Raymond Lewis nació el 3 de septiembre de 1952 en la ciudad de Los Ángeles (Estados Unidos) en el seno de una familia muy pobre. Su infancia transcurrió en el gueto de Watts, uno de los más marginales y conflictivos de todo norteamérica. La mitad de su población tenía antecedentes penales, únicamente un tercio había conseguido superar la educación secundaria y los índices de paro no cesaban de crecer. Además, las desigualdades sociales eran una constante por lo que los conflictos raciales contra la población afroamericana estaban a la orden del día. No en vano, en 1965 tuvo lugar allí uno de los mayores disturbios que se recuerdan en todo el país, con 34 muertos y más de 1.000 heridos, casi todos ellos afroamericanos, en los 6 días que duró el levantamiento. Este conflicto marcó mucho el carácter de un joven Raymond, que fue testigo directo del reguero de sangre, la brutalidad policial y el gran número de cadáveres de ciudadanos de color que había tirados por las calles de su barrio. Como pasó con muchos deportistas de aquella época, la calle fue su escuela y, en ella, el deporte era el mejor medio para evadirse de los problemas. Su primer deporte fue el béisbol, llegando a jugar en el equipo infantil de Caghey´s, en las ligas locales de East Rutherford. Era un jugador que destacaba por dominar las tres grandes habilidades específicas del béisbol: lanzar, recepcionar, correr y batear. Cosa que no era fácil en esas edades. Pero también, junto a su hermano mayor, practicaba baloncesto, diseñando ambos en muchas ocasiones las canastas atando un neumático con dos cuerdas a la pared. Ambos jugaban interminables "uno contra uno" en los que Raymond ganaba gracias a su inmenso talento, que parecía no tener límites. Su fama comienza a extenderse por todos los rincones del guetto, convirtiéndose en un dios para los miembros de su comunidad. "Creciendo en Watts, notabas la presión de ganar y ser realmente alguien; era la única forma de hacerse respetar o más allá, tener una posibilidad de salir del gueto" recuerda su mejor amigo, Dwight Slaughter (padre del que años más tarde sería jugador de la sección de baloncesto del Real Madrid).
Raymond sabe que el baloncesto probablemente sea su única vía de escape del gueto, así que se vuelca en él y aparca el béisbol. En 1968 ingresa en el instituto de Verbum Dei, una modesta institución católica copada en su mayoría por alumnado afroamericano y latino. No tarda mucho en colocarlo dentro del mapa baloncestístico estadounidense, llevándolo a ganar tres títulos consecutivos de la Federación Interescolar de California, acumulando en todo este tiempo 84 victorias y sólo 4 derrotas. “Ningún tío que haya jugado a esto fue tan bueno como Raymond. Cuando le veías con el balón parecía como si él midiera casi 3 metros y el resto no llegase a uno” recuerdan sus compañeros. No era un jugador como los demás. A su talento innato le sumaba una gran inteligencia en la toma de decisiones y una rapidez en la ejecución de las mismas, que era letal para sus oponentes. Además, nunca dudaba. Su carácter, forjado en el gueto, le había convertido en uno de sus respetados líderes sin la necesidad de ponerle la mano encima a alguien o portar un arma. Su arma era el balón de baloncesto y su campo de batalla las canchas deportivas. "Realmente lo idolatrabas. Su talento le proporcionó una gran autoridad. Fue un demonio de tío" decían sus compañeros.
Con el paso de sus años en el instituto, la fama de Raymond no para de crecer a la par que sus exhibiciones en las canchas. Nadie es capaz de botar el balón como él. Tiene semejante dominio del mismo que es muy difícil verle perder un balón o fallar un pase. Pero es que además ha desarrollado un tiro que roza la perfección, encadenando varios partidos con una estadística inmaculada, pese a ser el que más veces lanza en su equipo. Es nombrado jugador del año en su temporada de junior y de senior, palabras mayores. Como era de esperar, los ojeadores de las universidades comienzan a frecuentar sus partidos para ver en primera persona a aquel joven del que tanto se hablaba. Jim Harrick, entonces técnico de la Morningside High School, queda prendado de su juego y comenta a la prensa local que no ha visto un jugador de semejante nivel en su vida. Jerry Tarkanian, de la Long Beach State, que fue el entrenador que mejor llegó a entenderlo a la hora de apostar por él, llegó a declarar que ""Nunca vi a nadie jugar el uno contra uno como lo hacía él. Nunca vi a nadie que pudiera pararle ni detener sus penetraciones. Fue el mejor jugador de baloncesto que jamás haya visto. Puedes coger a los cinco mejores defensores de la NBA y ninguno podría para a este chico". Sin embargo Raymond, en una decisión poco acertada, eligió irse a la Universidad de Los Ángeles State porque ésta le ofrecía, como prima de fichaje, un coche un poco mejor que el que le ponía Long Beach State y el fichaje de su amigo Dwight Slaughter. "No fui a Long Beach por dinero. No te voy a mentir. Yo adoraba a Tarkanian, fue un hombre muy especial para mí. Vino antes que nadie a por mí para incluirme en sus planes. La verdad es que me dolió rechazarle pero la idea del dinero era la que ganaba por encima de todas porque lo único que yo quería era salir de la miseria del guetto de Watts cuanto antes y creí que hacía lo mejor" reveló Raymond en una entrevista 24 años después.
