16 septiembre 2024

Un campeonato mundial surrealista

Aunque la II Guerra Mundial acabó en 1945, un conflicto aún mayor, aunque sin rifles, ni tanques, ni aviones, se originó entre dos países que hasta entonces habían sido aliados: la Unión Soviética y los Estados Unidos. La llamada Guerra Fría no hizo más que confrontar dos modelos políticos totalmente opuestos, el capitalismo y el comunismo. Ambas naciones comenzaron una espiral de desconfianza y acusaciones mutuas que no hizo más que acentuarse con el paso de los años. Cualquier pretexto, cualquier situación era aprovechada para medir sus fuerzas con su nuevo y odiado enemigo: los intentos de expandir su influencia por otros países, la carrera espacial, la carrera nuclear... y, como no, el deporte. La Rusia zarista apenas había tenido una participación testimonial en los Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912. Y, con la Revolución rusa de 1917, la cosa no fue a mejor. Las autoridades soviéticas decidieron, por cuestiones ideológicas, que las competiciones internacionales no entraban dentro de sus intereses. Hubo que esperar a 1951 para que Iósif Stalin cayese en la cuenta del poderoso instrumento que era el deporte para expandir el comunismo por el resto del planeta. Desde ese momento, la armada roja, lucharía incesantemente por "conseguir la supremacía mundial de los principales deportes en el futuro inmediato". Y dentro de estas batallas deportivas, lo sucedido durante la final del Mundial de Ajedrez de 1978 es una de las historias más rocambolescas de la historia del deporte moderno.

Aquel año la final que dirimiría el ganador del cetro mundial se disputó entre los meses de julio y octubre en Baguio (Filipinas). El título se dilucidó entre dos ajedrecistas soviéticos, el vigente campeón del mundo, Anatoly Karpov, de 27 años, y el aspirante, Viktor Korchnoi, de 47. Viejos conocidos, pues Korchnoi había sido uno de los mentores de Karpov, se habían enfrentado en 1975 para dirimir quien sería el aspirante soviético que le disputaría el título al estadounidense Bobby Fisher. Serie que ganó Karpov, contra todo pronóstico tras 24 partidas, y que motivó un enfado mayúsculo en su rival por creer que tanto las autoridades soviéticas, como el Comité de Deportes, y la Federación Rusa de Ajedrez no habían jugado limpio. "Karpov contó con un ejército de maestros antes y durante nuestro encuentro; incluso figuras como Tal y Geller analizaban sus partidas. En cambio a mis ayudantes, Smyslov y Bronstein, los enviaron a competir al exterior. Esta preferencia sucedió por dos factores fundamentales: Karpov no sólo es miembro del partido comunista, sino que además es veinte años más joven y por lo tanto con mayor proyección. Yo, en cambio, soy ruso por adopción y judío de origen". Hechos que corrobora otro gran maestro, y enemigo de Karpov, como es Garri Kasparov, cuando dice que "Todos teníamos que proporcionarle información sobre nuestras aperturas y variaciones, nuestros secretos profesionales. Se nos había explicado con claridad que era nuestro deber patriótico, porque el traidor debía de ser vencido. Muchos de los grandes maestros fueron obligados y sometidos a este hostigamiento oficial". Lo cierto era que, para las instituciones soviéticas, Karpov representaba como nadie el ideal de deportista soviético: joven, dócil, trabajador, de carácter reservado, callado. Sabían perfectamente que una persona así, no iba a generarles ningún tipo de problemas. Además, como decía Nikolai Krogius, Jefe del Departamento de Ajedrez del Comité de Deportes de la Unión Soviética, "por el momento tenemos un campeón mundial y no necesitamos otro"

