Miguel Induráin Larraya nació en Villava (España) un 16 de julio del año 1964. Creció en el seno de una familia de agricultores, que poseían varias fincas por la zona de Villava, a escasos kilómetros de Pamplona. "Tenían dinero, pero nunca se han dado aires de grandeza. Eran, y siguen siendo, la gente más llana y sencilla que uno pueda llegar a conocer" afirma uno de sus vecinos. Entre estas tierras de cultivo Miguel pasó su infancia, unas veces jugando y otras tantas trabajando. Y fue de esta forma cuando tuvo su primer contacto con la bicicleta ya que, como el propio Miguel recuerda, "siendo agricultores, mis padres pasaban mucho tiempo en el campo. Entonces no era como ahora, cuando los padres llevan a sus hijos en todas partes en coche. Íbamos en bicicleta a muchos sitios distintos". Un día, cuando tan sólo tenía once años, fue en bicicleta hasta el campo en donde trabajaba su padre con el bocadillo del almuerzo y se sentó en el tractor mientras se lo comía. Entre tanto, dos individuos que atravesaban los campos, vieron aquella bici sola y se la robaron. Para quitarle el disgusto a Miguel, su padre decidió comprarle otra bicicleta de segunda mano, pero esta vez iba a ser una de carreras. "Figuraros lo que nos habríamos perdido si hubiera seguido con la vieja" solía bromear su padre.
Aquel momento coincidió con la creación de un modesto equipo ciclista en su localidad, el Club Ciclista Villavés. "Jamás quisimos formar campeones, como Miguel, tan sólo queríamos ayudar a los jóvenes a crecer como era debido. Esta es una sociedad muy peligrosa para ellos. Cuando nosotros éramos jóvenes, en Villava sólo había tres bares, ahora hay veinte. Lo que estamos haciendo es labor social" afirma Barruso, uno de sus socios fundadores. Cuando Miguel se enteró de su existencia, y de que además organizaban una prueba ciclista, le pidió a su padre que le apuntase. La idea de competir le atraía, no en vano "es un ganador, no te deja ganar ni al billar. Ese instinto de ganador lo lleva dentro" recuerda su hermano Pruden. Pero también sentía curiosidad por conocer nuevos sitios a los que tendría que ir a disputar carreras. Además, no estaría solo en el equipo ya que, de los siete corredores inscritos en 1975, dos eran primos suyos. Junto a ellos irá mostrando sus fortalezas y puliendo sus debilidades en las 28 pruebas de categoría infantil que disputa, sin lograr vencer en ninguna. Jamás se quejó y, en lugar de dejarlo, racionalizó la situación (el que siempre le ganaba tenía un año más que él) y continuó con su proceso de aprendizaje. No separaba el deporte de la vida y, tal y como hacía en el campo, él sembraba para recoger.
Al año siguiente, en 1976, Induráin ya empieza a mostrar el potencial que atesora y se proclama Campeón de Navarra infantil tras vencer en 15 pruebas. Lo curioso del caso es que apenas hacía rodajes largos que superasen los 25 kilómetros, que era la distancia hasta el pueblo de su madre, Alzórriz. Tampoco tenía tiempo para más ya que, al ser el hermano mayor, tenía mucha faena que atender ayudando a sus padres. Y quizás esta carencia la compensaba gracias a su capacidad para gestionar situaciones de estrés, y a una inteligencia táctica que le hacía mostrarse imbatible en las carreras en circuito. Con el paso a cadetes, ya no es un desconocido y las tácticas de los equipos rivales le van a privar de muchas victorias porque ya eran conocedores de su letal final rápido, saliendo en los metros finales desde el pelotón. También "si había alguna carrera en la que tenía que trabajar para un compañero de equipo, lo hacía sin rechistar. Siempre colaboraba, era educado, no causaba problemas" recuerdan sus entrenadores. Aún así conseguirá 8 triunfos. El paso a juveniles ya le supone sacrificar tiempo de sus estudios de formación profesional para dedicárselo al entrenamiento. En aquella época no había pulsómetros, ni GPS, ni móviles ni nada de eso, por lo que solía entrenar por sensaciones. Algunas sesiones se iban hasta a las 10 horas tras coronar los Pirineos, y otras sesiones no pasaban de las 2 horas. Y no sólo aumenta el nivel de los entrenamientos, también el de sus rivales, con la afluencia de las potentes escuadras vascas a las carreras, siendo su gran rival en esa época el vizcaíno Juan Carlos González Salvador.
