15 septiembre 2025

¿Sabías que...?

¿Sabías que las antiguas polis griegas, y sus colonias a lo largo de todo el Mediterráneo, invertían ingentes cantidades de dinero para sufragar los entrenamientos de sus atletas de cara a los Juegos Olímpicos?

En la Grecia clásica no había nada equiparable a los Juegos Olímpicos ni a la gloria que los vencedores le daban a su ciudad de nacimiento. De entre todas las pruebas, la más prestigiosa era el estadio, la prueba más antigua del programa olímpico clásico. En ella, los corredores debían de completar casi 200 metros corriendo en una pista de cuadrigas. A ningún atleta griego se le pasaba por la cabeza competir por amor al deporte. Siempre competían buscando algún premio. Con el tiempo, las ciudades comenzaron a costear todos los gastos de los mejores atletas: entrenadores, masajistas, nutricionistas... y todo lo que les hiciese falta. Además, contaban con mecenas, ricos aristócratas que se encargaban de alojarles y darles manutención, además de facilitarles el disfrute de su gimnasio para los entrenamientos. Se guardaban celosamente sus métodos de entrenamiento y planificaban meticulosamente sus carreras previas a la cita olímpica. Sabían que los velocistas que entrenaban en solitario, y no competían frente a otros, perdían la ventaja que únicamente se obtenía compitiendo. Así que los corredores siempre querían verse las caras y medirse con sus rivales en las pruebas previas. Una de estas pruebas previas más importantes eran las Ptolemaias, pruebas celebradas en Alejandría (Egipto) y que rivalizaban con los juegos panhelénicos en grandeza. 

Al ganador de la prueba del estadio se le agasajaba como a ningún otro campeón olímpico. Colmaba todas las aspiraciones de fama y riqueza que inspiraban a todos los atletas griegos. En primer lugar, las propias olimpiadas solían reconocerse por el nombre del ganador de la prueba del estadio (los primeros fueron conocidos como la Olimpiada de Corebo de Élide). Se les esculpía una estatua en su honor en el ágora, el corazón político, social y económico de su polis natal. Tenían derecho a comer gratis cuantas veces quisieran, y de por vida, en el edificio del consejo, y a una buena pensión cuando se retirasen. Se sabe incluso de ciudades griegas que han abierto un hueco derribando parte de su propia muralla para que un campeón olímpico no tuviera que humillarse pasando por una puerta normal a su regreso.

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