Como era de esperar, el gobierno soviético no se quedó de brazos cruzados ante semejantes acusaciones y tomó represalias privando a Korchnoi de gran parte de sus privilegios. Le prohibieron publicar artículos y comentar partidas de ajedrez en la televisión, dejó de recibir revistas del extranjero, le colocaron micrófonos en su casa, le bajaron el sueldo... Además, también le retiraron el visado para poder competir en el extranjero. Hasta 1976 no volvería a salir a competir al extranjero y, en la primera oportunidad que se le presentó para salir del país para volver a disputar un torneo internacional en Amsterdam, no dudó ni un segundo en fugarse y pedir asilo político. El gobierno soviético consideró este hecho como alta traición y se mostró muy preocupado porque el primer gran maestro disidente podría abrir la puerta para la fuga de más talentos soviéticos. Así que se buscó desestabilizarlo mediante contundentes represalias, esas que tanto caracterizaron a las dictaduras comunistas. A su hijo lo mandaron a un campo de trabajo en Siberia, y a su mujer la incomunicaron y le prohibieron salir del país. Además su nombre, sus fotos y sus hazañas ajedrecísticas fueron borradas de todos los libros de la Unión Soviética. A nivel deportivo, se ordenó a todos los grandes maestros del ajedrez soviéticos a que boicoteasen cualquier torneo en el que Korchnoi fuese invitado a participar, lo que le impidió medirse a los mejores maestros en más de una ocasión. Por contra, en el bloque occidental, Korchnoi se convirtió en un ejemplo de valentía y lucha por la libertad. 

En 1978 el maestro soviético Karpov debía de volver a defender su corona de Campeón del Mundo. Y el destino quiso que el aspirante a derrocarle fuese el Korchnoi, ahora convertido en un disidente soviético bajo bandera Suiza. El morbo estaba servido. En el bloque soviético preocupaba que aquel disidente suyo había ido derrotando en sucesivas rondas a varios de los mejores maestros soviéticos, incluidos dos excampeones del mundo: Tigrán Petrosián, Lev Polugaievsky, Boris Spassky... Aquel disidente temperamental e impulsivo se estaba convirtiendo en un problema para el régimen comunista. Y tan sólo les quedaba una última bala, la de Anatoly Karpov. Con lo que aquella final, para el gobierno soviético, fue más que una simple partida de ajedrez, realmente se convertiría en una cuestión de estado. Querían evitar a toda costa que se repitiese la afrenta de Bobby Fischer, quien logró en arrebatarle en 1972 el cetro mundial a los soviéticos por primera vez desde la II Guerra Mundial. Así que no es de extrañar que el ambiente que rodeó al evento ajedrecístico tuviese más elementos extradeportivos que otra cosa. Con el ajedrez como disculpa, se disputó toda una batalla de la guerra fría sobre un tablero, con dos maestros que se odiaban y que, como veremos, iban dispuestos a todo con tal de derrotar a su rival.

El primer roce surge cuando ni si quiera había comenzado la primera partida. Korchnoi duda si debe participar bajo bandera holandesa, ya que eran los que le habían concedido el asilo político, o bandera suiza, ya que era donde residía. La Unión Soviética se niega a que compita bajo ninguna bandera alegando de que se trata de un desertor y un apátrida, por lo que, en el caso de competir con una bandera, ésta debería de ser blanca. Los representantes de Korchnoi respondieron proponiendo, en tono un tanto jocoso, que el exiliado jugara bajo la bandera pirata Jolly Roger. Al final, la Unión Soviética hizo valer su posición de fuerza en el mundo del ajedrez y Korchnoi se tuvo que conformar con participar sin una bandera. Los soviéticos se habían anotado el primer tanto, antes de iniciarse la partida, dentro de una guerra psicológica que no había hecho nada más que comenzar. Porque, nada más sentarse para comenzar la primera partida, Korchnoi apareció con unas gafas de sol de espejo que no se quitó en toda la partida. Alegó que las llevaba porque Karpov, en una partida anterior, le había molestado constantemente con sus miradas gélidas y desafiantes. Con ellas buscaba reflejar la luz de la sala sobre los ojos de Karpov, tratando de cegarlo y, de paso, descentrarlo. Como era de esperar, el jugador soviético protestó formalmente a los jueces pero su reclamación no fue atendida. El juez principal Lothar Schmidt y su equipo probaron las gafas, sentados en la misma posición que los jugadores, para determinar hasta qué punto era cierto el efecto espejo cegador denunciado por Karpov. Y concluyeron que las gafas de sol no interferían, pero aun así pidieron a Korchnoi que se las quitara como acto de buena voluntad, lo que hizo en la recta final del partido.