A finales de 1982, y pese a que Miguel en ningún momento comentó a nadie si su idea era dar el salto a profesionales, su nombre comienza a sonar para diferentes equipos de aficionados. No era perfil habitual del corredor español, que habitualmente destacaba en las ascensiones. Se asemejaba más al típico rodador belga u holandés, corpulento y que destacaba más en etapas llanas, y en las subidas cortas y explosivas. El Reynolds se demora en su oferta y está a punto de perder a Induráin, que ya se veía en las filas del Racesa. Con tan sólo 18 años firma por el equipo navarro en el que cobrará su primer sueldo, unos 60 euros mensuales. Su adaptación a las competiciones amateurs fue relativamente fácil y, a la par, asombrosamente exitosa. Se muestra como un corredor sumamente inteligente, callado y muy observador, con una capacidad para manejar las carreras impropia para su edad. "Cuando se gestaba una escapada de tres o cuatro chicos, yo le decía "oye, vigilad a ese corredor" y Miguel me respondía "No, es aquel otro al que tenemos que vigilar". Y entonces te decías a ti mismo "Jo, pues tiene razón. ¿Cómo diablos lo sabía?"" recuerda su director, Eusebio Unzué. Tan sólo en el plano físico, desde sus 186 centímetros y 90 kilos, su maduración era más lenta ya que sus articulaciones aún no estaban preparadas para soportar toda la potencia que su motor podía desarrollar. Su primer gran éxito llega en mayo de 1983 cuando conquista el Campeonato de Navarra de aficionados. Y acto seguido, sin apenas saborear el triunfo recién logrado, engrosa su palmarés con otro título de gran enjundia: Campeón de España de aficionados (el más joven de la historia). Su papel, a la hora de convertir ese año al Reynolds como equipo amateur más laureado de España, fue decisiva.
En 1984, Miguel es convocado para unirse a la concentración del equipo profesional del Reynolds, donde coincidirá con tres auténticas primeras espadas nacionales como eran Ángel Arroyo, Julián Gorospe o Perico Delgado. Se estrena en la Vuelta a Navarra, donde se hará con 2 etapas, la clasificación de la montaña y un 2º puesto en la general, únicamente superado por el malogrado Alberto Fernández. Como era de esperar, es convocado por la Federación Española de Ciclismo para defender los colores de España en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, donde tuvo una participación discreta. No tardará en resarcirse de la experiencia americana cuando, antes de dar el salto definitivo a profesional, logra ganar su primera etapa en el prestigioso Tour del Porvenir.
En 1985 el Reynolds pierde a Perico Delgado y a Ángel Arroyo, al no poder hacer frente a sus elevadas demandas económicas para continuar en sus filas. A consecuencia de esto, firman a Miguel Induráin, ya como corredor profesional a todos los efectos, por algo menos de 6.000 euros anuales. La maduración física de Miguel Induráin continúa y parece no tener techo. Durante las pruebas de esfuerzo realizadas en pretemporada en la Clínica Universitaria de Navarra rompió la maquina debido a la fuerza que fue capaz de desarrollar. Sus parámetros fisiológicos asombran, con 28 pulsaciones en reposo y una capacidad pulmonar fuera de lo normal. En carretera comienza a mostrar su destreza en las contrarrelojes en terrenos llanos, y en su poderoso sprint en las llegadas en grupos reducidos. También comienza a aprender a gestionar su esfuerzo durante alguna de las ascensiones más duras de Europa. A nivel internacional sigue dándose a conocer tras hacerse con dos etapas en el Tour del Porvenir, y después de portar durante cuatro días el maillot amarillo de la Vuelta a España (convirtiéndose, con tan sólo 20 años, en el líder más joven de la historia). También ese año hace su debut en el Tour de Francia aunque su presencia fue casi testimonial tras caer enfermo en la cuarta etapa.
