El Tour de Francia, la prueba ciclista por etapas más antigua e importante del mundo, no siempre fue el mastodóntico evento deportivo que ha llegado hasta nuestros días. Hubo una época en la que no existían las grandes escuadras deportivas profesionales de ahora, la organización era mucho más amateur y el interés generado distaba mucho de la ingente cantidad de aficionados que mueve actualmente. Por aquel entonces la organización de la prueba debía de conformarse con los equipos que confeccionaban las diferentes federaciones ciclistas nacionales, escogiendo a aquellos corredores que estimaban más oportunos. Los equipos privados que conocemos ahora (Emirates, Visma, Lidl-Treck, Ineos...), repletos de deportistas profesionales de múltiples nacionalidades y a la vanguardia en temas de tecnología, preparación física y nutrición deportiva, eran algo impensable para la época. Y de los salarios a percibir, mejor ni hablamos.
Corría el año 1954 cuando un joven toledano, enrolado en la selección española, disfrutaba de su primera aparición el la Grand Boucle. Federico Martín Bahamontes, que así se llamaba, era un corredor atípico para su época. Mientras que para el resto de los corredores su objetivo era la clasificación general, para él no. Para él su objetivo era demostrar que era el mejor escalador de su época. Su forma de correr fuese muy distinta a la de los grandes favoritos. Apenas la carretera se empinaba un poco, él se encargaba de torturar y someter al pelotón con su imparable ritmo infernal de ascensión. Arriesgaba mucho más de lo necesario, con largas cabalgadas en solitario buscando coronar los puertos más duros del Tour. No en vano, el Tour de Francia lo sigue considerando como el mejor escalador de su historia.
En una de sus innumerables escapadas, ascendiendo el Col de Romeyere junto a otros tres compañeros de fuga, el coche de apoyo de la selección belga se acercó para dar a su corredor la orden de no entrar, bajo ningún concepto, a los relevos. “Iba escapado con tres corredores más, Leguilly, Lazaride y un belga que tenía un ojo de cristal. El coche de este le dijo que no tirara del grupo porque yo les iba a dejar subiendo y cuando pasa el coche toca una piedra”, contaba Bahamontes a Perico Delgado en un programa de Televisión Española. Al acercarse, por unas carreteras infernales, que nada tienen que ver con las actuales, el vehículo proyectó varias piedras sobre la rueda de Bahamontes, dañando severamente dos radios. El ciclista toledano, lejos de preocuparse, evaluó rápidamente la situación y, con la naturalidad que le caracterizaba, se puso a destensar el freno de la rueda afectada. Acto seguido, lanzó un fuerte ataque al grupo y partió en solitario hacia la cima del puerto, coronándola con dos minutos de ventaja sobre el resto de fugados. Antes de iniciar el descenso, puso pie a tierra y valoró el estado de su bicicleta. Rápidamente se dio cuenta de que iniciar un frenético distancia con la rueda en esas condiciones, cabeceando sin parar, y el freno completamente destensado era un suicidio. Así que no le quedó más remedio que esperar a que llegase el equipo de apoyo de la selección española para cambiar la rueda. “Perdí un montón de tiempo, los 14 minutos que tardó en llegar el coche de apoyo a mi posición, más lo que tardaron en cambiar la rueda”, recuerda.
Pasaban los minutos, y también muchos de sus rivales, y el vehículo español de asistencia no terminaba de aparecer. Así que, divisó un carrito de helados en las postrimerías del puerto y ni corto ni perezoso, allí se dirigió ante la incredulidad del público allí presente. “Vi dos carritos de helado, me fui allí, pedí un helado mediante signos, ya que no hablaba francés, y lo metí en el bidón. Por detrás me hacían fotos y pensé “¡Jo! ¿Es que tengo el culo más guapo que la cara o qué? Y ahí fue donde me gané la fama, que luego me acompañaría el resto de mi carrera, de “el del helado””. La intriga carcomía a todo periodista y transeúnte que se encontrara en la cuneta, intentando adivinar por qué ese corredor que era cabeza de carrera se había bajado de la bici en la cumbre del Col de Romeyère para darse un capricho y asestar placenteros lametazos a un helado, como si aquello fuera una ruta dominguera y no una etapa de un Tour de Francia. No fueron pocos los que pensaron que aquello era un insolente acto de soberbia, vanidad o incluso prepotencia. ¿Qué clase de falta de respeto era aquella?. ¿Acaso pretendía jactarse de sus 14 minutos de ventaja sobre el pelotón? Más bien, el hombre pretendía evadirse de la inquietante impaciencia. Gran parte del público y de la prensa francesa nunca llegó a conocer la verdad de toda esta historia, ni mucho menos de la excentricidad y espontaneidad que acompañaron a Bahamontes durante toda su carrera deportiva. El caso es que esta anécdota pasaría a los anales de la historia del deporte.
Cinco años más tarde, en 1959, se convertiría en el primer ciclista español en ganar el Tour de Francia.
📷El Mundo


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