in extremis una plaza para el equipo de relevos 4x100 y otra para la prueba de longitud. La triple corona en longitud parecía casi imposible dado que Mike Powell, el plusmarquista mundial, estaba a un nivel superior al que podía llegar Carl. Sin embargo Powell, al que quizás le pudo la presión, no consiguió superar los 8,67 metros que marcó Carl en su primer, y mejor, salto. En el 4x100 mostró de nuevo que la experiencia es un grado, jugando un papel destacado en el oro conseguido por el equipo estadounidense, con nuevo récord mundial.

Con 32 años, y nuevos talentos atléticos emergiendo, Carl Lewis acude al Campeonato del Mundo de Stuttgart 1993. Consciente de que su cuerpo ya no era el mismo, y poco atraído por los mundiales bianuales a los que consideraba poco más que "supermítines", decide renunciar a la prueba de salto de longitud para centrar sus esfuerzos en rendir en los 100 y 200 metros lisos. En el hectómetro, contra todo pronóstico, roza la medalla tras finalizar en 4ª posición. En el doble hectómetro consigue ganar el bronce, su primera medalla en un mundial en esta modalidad. Sin embargo, tras el mundial entró en una espiral de lesiones, y recaídas, que le mantuvo prácticamente en blanco los dos siguientes años. Así que, cuando la retirada parecía coger forma, como si de un ave fenix se tratase, Carl Lewis renace de sus cenizas y se confirma como uno de los mejores saltadores norteamericanos durante los trials clasificatorios para los 
Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. Con el cubano Iván Pedroso intratable, amenazado muy de cerca por el recordman norteamericano Mike Powell y el jamaicano James Beckford, como grandes aspirantes al oro, la participación de Carl Lewis parecía predestinada a ser una mera comparsa. Pero la desgracia se cebó con Iván Pedroso y Mike Powell, que vieron lastrado su concurso por sendas lesiones. Tan sólo James Beckford (8,29 metros) logró hacer algo de frente a los 8,50 metros que marcó Carl Lewis para hacerse finalmente con el oro. De esta forma entró en los anales del olimpismo al convertirse en uno de los 5 deportistas que ha logrado vencer en la misma prueba individual durante 4 olimpiadas. Pero su participación estuvo a punto de no terminar aquí. Quedaba el relevo del 4x100 metros y, aunque no había acudido al campus preparatorio, si fuese convocado podría participar sin problemas. Pero las exigencias de Carl Lewis y su confrontación con el técnico principal, Erv Hunt, dieron al traste con toda opción de incluirlo. "Si me lo pidieran, lo correría en un segundo. Pero no me lo han pedido", confirmaba Carl en una entrevista. Sin él, el equipo de relvos 4x100 terminó en segunda posición, siendo superado por Canadá

En 1997 Carl Lewis anunció su retirada. A partir de entonces, los reconocimientos no pararon de llegarle desde todas las instituciones. En 1999 fue galardonado como Deportista del Siglo por el Comité Olímpico Internacional , Atleta Mundial del Siglo por la Federación Internacional de Atletismo, y Olímpico del Siglo por la prestigiosa revista Sports Illustrated. En el 2000, la Universidad de Houston, le puso su nombre al complejo deportivo donde hoy ejerce como entrenador jefe de su equipo universitario de atletismo. Y, en 2010, fue incluido en el Salón de la Fama del Atletismo que hay en New Jersey. También ha realizado sus pinitos en el cine, con pequeños papeles en algunos cortos y películas. "Sé que triunfaré en el cine. Dentro de 10 años ganaré el Oscar" llegó a decir nada más retirarse. En los últimos tiempos se le ha visto participar en algunos eventos políticos, destacando su enemistad declarada con Donald Trump, al que considera "un racista prejuicioso, misógino, que no valora a nadie más que a sí mismo". 
📷ESPN, History.com, Pinterest

15 diciembre 2023

¿Qué fue de... Jesús Rollán?