En 1986 continúa la pérdida de talento en el Reynolds tras la salida de Eduardo Chozas. Induráin gana peso en el quipo, especialmente cuando gana su primera vuelta por etapas, la Vuelta a Murcia. Repite participación en la Vuelta a España, aunque este año desempeñará un rol de gregario, trabajando para su compañero Marc Gómez. También hace lo propio en el Tour de Francia, donde correrá únicamente 11 etapas. Acude por última vez al Tour del Porvenir, su vuelta por etapas preferida, y consigue hacerse con el triunfo final, despejando todas las dudas que había respecto a su capacidad para superar la alta montaña. Sin embargo, pese a este prometedor inicio, el rendimiento de Miguel parecía estancarse. No termina de explotar en ninguno de los múltiples perfiles en los que se le veía más futuro: rodador, contrarrelojista o incluso como pistard. En vista de ello, en 1987, el ciclista navarro visita a uno de los médicos especialistas en alto rendimiento deportivo más controvertidos del momento. El italiano Francesco Conconi le recomienda centrarse en las clásicas y carreras de un día, además de bajar de peso. José Miguel Echavarri, director del equipo, y Miguel no salen muy convencidos de aquella propuesta y deciden hacer todo lo contrario. A partir de ese año, de forma progresiva, su carrera se orientará hacia las grandes vueltas por etapas, como el Tour de Francia o la Vuelta España. Las victorias comienzan a llegar y se hace con la Vuelta a Galicia, la Semana Catalana, la Vuelta a los Valles Mineros y finaliza su primer Tour de Francia con solo 22 años. Al final de la temporada recibe importantes propuestas de equipos como el potente PDM holandés o el Zor español, pero las rechaza todas para seguir en el Reynolds por mucho menos dinero. Su sentido de la lealtad sería una constante a lo largo de toda su carrera deportiva.
En 1988 comienza a sufrir los envites de lo que será su gran caballo de batalla durante su carrera deportiva: su alergia al polen y el frío. Acude a la Vuelta a España para ayudar a Julián Gorospe, pero tiene que abandonar durante la última etapa aquejado de tendinitis y con un fuerte resfriado. No había logrado estar en ningún momento cerca de los puestos de cabeza y algunos ya comienzan a colgarle la etiqueta de eterna promesa. Sin embargo, durante el Tour de Francia, al que acude como gregario de lujo para Pedro Delgado, comienza a mostrar parte de su potencial. Por primera vez es capaz de atacar los puertos largos de los Pirineos y los Alpes con una fortaleza hasta entonces desconocida. Su final de temporada es esperanzador y se hace con la general de la Volta a Catalunya, por delante de Laudelino Cubino, uno de los mejores escaladores del momento. El comienzo del año 1989 no hace más que corroborar las mejoras experimentadas por Miguel durante el último tramo de la temporada pasada. Mucho más fino tras haber conseguido adelgazar 5 kilos, prosigue mejorando paulatinamente su destreza a la hora de atacar la montaña. Además, cada vez se muestra mucho más frío y calculador en carrera, sin perder un ápice de su clase, lo que le comenzará a granjear un gran respeto entre el resto del pelotón. "Corro para ganar, pero no corro para humillar a nadie" solía decir. Esa primavera cae la primera gran prueba de nivel mundial, la Paris-Niza, a la que sigue el Criterium Internacional, también en tierras galas. Ningún otro corredor español menor de 25 años era capaz de rendir a ese nivel. Nivel que le permitirá llegar a la Vuelta a España como líder del equipo Reynolds, ya que Pedro Delgado acudía únicamente para preparar el Tour de Francia. Pero, cuando todo parecía indicar que iba a vestirse de amarillo en las próximas etapas, con serias opciones a la victoria final, se cae bajando El Fito y tiene que abandonar por una fractura en su mano. Llega al Tour muy justo de forma pero logra hacerse con su primera etapa tras rodar escapado durante 91 kilómetros en una de las etapas pirenaicas. Pero, al margen de los resultados, siempre quedará la duda de si el equipo Reynolds debió apostar por él en lugar de por Pedro Delgado, de cara a la clasificación general de la ronda gala. Trabajando para el corredor segoviano, Miguel había terminado en 17ª posición, no muy lejos del top 10.
