Károly Takács nació en Budapest (Hungría) el 21 de enero de 1910, en el seno de una familia muy humilde. Las penurias económicas que sufrían en su casa le empujaron a cursar la carrera militar por consejo de sus padres. Así, con apenas 14 años, ingresó en el Real Instituto Húngaro de Formación y Educación de Suboficiales, una de las instituciones militares más prestigiosas del país. Allí se convirtió en soldado profesional y descubrió su gran pasión, el tiro deportivo. Con un físico envidiable, debido a su gran fuerza de voluntad y disciplina en el entrenamiento físico, destacó en deportes muy vinculados al ejército como el boxeo, el esquí o el atletismo de fondo. Pero, con el paso de los años, se centró sobre todo en las pruebas de tiro deportivo. Logró desarrollar una gran habilidad para el manejo de todas las armas de fuego, destacando sobre todo en el tiro con rifle y el tiro con pistola. Cuando sus obligaciones laborales no se lo impedían, pasaba prácticamente todo su tiempo libre practicando en los campos de tiro del cuartel. Su destreza no pasó desapercibida para sus superiores que, conscientes de que estaban ante un superdotado motriz, de esos que salen cada muchos años, le ascendieron a suboficial y le encargaron la función de ser el instructor de tiro de la tropa. Toda una responsabilidad para un joven de entonces tan sólo 19 años.
Debido a su alto nivel, que no cesaba de crecer a medida que acumulaba experiencia en torneos, no tardó mucho en convertirse en el mejor tirador con pistola de todo el país. Y, con los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 a la vuelta de la esquina, Károly se perfilaba como uno de los componentes del equipo olímpico húngaro. Sin embargo, una absurda normativa elitista húngara que impedía que sólo los oficiales pudiesen tomar parte en las pruebas de tiro, le apartó temporalmente de poder realizar uno de sus sueños de juventud, participar en unas olimpiadas. Károly, ostentaba el rango de suboficial y, dado su origen humilde, no podía seguir ascendiendo, así que tenía vetada su participación. "Dado que un suboficial no puede ser miembro de un club de tiro civil, por el momento no tengo manera de competir en tiro con pistola", comentó para justificar su ausencia. Decepcionado por una normativa que no entendía pero, sobre todo, por ver como el oro se lo habían llevado los oficiales alemanes y suecos, con unas puntuaciones muy inferiores a las que él solía alcanzar, sacó fuerzas de la flaqueza y puso todo su empeño en entrenar con mayor dedicación y determinación si cabe. Sabía que su momento llegaría y que tan sólo era cuestión de esperar el momento.
Y no se equivocó porque, tras rematar la cita olímpica berlinesa, los malos resultados deportivos obtenidos por la delegación húngara en las pruebas de tiro provocó que se admitiese la participación de militares de menor graduación. A Károly se le abrieron las puertas de la Asociación Deportiva de Oficiales del Ejército Húngaro, con los que empezó a preparar el próximo mundial de tiro. Pero todo se complicó en 1938 cuando, durante unas maniobras militares en Veszprém, una granada explotó en la mano derecha de Károly. A consecuencia del impacto de la metralla, su mano dominante sufrió daños permanentes, destrozándole por completo su dorso. Ya nunca mas podría empuñar un arma con esa mano y mucho menos volvería a disparar con la precisión que le había hecho famoso. El gobierno húngaro, consciente del daño, le ordenó abandonar el ejército por no considerarlo apto para la vida militar. Károly permaneció cerca de un mes deprimido en un hospital pensando en cómo se había desvanecido su sueño olímpico. Es ahí cuando entra en escena su entrenador Lazslo Torok que, con sólo una frase, le cambió la vida: "puedes aprender a tirar con la mano izquierda". Es entonces cuando Károly cambia su mentalidad, centrándose en lo que tenía y no en lo que había perdido. "Hasta la primavera del año siguiente, mantuve un entrenamiento constante e intenso con la mano izquierda, disparando entre 10.000 y 15.000 cartuchos diarios. No quería que el destino me venciera". Decían sus compañeros que no era extraño verle en una de sus maratonianas sesiones de entrenamiento rodeado de casquillos hasta la altura de la rodilla.
A los seis meses del accidente se presentó a los Campeonatos nacionales de tiro. Sus rivales, conscientes de su desgraciada historia con la granada, se acercaron a saludarle y a compadecerse, pensando que había acudido solamente para ver el campeonato. Pero sorprendió a todos cuando dijo que iba a participar. Lo que no sabían era que Károly volvía a ser un hombre completo, un tirador experto, que rompía los moldes técnicos sosteniendo la pistola con la mano izquierda y apuntando con una calma inquebrantable con el ojo derecho. Se hizo con el título en las pruebas de tiro al blanco y con pistola automática, superando el récord de puntos que había obtenido disparando con su mano derecha. También acudió al Campeonato del Mundo de Lucerna 1939, en la que obtuvo un cuarto puesto en la prueba individual y la medalla de oro en la prueba de equipos. "¿Qué puede derrotar a un hombre así? ¿Hay algo más maravilloso que la fuerza de voluntad humana, que supera todos los obstáculos y se esfuerza por superarse?", publicaba el diario Népsport cuando Károly regresó a Hungría. Y cuando de nuevo volvía a tocar el sueño olímpico, estalló la II Guerra Mundial y se suspendieron los juegos olímpicos de Tokyo 1940 y Londres 1944. Fue destinado a la primera línea del frente, ya como oficial de carrera, y acabó siendo hecho prisionero en Alemania por el ejército estadounidense en 1945.