Jesús Rollán
Prada nació en Madrid el 4 de abril de 1968. El loco de Aravaca, como le llamaban cariñosamente sus compañeros, fue un apasionado del deporte durante toda su vida: "nuestra vida era la calle. Salíamos y no volvíamos a casa hasta que nos llamaban para cenar". Desde bien pequeño comienza a destacar en todas las modalidades deportivas que va probando, mostrando en todas ellas una competencia motriz, una capacidad de liderazgo y un carácter ganador, fuera de lo normal para alguien de su edad. "Yo voy a ser el mejor del mundo en el deporte que practique, sea cual sea" solía decir. Le daba igual competir montado sobre su patinete Sancheski naranja, jugando al tenis en plena calle, al fútbol en las pistas polideportivas o nadando en las piscinas de su club, el Club Natación Vallehermoso. Para Jesús lo primordial era ganar, sin importar el cómo. "Te ganaba o te hacía trampas para ganarte", recuerdan sus hermanos. En el colegio destacaba en la clase de Educación Física, pero también en todas las actividades deportivas que se organizaban en él; fútbol, baloncesto, tenis, atletismo, waterpolo... Incluso el Real Madrid de fútbol lo tentó para unirse a sus categorías inferiores, pero Jesús lo rechazó porque, para entonces, ya tenía clara su decisión de jugar al waterpolo. Su primo, Vicente Alonso, que había sido internacional con España se había encargado de meterle el gusanillo durante sus visitas a Bustarviejo. "Nos gustó el waterpolo y fue cuando dejamos el tenis y la natación" recuerda su hermano. Pero no todo fue un camino de rosas en esta etapa ya que con 15 años, cuando se disponía a batir el récord del salto de altura en su colegio, tras haber superado a alumnos dos y tres años mayores que él, se rompió los ligamentos de su rodilla. 

Una vez recuperado de su lesión, se postula como una de las mayores promesas del waterpolo y, gracias a ello, es convocado por la Escuela de Madrid de waterpolo. Allí, coincide con los Pedro GarcíaMiki OcaSalvador Gómez... una de las mejores hornadas que ha dado el waterpolo español en toda su historia. Y también con Mariano García, un entrenador de la vieja escuela, duro, con un carácter fuerte, y todo un enamorado de los sistemas de entramiento militares que empleaban por entonces los soviéticos, yugoslavos y alemanes orientales. Fue todo un adelantado a su tiempo al lograr ver que, para poder competir con los mejores, era necesario desarrollar una condición física que por entonces apenas se tocaba fuera del agua. Su filosofía era llevar al límite mental y físico al deportista, o valían y sufrían, o los devolvía a sus casas llorando. Y Jesús no fue la excepción. Sufría tanto en aquellos exigentes entrenamientos que, al principio, lloraba mucho. "Como atleta, ya con 11-12 años, era un fenómeno, pero en el agua era malísimo, un paquete. Piensa que nadaba los 100 metros en 2´45". Además, "era pequeño, no sabía jugar. Cuando se lo dije se llevó un disgusto enorme. Jesús era un tirillas, muy delgado, pero fuerte. Trabajamos muchísimo y mejoraba en cada entrenamiento. Cuando ya empezamos a participar en competiciones, empezó a tener nivel" recuerda Mariano. En aquellos entrenamientos se les inculcó una mentalidad ganadora totalmente opuesta a la del miedo al rival que imperaba hasta entonces en el resto de escuelas del país. Un día, en plena disputa del Campeonato de España, el portero titular de la Comunidad Autónoma de Madrid se lesionó y Mariano no tenía recambio para esa posición. Decidió que fuese Jesús quien ocupase su puesto y, desde aquel día, ya nunca más se movería de allí. Despachó un partido tan bueno que parecía que llevaba toda la vida jugando de portero. En aquel campeonato la, hasta entonces intratable selección de Cataluña, el espejo en el que todo waterpolista se quería mirar, sufrió los envites de Jesús y sus compañeros, cayendo derrotada.

