18 enero 2026

¿Sabías que...?

¿Sabías que la llama olímpica, uno de los símbolos más representativos de los Juegos Olímpicos, en la era moderna no se encendió hasta los Juegos Olímpicos de Amsterdam en 1928?

La tradición de la llama olímpica proviene de los Juegos Olímpicos de la antigüedad. Dado que el fuego tenía un carácter sagrado y que se utilizaba siempre, junto al sacrificio de animales, en el culto a los dioses, se prendía utilizando un skaphia, un artefacto que concentraba el calor de los rayos solares sobre la antorcha. La llama olímpica se colocaba, durante los cinco días que duraban las competiciones, delante del santuario dedicado a Hestia y de los templos dedicados a Zeus y Hera en la región de Olimpia, sede de las competiciones atléticas. Se sabe que este acto religioso fue celebrado ininterrumpidamente, como mínimo, desde el año 776 a.C. hasta el 393 d.C., tras la adopción del cristianismo como religión oficial del Imperio Romano. Entonces, todas las prácticas consideradas como paganas, entre las que estaban los juegos olímpicos, quedaban vetadas por el emperador Teodosio I el Grande. Hubo que esperar quince siglos hasta que regresasen de nuevo los juegos olímpicos, eso sí, en una visión más moderna. Para su primera edición, la de Atenas 1896, se recuperaron algunos emblemas y símbolos de la Grecia clásica pero entre ellos nunca estuvo el fuego sagrado. Hubo que esperar hasta la edición de Ámsterdam 1928 para que apareciese, por primera vez, un gran pebetero que albergase la llama olímpica mientras durase el evento. La idea corrió a cargo de Jan Wils, el arquitecto holandés que diseñó en estadio olímpico, que tuvo la feliz idea de colocar un gran pebetero sobre una torre de 40 metros de altura. Quería que se supiese a kilómetros de distancia que en Ámsterdam se estaban celebrando los juegos olímpicos. Eso sí, su encendido no corrió a cargo de ningún atleta, ni por una sacerdotisa. Fue encendido por un empleado de la compañía de gas al girar una manivela, al igual que ocurriría 4 años más tarde en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932.

Hubo que esperar hasta los Juegos Olímpicos de Berlin 1936 para que apareciesen, basándose en el culto que rendía el régimen nazi al fuego y su afición a las marchas nocturnas con antorchas, los relevos portando la llama olímpica. El alemán Carl Diem, secretario general del comité organizador de los llamados juegos nazis, con el objetivo de publicitar el gobierno de Adolf Hitler, tuvo la idea de conectar los Juegos Olímpicos modernos con la era antigua. Para ello, diseñó un relevo de antorchas que partiría de Grecia, y que iría recorriendo otros cinco países (Bulgaria, Yugoslavia, Hungría, Austria y Checoslovaquia), hasta llegar a Alemania. En total participaron 3.331 personas recorriendo 3.187 kilómetros, desde Olimpia hasta Berlín. El último relevo fue dado por el atleta alemán Fritz Schilgen, encargado de entrar al Estadio Olímpico de Berlín con la llama olímpica en la mano, y encender el pebetero. El evento fue inmortalizado por la cineasta nazi Leni Riefensthal en su documental Olimpia. Desde entonces, en cada nueva edición, se han ido sucediendo diferentes relevos desde las ruinas de Olimpia hasta la ciudad organizadora. 

📷La túnica de Neso

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