Hablar de "Carros de fuego" es hacerlo de una de las mejores películas de todos los tiempos y, como no, de todo un clásico del cine de temática deportiva. Tiene prácticamente todo lo que se le puede pedir a una película para enganchar al espectador. Una trama basada en hechos reales. Unos personajes principales antagónicos pero, al mismo tiempo, complementarios entre sí. Una banda sonora inolvidable que se ha convertido en todo un himno en cualquier evento deportivo. Y qué decir de su increíble ambientación, desde los verdes pastos de la Escocia rural al Londres universitario de a principios del siglo XX. Su estreno en los cines, allá por el año 1981, fue todo un éxito de taquilla a nivel mundial. Dirigida e interpretada mayoritariamente por personajes hasta entonces poco, o nada, conocidos fue nominada a 7 Óscars de la Academia de las Artes y las Ciencias, de los que acabaría ganando 4, entre ellos el de mejor película.
Sin embargo, todo lo que acontece en una película que, a la postre parece tan cuidadosa con la historia y sus personajes, no es del todo cierto. Por desgracia, y como cada vez es más habitual en el mundo del cine, sus guionistas se tomaron ciertas licencias. La historia de la rivalidad y amistad entre sus dos personajes principales, el escocés Eric Lidell y el inglés Harold Abrahams, es totalmente verídica. Cada uno, con su marcada y diferente personalidad, luchó por alcanzar su sueño durante los Juegos Olímpicos de París 1924. Sin embargo, hay un tercer personaje, con mucho peso en todo cuanto acontece, al que no se le hace justicia en la película. Se trata de Lord Andrew Lindsay, el extrovertido amigo de Harold Abrahams en la Universidad de Cambridge. Descendiente de la más alta nobleza inglesa, para él el deporte no es más que un agradable pasatiempo al que se entrega pero sin la necesidad de demostrar nada a nadie. Es él quien aparece en los primeros fotogramas de la película resaltando los valores de Abrahams durante su entierro. También es el que aparece, cigarro y botella de champán en mano, en el patio central del Trinity College para competir, contra el propio Harold Abrahams, dando una vuelta al patio central antes de que suenen las 12 campanadas del reloj de la torre. O el que entrenaba el paso de valla, con copas de champán encima de cada obstáculo, para mejorar su técnica. Finalmente, en un acto de generosidad y tras haber ganado la medalla de plata en la prueba de los 400 metros vallas, será él quien le ceda su plaza en la prueba de los 400 metros lisos a Eric Lidell. Pues bien, Lord Andrew Lindsay, nunca existió.
Quien sí existió fue David George Bromlow Cecil, más conocido como Lord Burghley o Marqués de Exeter. Nació el 9 de febrero de 1905 en Stanford (Inglaterra) en el seno de una de las familias nobiliarias más importantes del Reino Unido, directamente emparentada con la Casa de York. Estudió en el elitista Eton College londinense y estuvo interno en el Institut Le Rosey, antes de rematar sus estudios en la Universidad de Cambridge. Allí, tal y como sale en la película, coincidió con Harold Abrahams, con quien labró una buena amistad. Durante su época universitaria se convirtió en un consumado atleta que encarnaba muy bien el ideal de deportista, destacando sobre todo en las pruebas de vallas. Para mejorar su técnica en el paso de la valla diseñó un ingenioso sistema de entrenamiento. Solía colocar cajas de cerillas vacías sobre cada obstáculo con el objetivo de ir derribándolas con la pierna de ataque sin tocar el listón. Nada que ver con la frivolidad de las copas de cristal llenas de champán que aparecen colocadas sobre las vallas en la película. Lo único real de esa escena es la localización, ya que se rodó en los jardines de la espectacular "Burghley House", la residencia habitual de los Burghley desde el siglo XVI. También era un destacado velocista. Cuentan que, en 1927, durante su último semestre como universitario en Cambridge, logró un curioso récord en el patio central del Trinity College. Completó, en solitario, los 366,6 metros de su perímetro antes de que el reloj de la torre terminase de dar doce campanadas. Harold Abrahams, al contrario de lo que aparece en la película, jamás corrió esa prueba. A Lord Burghley, criado en los valores más puros del deporte, cuando le pasaron el guion de la película y vio que su historia había sido completamente manipulada, le sentó fatal que le desposeyesen de su logro. Tanto, que no autorizó a que su nombre apareciese en la película, creándose por este motivo el personaje de Lord Andrew Lindsay. Tampoco el Trinity College aceptó que se grabase esta parte en sus instalaciones, empleándose el Eton College como ambientación alternativa.