La temporada 1990 comenzaba con la llegada del Banco Español de Crédito, Banesto, como nuevo patrocinador del equipo. Las dudas sobre quién debe de llevar los galones en el equipo no hacen más que crecer con el paso de la temporada. La victoria, de nuevo, de Miguel en la Paris-Niza confirmó que su victoria el año anterior no había sido por casualidad. Se presenta en la Vuelta a España como uno de los grandes favoritos a la victoria final. Pero ese año aparece un intratable Marco Giovanetti, un corredor infravalorado que supo rentabilizar como nadie la ventaja obtenida, en una escapada durante la primera semana, para alzarse con la victoria final. La sinusitis crónica que tenía Miguel, junto a los problemas respiratorios derivados de un resfriado, también jugaron en su contra. En el Tour de Francia de ese año también repitió victoria, esta vez en un puerto mítico como es Luz Ardiden, tras un ajustado final con el norteamericano Greg Lemond. Sus actuaciones, siempre en beneficio de Pedro Delgado, cayeron en saco roto porque el ciclista segoviano ya no tenía la chispa ni la frescura de antaño. "El Banesto, simple y llanamente se equivocó de líder" sentenciaba el prestigioso diario deportivo francés L´Equipe. "Induráin ya no es el chico de los recados, porque eso sería un despilfarro de talento. Delgado jamás podrá agradecer lo que Induráin ha hecho por él" titulaba el diario Marca. Pedro Delgado, por su parte se defendía diciendo que "Miguel era muy receloso y no quería tener responsabilidades. La gente siempre dice que no debía de haberme esperado, pero yo digo que eso es lo que los aficionados piensan, pero no Miguel. Lo bueno de Miguel es que es muy generoso, respetará el plan del equipo aunque eso vaya contra él. Pero también estaba dentro de su cabeza la idea de "¿Y si fallo?. No quiero esa responsabilidad". Por eso prefería hacer lo que le mandaban en lugar de buscar su propia solución". Hay quien piensa que ese año Miguel no perdió el Tour, sino que ganó los otros 5 porque se dio cuenta de que tenía la victoria del Tour en sus piernas.