La Federación Española de Waterpolo que, con el rumano Cornel Marculescu al frente, experimentaba profundos cambios, comienza a obtener réditos de su acertada planificación deportiva. Dentro de ésta, las jóvenes promesas de la escuela madrileña eran cedidas, en grupos de cuatro, por los diferentes equipos de Madrid: La Latina, Real Canoe, Ondarreta, Alcorcón, Boadilla... para que el nivel de exigencia fuera máximo y evitar caer en la autocomplacencia. La progresión de Jesús parece no tener techo. Junto a su compañero Pedro García, mejor jugador y máximo goleador, emerge como una de las nuevas estrellas del waterpolo español en los Campeonatos de España juveniles. Y, como era de esperar, los grandes clubes catalanes, muchos de ellos refrentes a nivel nacional y europeo, trataron de incorporar a Jesús a su plantilla. "Una mañana se presentó Jesús con su padre y me dijo que se iban para Barcelona porque habían aceptado una oferta del Club Natació Catalunya. No pudimos ni discutirlo. Les dije que mejor se fueran al Real Canoe pero nadie movió nada, ni becas, ni ayudas... Madrid era la cola, un buen grupo de chavales se había ido a Cataluña y se habían perdido" comenta Mariano. Toni Esteller, entrenador del Club Natació Catalunya, conocía perfectamente a Jesús porque era a la vez entrenador de la selección juvenil. La oferta era imposible de rechazar: cuarenta mil pesetas mensuales (1.600 euros actuales), alojamiento en la residencia Blume (para deportistas de alto rendimiento), y la posibilidad de alternar entrenamientos del juvenil y el primer equipo. 

Una vez instalado en Cataluña, los inicios no fueron fáciles para una persona tan familiar como Jesús. En la residencia hace piña con otros dos waterpolistas madrileños que están en su misma situación, Pedro García y Chava Gómez. Por las mañanas sucumbe a las tentaciones de la juventud, ausentándose de las clases de bachillerato (COU, por entonces) para irse a jugar al futbolín con otros compañeros del equipo. Pero por las tardes su pasión por el waterpolo le lleva a no saltarse ni un sólo entrenamiento, aprovechando al máximo todas las ventajas para mejorar que le proporciona estar en un club profesional. Sólo hubo que verlo los primeros entrenamientos para ver que su nivel estaba muy por encima del de los dos porteros, contrastados y de nivel, que a priori partían por delante suya. En poco tiempo se convierte en todo un referente tanto en el agua, por su descaro y personalidad, como fuera de ella, por su sentido del humor y don de gentes para con los socios del club. Además, los éxitos no tardaron en llegar porque su club se coronó por primera vez como campeón de liga y copa del rey. Paralelamente, y sólo un año más tarde de su debut con tan sólo 17 años, se consolida como portero titular de la selección española absoluta. Las ofertas comienzan a lloverle a Jesús. El Real Canoe quiere traerlo de vuelta a Madrid y le ofrece 150.000 pesetas mensuales (unos 6.000 euros actuales). Su club trata de retenerlo y dobla la apuesta, llegando hasta las 200.000 pesetas (8.000 euros). "Con Rollán podemos asegurar que hay un portero de primera categoría, que puede llegar a ser un crack mundial" predecía el diario catalán El Mundo Deportivo

