15 marzo 2025

¿Qué fue de... Jesse Owens?


James Cleveland Owens, más conocido como "Jesse" Owens, nació en Oakville (Alabama, Estados Unidos), el 12 de septiembre de 1913. Creció en el seno de una familia afroamericana muy humilde, descendiente de esclavos. Hecho que, viviendo en un estado sureño como Alabama, rural y segregado a más no poder, marcó su infancia. Sus primeros pasos en el atletismo los dio en el colegio pero no por elección propia, sino porque era la única actividad que podía realizar en su tiempo libre. Él quería jugar al béisbol junto al resto de sus compañeros del centro educativo pero estos no le permitían jugar por su color de piel. Entonces, para no aburrirse, un día decide comenzar a dar vueltas corriendo alrededor del campo de béisbol mientras el resto juega en él. Entre tanto, su familia, que también sufre continuos episodios racistas, toma la decisión de mudarse a la ciudad de Cleveland, al norte del país, más urbano e industrial, en busca de unas mejores condiciones de vida para todos. No serían los únicos. Más de seis millones de afroamericanos hicieron el mismo camino huyendo de aquel infierno.

En su nuevo hogar no es que sobrase el dinero, pues eran 10 hermanos y muchas bocas a las que alimentar pero, al menos, siempre había para comer, como mínimo, una vez al día. Su padre y su hermano mayor encontraron trabajo en una acería, y el pequeño Jesse siempre les ayudaba con los sueldos que conseguía repartiendo comestibles, cargando y descargando vagones de tren, o vendiendo zapatos). A nivel académico, su llegada al instituto East Technical School de Cleveland supone un punto de inflexión. Allí, Charles Ripley, el entrenador de la sección de atletismo del centro educativo, quedó maravillado con las condiciones innatas que tenía aquel joven desconocido que acababa de llegar. Jesse siempre lo recuerda como una persona clave en su carrera deportiva. Lo suyo fue como un amor a primera vista. Nada más verlo correr se le acercó y le dijo: "Dentro de unos años serás el mejor atleta del mundo". Lo primero que hizo fue asegurarse de que aquel chico raquítico y enclenque comiese bien. Lo segundo, asegurarse personalmente de darle unos entrenamientos de calidad para pulir aquel diamante en bruto que habían puesto en sus manos. Como Jesse iba a clase por las mañanas y trabajaba por las tardes, ambos acordaron entrenar antes de las clases. Eso suponía que ambos debían de levantarse cada día a las 5 de la mañana para entrenar. Los resultados no tardan en aparecer.  Un día Jesse Owens salta 7,55 metros en el Campeonato Nacional para Institutos, batiendo el récord mundial de salto de longitud de su categoría. Tenía veinte años y, aunque arrastraba unos dolores de espalda que a punto estuvieron de hacerle desistir, finalmente decidió participar en aquel campeonato nacional para institutos celebrado en Chicago. También igualó el récord mundial de 100 metros lisos con una marca de 10,4 segundos. Aquel chaval, enclenque y malnutrido, comenzaba a estar en boca de todos cuando todavía no había acabado el instituto.

Cuando llega la hora de dar el salto a la universidad, son muchas las que se interesan con tenerlo entre sus filas. Pero Owens, que no se fía, pide garantías a cambio de su matriculación. Estas garantías respondían a la constante discriminación y segregación racial que habían sufrido él y su familia, en no pocas ocasiones, durante su vida. Finalmente Jesse decidió acudir a la
Universidad de Ohio State a cambio de que le proporcionen un trabajo fijo para su padre y otro parcial, en una gasolinera, para él. Por contra, no recibió ninguna beca de estudios, ni tampoco pudo residir en el campus universitario como era habitual para los atletas de su nivel. Debería conformarse con residir a las afueras del campus, en otro edificio junto a otros atletas afroamericanos. Además, durante los desplazamientos que realizase con el equipo de atletismo debería alojarse en hoteles exclusivos para afroamericanos, y también comer en comedores para afroamericanos o, si lo hiciese en otros, tendría que sacar la comida del local y comer fuera del establecimiento. Pero todo no fueron malas noticias para Jesse, ya que tuvo como entrenador a Larry Snyder, un ex-atleta de nivel que vio truncada su carrera por una lesión. Gran motivador, supo entender la situación personal de Jesse y le ayudó a compaginar entrenamientos, estudio y trabajo. "Él saca más de ti de lo que jamás soñaste tener. En los Juegos Olímpicos, me tenía tan entusiasmado que no podía fallar" recuerda Jesse. Además, con una estabilidad económica por primera vez en su familia, Jesse pudo centrarse plenamente en su carrera deportiva. Cada semana que pasaba Owens era un poco mejor que la anterior. Primero sus marcas comenzaron a pulverizar los records nacionales pero no se detuvo ahí ya que, posteriormente, sus cronos pasaron a ser plusmarcas mundiales. El "antílope de ébano", apodo por el que se le empezaba a conocer, ya estaba en la élite del atletismo mundial.