El año 1991 no comenzó bien para un Miguel que se vio obligado a casi no entrenar durante tres semanas por una gripe que le trastocaría la preparación para La Vuelta. En la ronda española se repitió la historia del año anterior. Un semidesconocido, en este caso el prometedor contrarrelojista catalán Melcior Mauri, amparado por el formidable equipo ONCE de Manolo Saiz, supo jugar sabiamente sus bazas y derrotó sin discusión alguna a Induráin en su especialidad: las cronos. Curiosamente, el único lugar en donde Miguel pudo sacarle algo de tiempo a Mauri fue en las etapas de montaña. La fortuna también se alió con Mauri cuando un temporal de nieve obligó a suspender la etapa de Pla de Beret donde, después de los precedentes en esa edición, Miguel podría haber reventado la carrera. "Jamás hubo una batalla entre Mauri e Induráin, fue entre Marino Lejarreta e Indurain. Induráin sentía un gran respeto por Lejarreta. La única vez que La Vuelta peligró para la ONCE fue cuando Indurain superó a Lejarreta en la general.Todos creíamos que Mauri cedería a la presión. Pero no lo hizo", recuerda Manolo Saiz. Tras su buena actuación en La Vuelta acude al Tour de Francia con la vitola de ser uno de los jefes de filas del Banesto, junto a Pedro Delgado y con el recién fichado Jean François Bernard en la recámara. Sin embargo, la carrera irá poniendo a cada uno en su sitio y, a las pocas etapas, tras un inicio de Tour aciago para el Banesto, tan sólo Miguel se mantiene con opciones reales de lograr la victoria final. El momento clave llega cuando en la etapa que incluía el Tourmalet, Aspin y final en Val Lourón, con la ayuda del bravo corredor italiano Claudio Chiappucci, ataca y pone patas arriba la carrera, a la vez que se hace con su primer maillot amarillo del Tour. Y ya se sabe como era Miguel, una vez que obtenía ventaja, ya no la perdía porque mentalmente era muy fuerte. Después de hacerse con dos etapas, se corona como el cuarto ganador español del Tour de Francia. Miguel, en su línea de evitar ser el centro de los focos, valoró su Tour como "una carrera como otra, solo que es más importante". La guinda a la temporada llegó con el bronce en el Mundial de ciclismo de Stuttgart , cediendo en un apretado final ante el italiano Gianni Bugno y el holandés Steven Rooks.
Miguel Induráin comienza la temporada 1992 convertido ya en todo un fenómeno de masas del público español. Tanto, que el ciclismo destierra al baloncesto y se convierte en el segundo deporte más popular tras el fútbol. Su pretemporada va enfocada a buscar el pico de forma durante el verano para poder repetir victoria en los Campos Elíseos. Por primera vez planifica hacer el doblete Giro de Italia- Tour de Francia, renunciando a participar en la Vuelta a España. En Italia cogió la maglia rosa en la segunda etapa y ya no la soltaría más. "Lo que hicimos fue optimizar sus talentos y ayudarle a no perder lo que había ganado en la contrarreloj. - explica Eusebio Unzué- Quizá siempre fui excesivamente prudente con él, pero eso se debe a que no quería cometer demasiados errores. Trabajo para ganar, no para dar espectáculo, porque en una carrera por etapas no sabes qué pasará al día siguiente. El ciclismo es un examen en el que las circunstancias cambian a diario. Desde el propio cuerpo a las circunstancias meteorológicas, se dan muchas variables. No se parece a ningún otro deporte, es pura improvisación". El Tour de Francia de 1992 supone la primera gran crisis con la que deberá de lidiar Induráin, porque una infección en una muela está a punto de echar al traste todas sus aspiraciones. No obstante, conseguirá recuperarse a tiempo y destrozará nuevamente a todos sus rivales gracias a su gran ventaja en las contrarrelojes y en los descensos, donde fue capaz de superar los 100 km/h en varias ocasiones. Tan sólo el italiano Claudio Chiappucci logró ponerlo en apuros, llegando a meta al borde del desfallecimiento, durante una etapa épica en los Alpes en la que se marchó en solitario durante más de 120 km a través de míticas cimas como el Iseran, el Mont Cenix y Sestriere. Rematará el año con varias victorias en vueltas menores como la Volta a Cataluña y el Circuit de l´Aulne, además de encabezar por primera vez el ranking por puntos de la UCI.