En 1988 realiza su debut en unos Juegos Olímpicos, los de Seúl 1988. Para entonces, los jugadores madrileños se habían hecho un nombre en una selección española que, hasta entonces, estaba repleta de catalanes. Las piezas del puzle comenzaban a encajar y la simbiosis entre ambas escuelas ya era un hecho, lideradas por jugadores como Jesús Rollán y Manel Estiarte. Un año antes, la selección Española junior había conquistado el Campeonato del Mundo de Brasil 1987 y, en una decisión acertada, decidieron darle continuidad llevando a algunos juniors, como fue el caso de Jesús, al torneo olímpico. Se despachó un buen campeonato pero, la actitud antideportiva de Hungría, que no defendió los últimos 15" de su partido frente a Estados Unidos, para que éstos anotasen un gol que dejaba fuera de los cruces a España, fueron lo más falto de ética y fair play que se vivió en aquellos juegos. Pero aquello no iba a poner barreras al desarrollo deportivo de Jesús, quien además refuerza cada vez más su rol de líder del equipo. Cuando el balón quema, cuando el equipo parece venirse abajo, siempre aflora el mejor Jesús para 
dar seguridad y aplomo a sus compañeros: "Oye chicos, no pasa nada, aquí estoy yo. Tirad para delante y dejadles lanzar que lo voy a parar". Decir eso ante las potentes selecciones de las extintas URSS Yugoslavia, o las ItaliaUSA Hungría, eran palabras mayores. Sus exhibiciones bajo palos son parte de la historia del waterpolo mundial. Su ritual, tras detener el lanzamiento, de besar el balón, levantar la mano con el dedo índice orientado al cielo y gritar de forma intimidante, causaba un profundo efecto psicológico sobre todos sus rivales, que le profesaban un gran respeto. "Los porteros, en los deportes de sala son medio equipo y el crecimiento de Jesús hizo que creciera el equipo. Sin Jesús, España nunca habría sido campeona olímpica" afirma el exseleccionador Esteller.

Tras un cambio en los banquillos del equipo nacional, el croata Dragan Matutinovic se convertía en el nuevo máximo responsable. Es recibido a partes iguales por detractores y admiradores, manteniéndose Jesús siempre en medio de ambos. Con él, a sus 22 años, Jesús consigue en aquel año dos platas. La primera en el Campeonato de Europa de Atenas 1991, y la otra  en el Mundial de Perth 1991, la primera medalla mundialista del waterpolo español. Con los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 en el horizonte, el técnico croata diseña una planificación a base de concentraciones que acabaron convirtiéndose en un auténtico infierno, como él mismo reconocía: "si no eres capaz de soportar el infierno de los entrenamientos, nunca podrás soportar el infierno de un campeonato olímpico". Concentrados en Andorra, a más de 1.000 metros de altura, asilados de toda distracción, corriendo entre sus frías montañas, nadando interminables series con pesadas camisetas encima... durante largas jornadas que rondaban las 8 horas de entrenamiento diarias. Jesús, con el sentido del humor que le caracterizaba, solía replicarle diciendo "esto es muy fácil Dragan, pan comido, muy flojo". Aquellas maratonianas jornadas de entrenamiento, sin base científica alguna, le pasaron factura a las ya, maltrechas rodillas de Jesús y, años más tarde, acabaría pagándolo. 

Durante los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 el equipo llegó más cohesionado que nunca. Era una auténtica máquina, repleta de automatismos y con unas relaciones personales muy sólidas. Lo tenían todo para ganar a Italia. Sin embargo, una decisión táctica equivocada de Matutinovic a 42" del final, con el partido ya ganado y Jesús bajo palos, hace que España deba conformarse de nuevo con la plata. Pero los problemas de Jesús no se acaban ahí. Las salvajes cargas de entrenamiento que había soportado le provocan dolores crónicos que ya no supera con analgésicos ni antiinflamatorios. Se le aumenta la potencia y la cantidad de los mismos, pero no es suficiente. La desalineación de sus rótulas le provocaban continuas sobrecargas, que se veían acentuadas por su habilidad para sacar casi todo el cuerpo fuera del agua y ocupar el mayor espacio cuando le lanzaban. Al final todo desembocó en una condropatía bilateral y tuvo que pasar por el quirófano. La operación llevada a cabo "en un deportista normal no hubiese podido hacerse pero, en su caso sí por ser un gran atleta" afirma uno de los cirujanos que le operó. Y tras una recuperación en tiempo récord, un Jesús sin estar en plenitud de forma, se presentó con la selección nacional en el Mundial de Roma 1994. Ya con el nuevo seleccionador Joan Jané al frente, de nuevo se jugó un buen torneo, Jesús volvió a ser decisivo y se ganó una nueva plata tras caer otra vez con Italia en la final.