Pero la partida no se disputaba únicamente en torno al tablero, también lo hacía en los alrededores. Karpov estaba convencido que, en un duelo anterior, Korchnoi había contratado un hipnotizador y lo había infiltrado entre el público para tratar de boicotear su juego. Así que, para la cita mundialista Karpov se trajo junto a la delegación soviética a un neurólogo del Laboratorio de Psicología de Moscú, el doctor Vladimir Zukhar. Korchnoi insistió en que realmente era un afamado parapsicólogo con cierta fama por hipnotizar a la gente e intervenir en sus decisiones. Los jueces estimaron las protestas de Korchnoi y prohibieron que Zukhar se sentase en las primeras cinco filas del público. Aún así, y colocando gente de Korchnoi siempre a su lado para descentrarlo e impedir que se concentrara, Zukhar no cesó de fijar su mirada inquebrantable sobre Korchnoi a lo largo de la partida. 

Cada minuto que pasaba las sospechas de que el jugador rival hacía trampas recibiendo ayuda externa crecían y ambos contendientes lo expresaban abiertamente frente a los medios de comunicación. Se cuestionaba todo, incluso el modelo de sillas con el que se debía de jugar. Korchnoi insistía en que fuesen de un determinado modelo alegando razones de comodidad. Esto motivó la desconfianza de Karpov, quien acusó a Korchnoi de tener integrado un dispositivo de comunicación en su silla. La silla de Korchnoi fue trasladada a un hospital cercano para realizarle una radiografía y descartar la presencia de elementos transmisores ocultos en él. Korchnoi, por su parte, se quejó de un yogurt de arándanos que los camareros sirvieron a Karpov ya que aquello podía significar comunicaciones cifradas de sus analistas sobre futuras tácticas y movimientos a realizar.  Los árbitros decidieron que el jugador soviético podría seguir sirviéndose el yogur, siempre y cuando lo hiciese siempre a la misma hora, e informándoles sobre su color antes de ser servido.

El ambiente no paraba de caldearse y cada vez se enrarecía más. Karpov rompe todos los protocolos y comienza a negarse a estrecharle la mano a Korchnoi. Alega que el aspirante no cesa de insultarle en voz baja durante la partida, así que los jueces prohíben todo tipo de comunicación verbal entre ambos jugadores. Incluso si quieren proponer tablas, deben de comunicárselo a los jueces antes de a su adversario. Pero, sin duda, el culmen de todo esta disparatada sucesión de acontecimientos llega cuando Korchnoi intenta introducir en la sala, como espectadores, a dos miembros de la secta Ananda Marga alegando que son sus instructores de yoga. Ambos fueron expulsados cuando se descubrió que tenían antecedentes penales y, aprovechando el tirón mediático del evento, lo único que querían era publicitar su secta y pedir la libertad de su líder, que estaba preso por homicidio. Los soviéticos aprovecharon este golpe para Korchnoi haciendo que el polémico doctor Zhukar volviera a las primeras filas, donde se sentó cerca del entonces presidente filipino, el dictador Ferdinand Marcos, para que nadie le molestase. 

Como si de una película de espionaje se tratase, los soviéticos acusaron a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) norteamericana de jugar sucio. Creían firmemente que fueron ellos los que introdujeron una serpiente en la habitación del hotel en donde se hospedaba Karpov. Y también, cuando el maestro ruso se mudó a una residencia para evitar más sobresaltos, de tener toda la noche sobrevolando helicópteros y conectados los aspersores, para impedirle dormir. Por su parte, el equipo de Korchnoi iba a todas partes con un detector de los niveles de radioactividad porque conocía muy bien los medios empleados por los servicios secretos soviéticos cuando querían quitarse de medio a los disidentes políticos. "Créalo, los soviéticos son capaces de eso y más", afirmaba a la prensa.

Finalmente Karpov, gracias a un juego excesivamente calculado, que buscaba el error del rival asumiendo el menor riesgo posible, logró hacerse con el título mundial. Eso sí, por un margen muy ajustado y después de perder peso hasta llegar hasta los 47 kilogramos. Para los soviéticos aquello fue una victoria ideológica de valor incuestionable, dada la repercusión mundial que tuvo el evento. Años después, en la final de 1981, volverá a enfrentarse de nuevo a un Korchnoi al que los expertos le daban por acabado y que, pese a todo, nunca se dio por vencido.

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