Cuesta creer que un jugador con semejante potencial, y que estaba en todas las listas de los mejores ojeadores del país, no recibiese ninguna oferta de las grandes universidades del estado de California, sobre todo UCLA, para unirse a sus filas. Puede que antecedentes como los de Joe Hammond o Earl Maningault, grandes talentos baloncestísticos surgidos de los bajos fondos y que acabaron perdidos en el mundo de la droga, le pasasen factura a Raymond. John Wooden, el prestigioso técnico de UCLA argumentó que no estaba interesado en él porque su expediente académico era muy mediocre. Y él no era partidario de sumar a sus filas a jugadores que no tuviesen un buen expediente ya que creía que, a la larga, a la hora de trabajar sus complejos sistemas tácticos iban a acabar dándoles problemas. Pero también es cierto que en aquella época las actitudes racistas todavía estaban muy extendidas por los Estados Unidos, recelando mucho de los jugadores afroamericanos procedentes de barrios conflictivos. Sea como fuere, hoy en día el caso sigue estando lleno de muchas sombras que difícilmente podremos llegar a conocer. Universidades, franquicias NBA, altos cargos deportivos del país mucha gente caería arrastrada por la verdad si algún día se aclarase todo lo sucedido.
En 1971, Raymond disputó su primer año de universitario y, dando la razón a quienes apostaron por él, batió todos los récords de la competición. 39´8 puntos de media, 60% de efectividad en los tiros de campo siendo la mayoría desde fuera de la zona, en una época donde aún no existían los triples. Él tenía su cabeza puesta en la NBA por lo que sus exhibiciones en pista iban dirigidas a acelerar su paso a la liga profesional lo antes posible, sin esperar a agotar los 4 años de universitario. 73 puntos frente a Santa Bárbara, 50 contra San Diego, 41 contra UCLA, la universidad que lo había rechazado y a la que le rompió una racha de 22 partidos sin perder... En su segundo y último año de universitario ya se podía ver que todo aquello le quedaba pequeño a Raymond: el entrenador Bob Miller, el nivel de su equipo, la propia competición universitaria (NCAA)... había que salir de allí. Y cuanto antes mejor. Así, en la primavera de 1973 se declara como jugador elegible para el draft de la NBA. Aquel año no había entre los elegibles mejor jugador que Raymond, así que todo indicaba que iba a salir en un puesto alto. Pero las elecciones se iban sucediendo una tras otra y el nombre de Raymond Lewis no aparecía por ningún lado. Hubo que esperar hasta que los Sixers de Philadelphia, hicieron su segunda elección en la primera ronda, con el número 18. Raymond no salía de su asombro porque consideraba que ni Doug Collins, número 1 del draft y primera elección de los Sixers, ni ningún otro de los 17 jugadores elegidos antes que él eran mejores. Con un cabreo mayúsculo acudió a la firma de su contrato y se retiró a la pensión donde estaba alojado. Podía elegir ver el vaso medio lleno, y valorar que por fin había cumplido su sueño de llegar a la NBA y que había sido escogido en primera ronda. Pero, en su lugar, escogió verlo medio vacío y ver todo aquello que había sucedido como una humillación hacia su persona. A la mañana siguiente Raymond, visiblemente alterado y sin haber conciliado el sueño en toda la noche, se presentó en las oficinas del club pidiendo renegociar su contrato de forma un tanto imprudente. Los Sixers hicieron oídos sordos y, de forma suave y con mucha cautela, le emplazaron a unirse a los campus de verano, dejando en el aire una futura renegociación.
Raymond hizo caso al club y se incorporó al campus de verano con sólo un nombre entre ceja y ceja; "Doug Collins". Los partidos disputados en esas fechas no hicieron más que acentuar la enorme diferencia que existía entre su nivel y el del resto de novatos. Eso molestaba, y mucho, a un Collins que se veía humillado en la lucha fratricida que mantenía con Raymond a diario. Los conatos de pelea entre ambos eran frecuentes en unos entrenamientos en los que iban al límite de lo permitido. Aún así, el entrenador Gene Shue no termina de confiar en Raymond, cosa que sí hace con Collins, con el que se muestra más paternalista. Y, tras un periodo en el que Raymond cree que ya ha demostrado con creces cuál es su nivel en la liga, se presenta en las oficinas de nuevo y vuelve a pedir que se renegocie su contrato. Los Sixers de nuevo se negaron en redondo, pero esta vez sin tapujos. Raymond, que venía de endosarles a Los Ángeles Lakers 52 puntos, se lo toma mucho peor que en la anterior ocasión y estalla loco de ira. Comienza a ausentarse de los entrenamientos, apareciendo y desapareciendo a su gusto, como si fuera un fantasma (de hecho, desde ese momento se le conocerá como "The phantom"). Los Sixers, que están atravesando una temporada de transición en la que intentan sentar las bases que les ayuden a poner orden en una franquicia que iba completamente a la deriva, sancionan durante toda la temporada de empleo y sueldo a Raymond.
