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Éric Moussambani Malonga nació en Malabo (Guinea Ecuatorial) el 31 de mayo de 1978. Poco o nada se sabe de su juventud, tan sólo que era un buen estudiante de informática y que trataba de ayudar económicamente a su madre buscando trabajos siempre que podía. De gran envergadura, pues roza los dos metros de altura, su única vinculación conocida con el deporte era el atletismo, al que era un gran aficionado. Un día, a finales del año 1999, escuchó en la radio un anuncio en el que el Comité Olímpico Ecuatoguineano buscaba representantes para acudir a los Juegos Olímpicos de Sídney 2000. No se lo pensó dos veces y se apuntó con toda la ilusión del mundo. Les convocaron a todos los interesados en un hotel de Malabo, la capital ecuatoguineana. Pero aquello estaba desierto, únicamente aparecieron dos personas interesadas, la joven Paula Barila y el propio Eric Moussabani. Su idea era hacer las pruebas para ser seleccionado en el equipo de atletismo, donde tenía algo de experiencia. Pero, cuando los llevaron hasta la piscina del hotel, pronto se dio cuenta de que buscaban a la persona que representase al equipo nacional en natación. La experiencia de Eric con la natación se limitaba a lo que había aprendido en la playa observando a pescadores locales, con un estilo tosco y rudimentario que, a duras penas, le servía para no hundirse.
Pero aquello poco o nada le importó a su Comité Olímpico, quien seleccionó a Eric para disputar los 100 metros libres las olimpiadas sin tan siquiera hacerle alguna prueba física o, al menos, verle nadar. Estaban más preocupados en el cobro de jugosas comisiones por enviar a deportistas a Sídney. Se dio la circunstancia de que el Comité Olímpico Internacional llevaba observando durante varios años como muchos países de África y Oriente Medio, en vías de desarrollo, apenas conseguían las marcas mínimas en alguna de las modalidades olímpicas, por lo que se quedaban fuera del evento deportivo por excelencia. Así que, para la cita aussie, decidió cursar una serie de invitaciones de las que se beneficiaron Guinea Ecuatorial, Níger y Tayikistán.
A sus 20 años Eric aún no era consciente de en dónde se había metido. “Cuando nos dijeron que iríamos a los Juegos Olímpicos yo todavía no sabía qué eran los Juegos Olímpicos. Estaba únicamente feliz por viajar, por pasear. Eso es lo que tenía en la cabeza, ni siquiera sabía dónde estaba Australia” recuerda. Quedaban seis meses para la gran cita y Eric no tenía ni una piscina olímpica para poder entrenar. Mientras sus futuros rivales apuraban la forma sometidos a planificaciones plurianuales en las que todo se medía y controlaba exhaustivamente, Eric iniciaba su preparación en la playa sin más ayuda que la de Silvestre, un pescador que le enseñaba a nadar mejor en sus ratos libres. A medida que se acercaba la fecha de partir hacia Australia, Eric más presionaba a las autoridades deportivas para que le ayudasen a encontrar una piscina en la que poder entrenar. Supo de la existencia de una en un hotel turístico, el Bisila Place, de tan sólo unos 20 metros de longitud, pero daban prioridad al uso de sus clientes. Así que, finalmente, se le permitió entrenar en ella pero sólo tres días a la semana, y de 5 a 6 de la mañana, para no molestar a las personas que se alojaban en el hotel.
Cuando Eric aterrizó en Sidney lo hizo como el único nadador que no llevaba un entrenador con él. Las autoridades lo llevaron hasta la villa olímpica y allí se instaló sólo. Pero la historia de Éric era tan rocambolesca que el resto de delegaciones no tardaron mucho en darse cuenta de quien era aquel joven africano desconocido. En su primera visita a la piscina olímpica, Eric se quedó impresionado por lo grande que era. Además, se presentó allí con un único bañador, unas bermudas floreadas de segunda mano que se había comprado en el mercado de Malabo. Un entrenador de la delegación de Sudáfrica se apiadó de él y le ayudó en todo lo que pudo en sus ratos libres. "Me dijo que parecía que iba a la playa” suele recordar Eric. Primero, le regaló un gorro, unas gafas y un bañador de competición, porque tenía miedo de que, portando únicamente aquellas bermudas, fuese descalificado por los jueces. Y más tarde, en sus ratos libres, hasta le enseñó a tirarse a la piscina desde el poyete y a realizar los giros impulsándose en la pared. Eric, impresionado por la magnitud del evento olímpico, alquiló unos DVD sobre la historia de la natación olímpica y se pasaba horas todas las noches viendo pruebas de otras ediciones.