Para la siguiente cita, los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, Jesús ya era considerado uno de los mejores porteros de la historia. Su papel fue clave a la hora de llevar hasta la final a una selección que no empezó muy entonada y que se complicó mucho los cruces. Tras vencer a Croacia en la final, la popularidad de Jesús se dispara hasta límites insospechados. Los que le conocen dicen que su autoconfianza se disparó hasta límites insospechados y que aquello fue el principio de su fin. Es utilizado como gancho para ciertas fiestas, desfiles de moda y otros mundos subterráneos. También arrecian las primeras críticas a Jesús y al equipo nacional tras el decepcionante Campeonato de Europa de Sevilla 1997 que hacen, cuando son los máximos favoritos y acaban quintos. Les acusan de ser mayores, de ya no alcanzar las cotas de rendimiento de antaño. Aquello, es tomado por el equipo como una afrenta personal y, con una actitud más desafiante y rebelde de lo habitual, literalmente arrasan en el Mundial de Perth 1998, ganando los 8 partidos. Con el oro en el cuello, Jesús se despacha a gusto contra los que le criticaron: "Ya dije quince días antes de venir a Perth que íbamos a ganar todos los partidos. Parece mentira que en España, a los pocos campeones que hay, se les machaque a las primeras de cambio. Induráin ha ganado 5 Tours y se le machaca porque no ha logrado el sexto. Y nosotros lo hemos ganado todo y se nos ha echado en cara que éramos unos viejos y que estamos acabados. No me gusta hablar así pero está claro de que más de uno tiene que aprender de esta medalla. Tiene que aprender que la edad se demuestra en el agua".

Campeón del mundo y olímpico, la motivación de Jesús y sus compañeros decae nuevamente en los europeos, teniendo que conformarse con un insuficiente sexto puesto en el Campeonato de Europa de Florencia 1999, que sabe a poco. Tampoco los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 fueron como se esperaba, quedándose fuera del pódium, aunque sí lograron entrar en la lucha por las medallas. Con Jesús algo descentrado, el seleccionador Jané decide hacer un concentración previa de varias semanas en Japón, donde se iba a celebrar el Mundial de Fukuoka 2001. Cree que es la mejor forma para que varios jugadores claves del equipo, entre los que estaba Jesús, se focalizasen en el único y exclusivo objetivo que les había llevado hasta allí, la victoria final. Y los resultados parecen darle la razón. España, mostrando de nuevo su mejor versión, se hace con el oro pese a tener la baja sensible de su capitán, y jugador referencia mundial durante más de una década, Manel Estiarte. Jesús, a un nivel estratosférico, volvió a ser un jugador determinante en los momentos decisivos. Para muchos, fue el mejor momento de su carrera deportiva, pese a que ya tenía 33 años. Ese año, tras 15 temporadas, decide poner fin a su trayectoria en el Club Natació Catalunya, con el que había ganado
 7 Ligas españolas, 6 Copas del Rey, 1 Copa de Europa, 1 Recopa de Europa y 2 Supercopas de Europa. 