En 1935, durante sus primeros Campeonatos Nacionales Universitarios, Jesse Owens logró lo que para muchos es la mayor proeza de la historia del atletismo. Tras pedir un día de permiso en la gasolinera, en tan solo cuarenta y cinco minutos batió tres récords mundiales absolutos e igualó uno. Primero el de las cien yardas lisas (91 metros), después el de salto de longitud, luego el de las 220 yardas y finamente el de las 220 yardas vallas. A medida que se acerca la cita olímpica cobra impulso entre los atletas afroamericanos la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP). Quieren que los atletas afroamericanos de Estados Unidos boicoteen la cita olímpica. Sin embargo, Jesse y 17 atletas afroamericanos más, finalmente participaron después de que Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Estadounidense, calificase a los del NAACP de "agitadores antiamericanos"

Los Juegos Olímpicos en Berlín 1936 supusieron la consagración de Jesse Owens a nivel mundial. El evento había sido organizado, hasta el más mínimo detalle, por el partido nazi de Adolf Hitler. Tenían que demostrar al mundo entero la superioridad de la raza aria y no se les ocurrió mejor escenario que la cita olímpica. Pero en la fiesta alemana se coló un invitado con el que ningún gerifalte nazi había contado en sus planes: Jesse Owens. Aquel joven afroamericano se convirtió sin discusión en el gran triunfador de la cita olímpica, tras ganar 4 medallas de oro (100 metros lisos, 200 metros lisos, relevo 4x100 y salto de longitud). Fue el primer deportista afroamericano patrocinado de la historia, tras convencerle Adi Dassler (creador de la marca Adidas) de que calzase sus revolucionarias zapatillas de clavos. Incluso se permitió el lujo de entablar una gran amistad con uno de los atletas estrella del combinado alemán, el saltador Luz Long (hecho que le sentó tan mal al gobierno nazi que, años más tarde y pese a la exención que tenían los atletas en estos casos, sería enviado obligatoriamente a la primera línea del frente de Sicilia, donde acabaría perdiendo la vida en 1943). Cada vez que salía a competir era aclamado estrepitosamente por la mayoría del estadio berlinés. Cuando coincidía con los aficionados alemanes fuera del estadio, la mayoría se volvía hacia él para conseguir un autógrafo suyo. La prensa estadounidense no cesaba de ensalzar sus victorias mientras que la prensa nazi restaba méritos a sus logros, catalogándolo como un auxiliar más del equipo estadounidense. 

Cuando Jesse y sus 17 compañeros afroamericanos olímpicos retornaron a Estados Unidos, esperaban un reconocimiento oficial que nunca terminó por llegar. En su lugar, se dieron de bruces con la triste realidad, la segregación racial que imperaba en su país y que impedía que los afroamericanos tuviesen los mismos derechos que el resto. Todo había sido un espejismo. De nada habían servido las 14 medallas conseguidas por atletas afroamericanos, ni toda la relevancia que se le había dado en la prensa a sus logros hacía unas semanas. "Algunos dicen que Hitler me despreció. Pero yo les digo que no lo hizo. No estoy diciendo nada en contra de nuestro presidente Roosevelt. Recuerden, no soy un político, pero también recuerden que el presidente no me envió ningún mensaje de felicitación porque, según dicen, estaba muy ocupado. No me envió ni un telegrama" afirmaba Jesse Owens. Al final, haciendo balance de todo, los atletas afroamericanos habían sido mejor tratados por los supremacistas nazis, que les permitieron moverse con libertad por todas partes, e incluso alojarse, y mezclarse, en los mismos hoteles donde estaban el resto de atletas. En norteamérica, con el presidente Roosevelt muy ocupado en captar el voto de la población sureña, abiertamente racista, los afroamericanos seguían siendo víctimas de una discriminación económica y social que los gobiernos locales ni se molestaban en disimular.