En 1924 consiguió formar parte del equipo olímpico británico que acudió a París a disputar los Juegos Olímpicos. Disputó la prueba de 110 metros vallas y cayó eliminado a las primeras de cambio, en cuartos de final. Nada que ver con lo que aparece en la película. Ni ganó una medalla de plata, ni disputó los 400 metros vallas, ni le cedió su plaza gustosamente a Eric Lidell para que el escocés pudiese correr. Tuvo que esperar hasta los Juegos Olímpicos de Ámsterdam 1928 para poder desquitarse. Allí alcanzó las semifinales en los 110 metros vallas y ganó el oro en la prueba de los 400 metros vallas. Cerró su ciclo en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932, en donde consiguió su segunda presea olímpica, una plata en el relevo 4 x 400 metros. Además, rozó otras dos más tras acabar quinto en los 110 metros vallas y cuarto en los 400 metros vallas.
En 1931, un año antes de su retirada, siguiendo la tradición familiar, fue elegido como miembro del parlamento británico por el Partido Conservador. Y un año más tarde, en 1933, fue también requerido por el Comité Olímpico Internacional (COI) para formar parte de él. Su seriedad y su buen desempeño, en todos los cargos que ostenta, le convierten en una persona muy popular y bien valorada. Además, su condición de ex-atleta le va a permitir tener una visión mucho más completa y realista acerca de las políticas deportivas a desarrollar. Hay que recordar que, en ese momento, muchos representantes del COI provenían de la realeza y su relación con el deporte era poco menos que testimonial. En 1936 se pone al frente de la Amateur Athletic Association (AAA), la federación de atletismo británica. Y desde allí da el salto a la presidencia de la Federación Internacional de Atletismo (IAAF), donde estará a frente 30 años (1946-1976). Desempeñando estos cargos, durante los Juegos Olímpicos de México 1968, a la hora de entregar las medallas de la prueba de los 200 metros lisos, vivió en primera persona la reivindicación de los velocistas norteamericanos, John Carlos y Tommie Smith. Ataviado con su americana de color rojo, y tras haber colocado las medallas, se mostró completamente imperturbable mientras sonaba el himno y los atletas levantaban su puño, como si la cosa no fuera con él. Eso sí, cuando terminó la ceremonia y la prensa acudió a él para que mostrase sus impresiones sobre todo lo acontecido, Lord Burghley se limitó a tirar de ironía: "pensé que se habían lesionado la mano".
El único "pero" que se le puede poner a Lord Burghley es su inquina hacia España. Quizás influenciado por la educación recibida o por ir en contra de la dictadura franquista, siempre mostró un odio visceral a todo lo que derivase de nuestro país. Cuando en 1966 el COI votó a favor de que España tuviese un segundo miembro en el máximo organismo olímpico, Lord Burghley comenzó una campaña de desprestigio hacia nuestro país. Decía que "España no es un país importante" y que no teníamos experiencia a la hora de organizar grandes eventos deportivos como unos juegos olímpicos. Él mismo se encargaría de tirar abajo la candidatura de Madrid para organizar los juegos olímpicos de 1972, empleando malas tretas e injurias. Sin embargo, lo que son las cosas, aquel español al que Lord Burghley se había opuesto para que accediese al COI en 1966, años más tarde se convertiría en su presidente. Juan Antonio Samaranch, en 1980, presidió en Londres un homenaje del COI a Lord Burghley en el que, lejos de buscar la revancha, decidió destacar todas las buenas cosas que el inglés había aportado al deporte.
Lord Burghley, falleció el 22 de octubre de 1981 en su Stanford natal a la edad de 76 años.
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