El año 1993 se planifica de forma muy similar al exitoso año anterior. Nuevamente participó en el Giro de Italia, con idea de ir cogiendo la forma a medida que se sucediesen las etapas, sólo que esta vez se encontró con un recorrido claramente "anti-Induráin", limitando considerablemente los kilómetros de las contrarreloj. Su rendimiento fue de menos a más, alzándose con la victoria final, aunque no sin apuros, tras sufrir varios ataques del equipo Ballan durante la ascensión al Santuario de Oropa. Además su equipo se quedó en cuadro tras perder a Fabrice Philipot y Stephane Heulot por una insolación, y al díscolo Armand de las Cuevas, que optó por correr por su cuenta y no para ayudar a Induráin. El corredor letón Piotr Ugrumov se quedó a tan sólo 58 segundos de arrebatarle la maglia rosa. De ello tomaría nota el suizo Tony Rominger, que se sumaba a la terna de aspirantes a desbancarlo tras vencer nuevamente en la Vuelta a España. No tardará en probar a Induráin en las primeras etapas alpinas en las que consigue hacerse con dos etapas consecutivas. Incluso llegó a superarle durante la última contrarreloj de la carrera, lo que hizo saltar las alarmas del Banesto. Lo que nadie sabía, ni si quiera sus propios compañeros de equipo salvo su hermano, era que un fuerte resfriado estaba mermando notablemente su rendimiento desde la segunda jornada de descanso en Andorra. Finalmente, Miguel se haría con su tercer Tour y se convertía en el primer corredor de la historia que había hecho dos dobles dobletes (ganar Tour y Giro) consecutivos, y el primero que conseguía ganar cinco grandes vueltas en cinco participaciones consecutivas. El belga Eddy Merckx, que veía por primera vez peligrar su récord, decía que Induráin era "demasiado limitado en lo que hace para satisfacerme del todo". En el Mundial de Oslo logra una meritoria medalla de plata, quedando por detrás de un joven Lance Armstrong, y de nuevo acabará el año encabezando el ranking UCI. Pero todo aquello no cambiaba a Miguel que, tras ser escogido para ser el último portador de la llama olímpica de cara a la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, declinó la invitación para regresar con los suyos a Villava.
En 1994 el Banesto busca reforzarse para arropar a Miguel con dos de sus grandes rivales en el Tour de Francia, el italiano Gianni Bugno y el polaco Zenon Jaskula, pero la operación finalmente no cristalizó. En su lugar se fusionó con otro equipo español, el Seguros Amaya, que contaba en sus filas con 3 corredores de mucho nivel: Mikel Zarrabeitia, Melcior Mauri y Jesús Montoya. De nuevo renuncia a correr la Vuelta a España y se centrará en el Giro de Italia para afinar su puesta a punto de cara al Tour de Francia. Pero la pretemporada no fue como se esperaba porque se vio interrumpida por una tendinitis, además de alergias y algún resfriado. Comenzó el Giro muy corto de preparación y, en esta ocasión, tuvo que conformarse con un tercer puesto, siendo superado por el ruso Evgeni Berzin y el italiano Marco Pantani. La prensa francesa, encabezada por L´Equipe, no tardó en enterrarlo de cara al Tour de Francia, pasando el testigo de gran favorito al suizo Tony Rominger, que llegaba crecido después de ganar cómodamente su tercera Vuelta a España consecutiva. El equipo médico del suizo incluso llegó a predecir que su corredor descolgaría al navarro en las etapas de montaña. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Un Induráin, ya en forma, se encargó de dinamitar la carrera en la segunda semana de competición. Ni si quiera el mal tiempo de la última semana puso en peligro su triunfo final, ante un Tony Rominger que acabaría abandonando antes de llegar a París. Terminará la temporada renunciando a participar en el Mundial de Ciclismo en Ruta de Agrigento (Italia), para centrarse en batir el récord de la hora. A pesar de que las características de Miguel no eran las ideales para la pista, consiguió rebajar el récord del británico Chris Boardman. "Nunca sufrí tanto en una bicicleta" comentó Miguel después de rematar su hazaña en el velódromo de Burdeos (Francia).