En 2001 es nombrado mejor waterpolista del mundo, convirtiéndose en el primer portero en toda la historia del waterpolo que lo gana. Ese año, después de varios años con la idea de cambiar de aires rondando su cabeza, decide aceptar la oferta del Pro Recco genovés, el equipo de waterpolo más laureado del mundo. Parte con la idea de probarse en la mejor liga del mundo, en cuanto a calidad y cantidad de equipos. En las dos temporadas que disputó en Italia logrará ampliar su extenso palmarés con una Liga italiana, la segunda Copa de Europa y una Supercopa de Europa. Además en su primera temporada será nombrado mejor jugador de la liga italiana, siendo también la primera vez en que un portero es distinguido con ese premio. También desempeña, como era tan habitual en él, un rol de pegamento en un equipo conformado por fuertes personalidades sometidos a mucha presión. "Nuestro portero Rollán fue el protagonista absoluto, hizo partidos excepcionales. Recuerdo su discurso en el hotel ACI antes de la final" recuerda su compañero BaldinettiPero, al acabar su segundo año en Italia, Jesús ya no era el mismo de años anteriores. Cada vez está más castigado por las lesiones, presentaba once operaciones, dos hernias de disco, un problema crónico de abductores y, además, llevaba un ritmo de vida incompatible con el deporte de élite. Así que en 2003 el Pro Recco no le renueva y decide regresar a España para jugar su última temporada en activo. Lo hará en las filas del Club Natació Sabadell, tras una participación con un rol secundario a consecuencia de las lesiones en el Campeonato del Mundo de Barcelona 1993. Jesús se niega a asumir que el final de su carrera deportiva estaba cerca, a sus 35 años, y lucha por estar en la lista que irá a los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. Sus dolencias le van a impedir asistir a muchos entrenamientos, tenía que infiltrarse cada vez que salía a la piscina y, en esas condiciones, su salud mental comienza a hacer aguas. "Tuvo fases de desparecer, se lesionaba mucho y le entraba la tristeza. No sabíamos qué decirle" explican gente del Sabadell. Jesús continuaba siendo un gran portero pero ya no era el mejor. Así que convoca una rueda de prensa y anuncia su retirada: "Yo siempre lo he dado todo y, como he visto que ahora no puedo, he decidido dejarlo. No soy un funcionario ni esto es un balneario. Una retirada a tiempo es una victoria. Estaría 17 horas dando gracias. Del waterpolo me llevo muchísimos amigos. Es como una familia. Dejo muchos sentimientos". Pero aún quedaba un último cartucho en la recámara, los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, donde Jesús esperaba ir convocado. "No irá a Atenas sólo por el nombre" alertaba el seleccionador Joan Jané. "Hay esperanzas de que se recupere y espero que pueda salir por la puerta grande". Finalmente iría, pero su participación fue testimonial al disputar únicamente el último cuerto del partido frente a Egipto, donde volvería a lesionarse en el abductor.

Nada más retirarse ya tenía una oferta del Chiavari italiano para que Jesús se sentase en su banquillo. Aparentemente lo tenía todo para ser un buen entrenador: experiencia, conocimientos, capacidad de liderazgo... pero su salud mental estaba al límite. Además, las expectativas del club no iban de la mano con las de Jesús, acostumbrado a ganar o, al menos, competir por lo máximo. Comenzó a faltar a entrenamientos, a partidos. "Tengo miedo, no sé qué hacer con el equipo" le confesó Jesús a sus íntimos. Había perdido su pasión por el waterpolo, lo único que parecía mantenerle vivo. Y por si fuera poco, la relación con su pareja hacía aguas y se separaron un tiempo. Su familia detecta problemas en él y decide traerlo de vuelta a Madrid. Allí su familia lo intentó todo, pero Jesús no se centró ni acabó de encontrarse. Los especialistas coincidían en que para este tipo de dolencias del alma es fundamental que el paciente ponga de su parte, pero Jesús ya lo había dado todo. 
"No es fácil después de 20 años en la alta competición, después de 6-7 horas diarias, pasar página. Somos seres humanos, no máquinas. El tránsito de la vida real a la competitiva es muy complicado, no lo tenemos que olvidar", decía su entrenador Joan Jané en un intento de justificar los malos momentos por los que pasaba Jesús. "Todos nos van a recordar por las victorias, pero nadie sabe lo que hemos sufrido", recuerdaba también su amigo y compañero Manel Estiarte.  Se llamaron a todas las puertas, Federación Española de Natación, Comité Olímpico Español, Consejo Superior de Deportes... todo con tal de conseguir sacar a Jesús de aquel pozo. Tuvo un ingreso fallido en el Proyecto Hombre, por lo que su familia se puso en contacto con su gran amigo y compañero de fatigas en la selección, Pedro García Aguado, que acaba de superar sus adicciones, para que le convenciese de ingresar en la clínica Marenostrum.  .