A la vuelta de Berlín, la Unión Atlética Amateur (AAU) había contratado una gira para disputar una serie de competiciones por Suecia a las que debían de acudir todos los atletas olímpicos. Sin embargo, Jesse tenía otros planes. Conocedor de la fama generada a raíz de su actuación en Berlín, quería sacar algo rédito aceptando alguna de las ofertas de patrocinio que tenía sobre la mesa. La AAU no aceptó su renuncia y, a modo de represalia, le retiró su estatus como deportista amateur y, con ello, puso fin a su carrera deportiva al tener prohibida la participación en eventos deportivos amateurs. Owens, contrariado, mostró su disconformidad con la sanción recibida y declara que "el mundo del atletismo se está convirtiendo en una farsa. Ya no significa nada para nosotros los atletas. La AAU se lleva todas las ganancias. Se lleva todo nuestro dinero en este país y te persigue en Europa para conseguir su parte. Tus mismos compatriotas te quitan lo que te pertenece". En tan sólo un par de meses Jesse había experimentado el paso de la fama al mayor de los olvidos por parte de su gobierno. Nadie reparó en que las ofertas de patrocinio que tenía eran poco menos que irrechazables para un deportista afroamericano que no tenía derecho a las jugosas becas deportivas universitarias.

El Partido Demócrata lo tentó para que, aprovechando su tirón mediático, entrase en política. Pero Jesse ni se lo planteó, entre otras cosas porque sus ideales eran más próximos al Partido Republicano. A partir de entonces Jesse Owens se dedicó a buscarse la vida como buenamente pudo. Al no poder competir, las ofertas de patrocinio comenzaron a esfumarse. 
 "No había televisión, ni publicidad a gran escala, ni patrocinios en aquel entonces. Al menos, no para un hombre negro" recuerda amargamente. Seguía teniendo el reconocimiento a nivel internacional pero en su país sufría las consecuencias de la segregación racial imperante. Le costaba encontrar empleo, así que estuvo trabajando en donde buenamente podía: una gasolinera, conserje de un parque infantil, gerente de una lavandería... Posteriormente fue contratado por la compañía automovilística de Ford para trabajar como enlace entre trabajadores de diferentes razas, y como defensor del trabajador afroamericano. Tras abandonar su puesto, se convirtió en propietario los Portland Rosebuds, equipo de béisbol integrado dentro de las llamadas Ligas Negras, aunque no  tuvo mucho éxito. También fue promotor de eventos deportivos, con los que recorrería todo el país retando a correr una carrera de 100 yardas a todos los atletas que deseasen participar en una carrera contra él, (dándoles ventajas de entre 10 y 20 yardas). Incluso llegó a realizar carreras compitiendo contra caballos de carreras, coches, motos y camiones. Fueron muchos los que nunca llegaron a entender que todo un campeón olímpico y, posiblemente, uno de los mejores deportistas de la historia acabase de esa forma tan denigrante. Owens siempre lo tuvo claro, "¿qué podía hacer? Tenía cuatro medallas de oro, pero no podía comérmelas"

Los Mets de Nueva York se interesaron por su situación y lo contrataron como entrenador de carreras para su equipo. Pero la aventura apenas duró un año. También fue gerente de una lavandería, volvió a trabajar en una gasolinera, incluso fue bailarín de jazz. Pero todos sus intentos por mejorar su situación económica fueron en vano. No pudo evitar caer en una bancarrota y también fue juzgado en 1966 por evasión de impuestos. Paralelamente, mientras en su país no encontraba una estabilidad, fuera de Estados Unidos era invitado a los diferentes eventos internacionales de atletismo, sobre todo en citas olímpicas. Llegó incluso a pedirle al presidente Jimmy Carter que reconsiderase su postura sobre el boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú 1980, ya que creía firmemente que estos deberían de estar siempre por encima de la política.

En 1980 falleció con 66 años a causa de un cáncer de pulmón extremadamente agresivo y muy resistente a los tratamientos. Desde los 32 años fumaba una cajetilla de tabaco diaria, y aquello terminó por pasarle factura. Y, como suele pasar en estos casos, los reconocimientos le llegaron sin que pudiera disfrutarlos en vida. El primero fue el de USA Track and Field, el organismo que rige el atletismo en Estados Unidos, que creó en 1981 un premio que lleva su nombre y que se otorga anualmente al mejor atleta del país. En 1983, ingresa como miembro del Salón de la Fama Olímpica de los Estados Unidos. En 1990, el presidente George Bush le entrega la medalla de oro del congreso. Desde 2024 la prestigiosa Diamond League de atletismo entrega un premio que lleva el nombre de Jesse Owens a aquellos atletas sub-23 que son considerados como las mayores promesas emergentes. Además cuenta con estadios, calles, museos, parques... en varias ubicaciones, dentro y fuera de los Estados Unidos, que llevan su nombre. 
Quizá ningún atleta simbolizó mejor la lucha humana contra la tiranía, la pobreza y el fanatismo racial.

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