En la ceremonia de apertura, Eric tuvo el honor de desfilar como abanderado de su país. Pero su mente ya estaba puesta en el 9 de septiembre, fecha en la que debutaría en la primera serie clasificatoria junto a los otros dos deportistas invitados sin marca olímpica mínima. Sorprendentemente, el nigeriano Karim Bare y el tayiko Farkhov Oripov fueron descalificados por realizar sendas salidas nulas y Eric disputó su serie nadando sólo. Las 14.000 personas que abarrotaban el Centro Acuático Internacional de Sidney observaron incrédulos como Eric estaba más cerca de ahogarse que de alcanzar una buena marca. Su osadía y la falta de técnica estuvieron a punto de jugarle una mala pasada. “Sinceramente no sabía nadar. Lo que tenía era nociones, pero nada más. En un nivel internacional y competitivo no tenía nada de experiencia. No sabía cómo mover los brazos, los pies, ni coordinar la respiración en el agua”. Jamás, ni si quiera en los entrenamientos había sido capaz de nadar 100 metros seguidos. Llegó a creer que debía completar la prueba en un solo tramo, desconociendo que la medida de longitud era de 50 metros y debía transitarla dos veces. "No puedo hacerlo", le dijo a su acompañante. Pero lo hizo. El elevado tiempo empleado en cubrir la distancia (1´52") fue lo de menos. Ni tan si quiera importó que el holandés Van den Hoogenband hubiese tardado menos en ganar la final de los 200 metros. Cuando terminó, el estadio entero aplaudió a Eric porque entendía que estaban ante todo un ejemplo de superación y que, nadie mejor que él, encarnaba los valores del olimpismo. "Todos creen que el éxito es ganar una medalla, pero el mío fue presentarme a aquella carrera". Su hazaña se tradujo en una victoria mucho más profunda: la victoria contra la desigualdad, la falta de recursos y el olvido estructural que enfrenta el deporte en muchas naciones en desarrollo.
Tras la experiencia olímpica, Eric regresó a Guinea Ecuatorial en donde se convirtió en uno de los encargados de fomentar la natación allí. “Mi aparición en los Juegos Olímpicos sirvió para que se conociera más a mi país y me convertí en una figura del deporte, tanto allí como el los países de alrededor”. Hasta le salió algún contrato publicitario, llegando a convertirse en uno de los iconos mediáticos de la prestigiosa marca deportiva de natación Speedo, tras haberse convertido en el nombre más buscado en las redes durante la celebración de los juegos. Además, el estado ecuatoguineano construyó las dos primeras piscinas olímpicas en Malabo y Bata. Pero necesitaba más que eso para poder progresar, así que cambió su residencia de Malabo a Barcelona con la idea de perfeccionar su estilo y poder repetir en los siguientes juegos. Y todo su esfuerzo y dedicación tuvo su recompensa ya que logró bajar de los 60 segundos su marca. Sin embargo, su sueño nunca más volvería a cumplirse por la incompetencia de su comité olímpico, que no llegó a entregar correctamente su documentación a tiempo para los Juegos Olímpicos de Atenas 2004.
En el año 2012, Eric se convirtió en entrenador del equipo nacional de natación de Guinea Ecuatorial. Compaginó esta labor con su trabajo como ingeniero informático en una empresa exportadora de gas. Su empeño se centra en transmitir a las nuevas generaciones la pasión que él descubrió casi por azar. "Trato de ayudar a los jóvenes que quieren ser buenos nadadores. Quiero animarles a nadar y a hacer deporte". Gracias a su impulso, el país ha vuelto a tener representación en Juegos Olímpicos en pruebas de natación. En Tokio 2020 lo hizo con Diosdado Joaquín Miko Eyanga y en París 2024 con Higinio Ndong Obama. Sus objetivos actuales incluyen la creación de un equipo de waterpolo y el impulso para formar parte de la Federación Internacional de Natación. Como homenaje, anualmente en Malabo se celebra el Campus de Natación homenaje a Eric Moussambani en el Hotel Bisila Place, el mismo en el que entró en su preparación para los JJOO. 📷 ESPN Deportes, Flaixbac, Relevo
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