Finalizada la contienda bélica, Károly regresó a una Hungría que no pasaba por sus mejores momentos tras la invasión del ejército soviético. Inicialmente se unió al Budapest Partizán Sports Club y posteriormente, en 1947, tras alzarse los comunistas con el poder, a la Asociación Deportiva del Ejército de Budapest. Después de ganar los Campeonatos nacionales de 1947 y 1948, por fin pudo cumplir su sueño de acudir a los Juegos Olímpicos de Londres 1948. Su edad y el accidente sufrido en su mano derecha habían creado muchas dudas entre sus 58 rivales, quienes no lo veían como un rival a tener en cuenta para la lucha por las medallas. El argentino Carlos Valiente, vigente campeón del mundo, le preguntó por qué había acudido a Londres, y el magiar respondió: "Vine para aprender". Pero en cuanto comenzó la competición, confirmó que su mano izquierda se había convertido, como mínimo, en tan buena como lo había sido la diestra. Con una actuación perfecta, en una competición marcada por la mala calidad de las municiones empleadas (los húngaros acertaron empleando sus propios cartuchos Magyaróvár), no sólo ganó la medalla de oro, sino que estableció un nuevo récord mundial. "Usted ha aprendido lo suficiente", le comentaría en el podio el subcampeón Carlos Valiente. “Empecé el primer día con más miedo, estaba nervioso, esta era la segunda gran competición internacional de mi vida. Por eso el resultado fue tan ajustado después del primer día. Hoy me he acostumbrado, me he sentido más cómodo en el campo de tiro y también me ayudó mucho que tantos húngaros nos animaran. Tampoco me he olvidado de mi campo de tiro y puedo decir que, sin las sesiones de entrenamiento allí, difícilmente habría logrado este resultado. Por eso estoy agradecido a la democracia húngara…” afirmaba tras rematar la competición, agradecido a un gobierno comunista que siempre le dispensó un trato de favor consciente del tirón popular de Károly entre los húngaros. En 1951 sería premiado como Atleta Destacado de la República Popular Húngara, además de concedérsele la Medalla de oro al Mérito de la República Popular Húngara.
Tras su éxito olímpico, y pese a tener ya sus años, siguió dominando las competiciones de tiro olímpico nacionales con gran facilidad. Comenzó a entrenar a jóvenes tiradores húngaros con gran éxito, convirtiéndose en un instructor de renombre. Sus destacadas actuaciones le llevaron a presentarse a los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952, con 42 años, en donde revalidó su título de campeón, convirtiéndose de ese modo en el primer tirador en ganar la prueba de pistola en dos citas olímpicas consecutivas. "Capitán Takács, usted ya ha aprendido mucho. Es hora de que se retire y me enseñe a mí", le comentó en esta ocasión Carlos Valiente, cuarto en aquella edición. No era ninguna exageración: la medalla de plata en Helsinki fue para otro tirador húngaro de tan sólo 17 años, Szilard Kun, al que Károly llevaba un par de años entrenando en su centro deportivo.
Con el ánimo de demostrar que los años no eran un condicionante en las pruebas de tiro olímpico, de nuevo se plantó en otra cita olímpica, los Juegos de Melbourne 1956. Pero su rendimiento ya no fue el mismo que el de las dos ediciones anteriores y se tuvo que conformar con un más que meritorio octavo puesto. A partir de entonces, aunque siguió compitiendo hasta los 56 años, priorizó más su faceta de instructor de tiro en el club polideportivo Honvéd de Budapest y en la Academia Militar Zrínyi Miklós. Fue el creador de una de las mayores canteras de tiro de la historia de este deporte. Prueba de ello es que, durante los Juegos Olímpicos de Tokyo 1964, un discípulo suyo, László Hammerl, recuperó el título olímpico para Hungría. Falleció a los 72 años tras una larga enfermedad y, durante su entierro, recibió honores de Estado como "caído en combate del Ejército Popular húngaro". En su palmarés figuran 35 campeonatos nacionales, 9 condecoraciones con alta distinción y, sobre todo, el reconocimiento de todos sus compatriotas que le consideran un héroe nacional. Y no sólo por ser uno de sus más laureados deportistas, gracias a sus increíbles registros, sino por la historia de superación, voluntad y esperanza que supuso para el pueblo magiar, en una época de grandes dificultades a todos los niveles. Su lucha contra la adversidad está considerada como uno de los grandes hitos de la historia del deporte mundial.
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