En 1995 la posibilidad de que Miguel Induráin igualase los 5 Tours del belga Eddy Merckx era el gran atractivo de la cita francesa. Viendo las dificultades que había experimentado en la tercera semana del Tour de 1994, el equipo decidió retrasar su preparación y suprimir el Giro de Italia de su calendario, para evitar riesgos y alargar más su pico de forma en Julio. En esta ocasión escogió la Midi Libre y la Dauphiné Libéré, pruebas de una semana, donde tenía más tiempo para recuperar. Los resultados comienzan a aflorar y llega al Tour de Francia pletórico, con varios triunfos a sus espaldas. Allí, surgió una nueva amenaza hasta entonces desconocida, los ataques en masa del equipo ONCE de Manolo Saiz. En el cuerpo a cuerpo con los Rominger, Chiappucci... Miguel salía airoso sin mayor problema. Pero la táctica de la ONCE suponía un nuevo desafío para el equipo Banesto, justo en el año que había perdido a sus mejores gregarios. "Nosotros fuimos los únicos que luchamos contra él como colectivo. Había días en que me iba a la cama diciéndome a mí mismo que Miguel era invencible, pero eso no me impedía despertarme al día siguiente y discurrir la forma de intentarlo de nuevo" recuerda Manolo Saiz. Induráin, siendo inteligente como era, comprendió que su estrategia era demasiado previsible, así que cambió su estrategia y lanzó ataques sorpresivos en plena ascensión en alguna ocasión. Pero no era suficiente. Las sucesivas emboscadas del equipo ONCE lograban poner en aprietos al corredor navarro, que veía como lo asilaban de sus compañeros y luego jugaban con él lanzando un ataque tras otro para desgastarlo. Y, cuando estaban cerca de lograrlo, la desgraciada muerte del ciclista italiano Fabio Casartelli durante la decimoquinta etapa supuso un respiro para el equipo Banesto. La última etapa de los Pirineos se suspendió para que el pelotón rindiese homenaje al joven corredor italiano, rodando a paso lento durante todo el recorrido. "De no haber sido por la muerte de Casartelli, o hubiésemos ganado el Tour o lo hubiésemos puesto patas arriba" sostiene Manolo Saiz. Finalmente Induráin consiguió su quinto Tour consecutivo, algo que nadie había logrado entonces. Ni siquiera sus rivales eran capaces de repetir en el segundo cajón del pódium. Y aun tendría energía para obtener el oro y la plata en los Campeonatos del Mundo contrarreloj y en ruta respectivamente. Sin embargo, el remate de esa temporada tendría cierto sabor amargo, tras verse casi obligado a intentar batir de nuevo el récord de la hora en Colombia. No lo consiguió e intentaron que repitiese de nuevo a las pocas semanas pero Miguel ya se negó en redondo, con aquel famoso "estoy harto, estoy cansado".
En 1996 la temporada comienza arrastrando las tensiones entre Miguel Induráin y la cúpula del equipo Banesto que se habían iniciado a finales de la última temporada. A las tiranteces surgidas durante la preparación del récord de la hora se le unió el agotamiento psicológico de Miguel. Agotado de tanta presión, comenzó a acusar todos los años de esfuerzo y sacrificio acumulados a sus espaldas. Una señal inequívoca de este hartazgo fue cuando el Banesto le ofrece renovar por dos años y él lo rechaza, anunciando que, a partir de ese momento, las renovaciones serían de año en año. "Estoy cerca de mi límite -declaró en una entrevista ese año-. He estado 5 años en la cima y empiezan a acusarse los kilómetros y el tiempo que he permanecido allí. Lo que es más difícil es la presión continua. No sé cuanto duraré". Era el primer aviso de que su retirada podría estar más cerca de lo que la gente pensaba. Y es que a Induráin e costaba hacerse a la idea de poder seguir en activo sin posibilidades reales de volver a ganar el Tour, que era su única motivación en aquel momento. Así que, en el momento que no se vea capaz de volver a ganarlo, con toda seguridad colgará la bicicleta. Intentan convencerle de que hay vida más allá del Tour, sobre todo en en las clásicas de un día, pruebas que le vienen como anillo al dedo. Pero no consiguen hacerle cambiar de opinión.