Aquella sanción, justo en el momento cuando ya tocaba su sueño con los dedos, le dejó muy tocado. Decidió regresar a Los Ángeles para buscar refugio entre los suyos, pero lo único que encontró fue una depresión. Seguía dándole vueltas a todo lo que le había pasado y no encontraba ninguna explicación de por qué su talento había sido desperdiciado de aquella manera. Entre tanto, los Sixers, viendo que su jugador había desaparecido del mapa, deciden extender la sanción de empleo y sueldo durante los 3 años de contrato que tenía garantizados. Durante el segundo año de sanción le surge una oportunidad de fichar por los Utah Stars, un equipo de la liga ABA, pero esto llega a oídos de los Sixers, que tienen sus derechos, y amenazan con denunciarlo. En su último año de contrato, el nuevo gerente de los Sixers, Pat Williams, trata de darle una nueva oportunidad y rescatarlo del olvido. "Quise dar un nuevo arranque a su carrera animándole a integrarse en el equipo, pero creo que Ray había perdido ya todo el enfoque de su caso porque cada día que estuvimos juntos fue un constante litigio de nuevo". Pero, para entonces, Raymond tiene demasiado odio acumulado y se niega a aceptar lo que el llama "limosnas" que le ofrecen por jugar. Con ello, los Sixers le cierran definitivamente las puertas.
Toda esta situación no hace más que hundir más a un Raymond que ve como su depresión se agrava. Además se inicia en el consumo de drogas y empieza a abusar de ellas. Eso sí, ni en sus peores crisis dejó de jugar al baloncesto en las canchas del gueto californiano que le vio crecer. Una vez finalizada su vinculación laboral con los Sixers, se convierte en agente libre para firmar con quien quiera. No tarda mucho en recibir una llamada de Los Ángeles Clippers, otro equipo de la NBA. Acude a los entrenamientos de verano, donde le tocará batirse el cobre con varios futuros All Stars y, aún así, suma varias actuaciones por encima de los 50 puntos. Nadie creía lo que estaban viendo. ¿De dónde había salido ese chico?. Los Clippers se muestran muy interesados en contratarlo pero, como a cualquier agente libre sin experiencia en la liga, sólo podían ofrecerle el mínimo establecido en el convenio de la liga. La historia se repite. De nuevo Raymond se toma eso como una ofensa personal y, en cuanto hizo conocer a los directivos sus aspiraciones económicas, la negociación se terminó. Y con ello las oportunidades para Raymond de jugar en la NBA.
A partir de ese momento, es como si Raymond hubiese pasado a engrosar una lista negra y dejase de existir. Las ofertas nunca más volvieron a aparecer. Ni de la NBA, ni de la ABA, ni de la CBA. Con el tiempo recapacitó de sus errores y aseguraba que nunca más solicitaría renegociar un contrato. Pero ya era demasiado tarde. Ningún equipo volvería a llamar a la puerta del que está considerado como el mejor anotador, menor de 1,90 metros, de todos los tiempos. "¿Existía realmente esa lista negra? Tengo mis dudas pero donde no me cabe ni una sola es que, en efecto, Ray Lewis fue vetado. Fue vetado por todos aquellos tipos con quienes se encontró y no hicieron justicia deportiva a su rendimiento, por todos aquellos entrenadores que le explotaron sabiendo que no le iban a ayudar lo más mínimo, por un equipo que le prohibió renegociar simplemente su contrato cuando el chico apenas contaba 19 años y ninguna formación real. Por todos aquellos que sabiendo que venía de un gueto remoto actuaron de forma sucia y arrogante con él. Raymond sí tiene parte de responsabilidad en lo que le pasó, pero no toda" afirma Paul Feinberg, autor de un monográfico suyo en 1995. Hundido, Raymond rapidamente entendió que salir de su casa era hacerlo al mundo de los blancos, un mundo hostil donde el "blanco" más fácil' era él. Por eso buscó refugio de nuevo en el gueto, aquel del que tantas ganas tenía de salir desde la infancia y del que, en realidad, nunca salió. Allí pasaría el resto de sus días, ahogando sus penas en el alcohol y las drogas. Sin dinero, sin trabajo, malvivía en las mismas condiciones con las que se había criado.
A finales de los años noventa los Lewis recibieron una dura noticia: Raymond había contraído una gravísima infección en su pierna derecha y para salvarla era necesario amputársela. Raymond se negó a perder la pierna porque no podría seguir jugando al baloncesto, lo único que le ataba a la vida. Pero los médicos informaron a su madre de que si no le cortaban la pierna terminaría muriendo. Tardó mucho en dejarse intervenir. Tanto que el 11 de febrero del 2001 falleció en el más absoluto anonimato cuando únicamente contaba con 48 años.
En el año 2023 se estrenó un documental sobre su vida "Raymond Lewis: L.A. legend" que trata, por primera vez, de darle un poco de visibilidad. Cuesta creer que Holywood, la meca del cine, situada a unos kilómetros de donde nació Raymond, aún no se haya dignado a llevar a la gran pantalla la vida de Raymond.






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