La Federación Española de Natación le ofreció un puesto para trabajar con jóvenes en programas de tecnificación y promoción del waterpolo. Dos o tres veces viajaba por España para realizar su cometido pero no era constante en su trabajo. A veces acudía a la cita y aveces no. Hasta que lo dejó. La Federación Madrileña de Natación también intentó echarle una mano para que ayudase a su descubridor, Mariano García, en el centro de tecnificación. El Comité Olímpico Español también le consiguió un trabajo en una instalación deportiva de Zarautz, donde tenía pensado irse a vivir para estar cerca de su hija. Pero nunca se presentó. También hubo puertas que se encontró cerradas como la del entonces vicepresidente del COE, Iñaki Urdangarín. Inmerso en una profunda crisis, la familia pide ayuda a Alejandro Blanco, presidente COE, para sufragar los gastos (12.000 euros mensuales) del internamiento en una clínica Marenostrum. Pero aquel tipo generoso con todos, no fue capaz de serlo consigo mismo. Lo había ganado todo en el agua pero se ahogaba fuera de ella, Carente de motivaciones, se sentía débil recordando aquellas épocas pasadas de aplausos y palmaditas en la espalda. Hacía tiempo que oía voces y que no le encontraba sentido a su vida. Las terapias, la medicación, los tratamientos... nada logró activar su cerebro tras los brotes psicóticos. "Tengo 37 años, desde los 8 llevo en la piscina y no sé hacer nada más"(...) "Ya nada tiene sentido. Ya no quiero vivir, ya lo he conseguido todo. Mi meta era un oro olímpico y ya lo tenemos" les repetía a su madre y a su mejor amigo. Así, tras 5 meses de internamiento en la clínica Marenostum, el 11 de marzo de 2006, Jesús decidía poner fin a su vida. "El waterpolo es mi vida, yo no sé vivir sin él" solía decir, Y llevaba razón porque la vuelta a la vida real se le hizo muy cuesta arriba. "Era un chico grande que estaba asustado. Le vi perdido. Era consciente de su situación" reconocía Alejandro Blanco, presidente del COE. 

Durante todo este tiempo Jesús Rollán fue un icono del deporte español y uno de los mejores deportistas españoles de todos los tiempos. Algunos dicen que fue el mejor portero de la historia del waterpolo; todos coinciden en que fue incluso mejor persona. Carismático, vital, alegre, extrovertido, siempre fue de los que se hacen querer y de los que lo dan todo por los demás. Sus propios compañeros lo definían más que como un líder, como el alma del grupo.
"Era el centro del grupo, le gustaba hablar, era muy divertido" recuerda su compañero Chava Gómez. "Podías tener un mal día, en que no te entrara nada, que estuvieras cabizbajo. Pero él siempre encontraba las palabras exactas para animarte" decía el boya ucraniano Viktor Bondarenko. En 1996, durante un programa de Antena 3 llamado Telemaratón, los famosos más relevantes del momento iban poniendo artículos personales en subasta para recaudar fondos para ayudar a los niños del Zaire, víctimas de la guerra del Congo. Cada miembro del equipo olímpico de waterpolo donó algún objeto muy personal relacionado con los Juegos Olímpicos. Pues bien, Jesús Rollán, fue más allá y subastó su recién conseguida medalla de oro por 12.000 euros. "No sé lo que vale, pero no tiene precio. llegar hasta ahí es lo más a lo que puede llegar un deportista. Esto es muy importante y espero que llame mucha gente. Ha sido lo más importante en mi carrera deportiva" dijo en el momento de entregarla, visiblemente emocionado, También participó en otros programas de famosos como "¿Qué Apostamos?" o "Furor".

En 2006, después de acudir a su entierro, 7 de sus compañeros del Pro Recco italiano abrieron una cuenta corriente con 22.000 euros a nombre de su hija, para que lo recibiese cuando fuera mayor de edad. En 2022 en su Aravaca natal, 16 años después de su fallecimiento y como homenaje, le han puesto su nombre a una plaza. También en ese año, Netflix ha realizado una película, "42 segundos", basada en la historia de esta selección nacional de waterpolo de la que Jesús fue una pieza básica. Aunque, todo hay que decirlo, se toman varias licencias que deslucen la que podría ser una de las mejores historias del deporte español.

Si quieres leer su biografía, "Jesús Rollán. Vida y muerte de una leyenda", ya está a tu disposición dentro del programa del #PLEIEF