Comenzó la temporada repitiendo la planificación centrada en vueltas de una semana, que tan buen resultado le había dado la temporada pasada. Gana con autoridad la Vuelta al Alentejo, la Bicicleta vasca y, de nuevo, la siempre compleja Dauphiné Libéré. Llega al Tour de Francia como gran favorito, un peldaño por encima del suizo Alex Zülle, el francés Laurent Jalabert y el danés Bjarne Riis. Pero aquel Tour no comienza como los anteriores, ya que la ausencia de una contrarreloj larga en la primera semana le priva de llegar a la montaña con un importante colchón de tiempo que le permita jugar con sus rivales. Además, un frente frío provoca bajas temperaturas y grandes precipitaciones, cosa que afecta negativamente a su rendimiento, que también se ve afectado por las alergias. Tanto fue así que en la primera etapa alpina a Miguel, ante la incredulidad de sus rivales, da muestras de debilidad y entra en meta con 4 minutos de retraso. Inicialmente todos, incluidos sus rivales, pensaron en que aquello tan sólo había sido un mal día, sobre todo cuando Induráin declaró aquello de que "estoy bien, no me pasa nada". Pero las etapas se iban sucediendo y el Induráin de otros años, el que ponía patas arriba la carrera, no aparecía. Mientras tanto, el danés Bjarne Riis se vestía de amarillo y cada etapa que pasaba consolidaba más aún su ventaja hasta dejar al navarro en el undécimo puesto en la clasificación final. Induráin, como gran campeón que era, supo estar a la altura y asumió su derrota con dignidad. No estaba disgustado, se lo tomó como algo normal por el que han de pasar todos los deportistas que marcan una era. "Después del Tour le pedimos que siguiera otro año; fue entonces cuando dijo que no, que no iba a hacerlo. Fue entonces cuando tomó la decisión de no correr más" recuerda Eusebio Unzué. El equipo Banesto, para presionar a Miguel, decide iniciar las negociaciones con el corredor del Mapei, Abraham Olano, a quien muchos veían como el sucesor natural de Induráin. Y el resultado es que las relaciones entre la cúpula del Banesto y el corredor navarro comienzan a deteriorarse.
Quiso poner el broche de oro a toda una carrera de éxitos acudiendo a los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, donde logrará la que sería su última gran victoria, el oro en la contrarreloj individual. "Esta victoria no tiene nada que ver con no ganar el Tour. No tengo que demostrar nada a nadie. Era una medalla que faltaba en mi colección", afirmaba con la presea olímpica al cuello. Con este resultado Miguel había decidido poner fin a sus días como profesional del ciclismo, pero en su equipo no lo veían así. Le obligan a correr la Vuelta a España, que ahora había pasado a celebrarse en el mes de Septiembre, lo que deteriora mucho más una relación que estaba ya de por sí muy tocada. "Septiembre es para los que suspenden en Julio", solía repetir a sus corredores José Miguel Echavarri. "Fue un final vergonzoso para él - señala el ciclista británico Chris Boardman-. No estuvo bien. Culpo al banesto. Le obligaron a correr la Vuelta, lo que fue una falta de respeto". El resultado final, como reconoce Prudencio Induráin, fue que "ahora no tenemos ninguna relación (con Unzué y Echavarri); nada, cero. No terminó bien. (...) Pasaron de ser unos padres a no existir relación alguna. Pero así es la vida". Aquella fractura comenzó a ser vox pópuli y es la propia dirección de Banesto la que, a última hora, insiste en que no lo lleven si él no quiere. Pero la dirección deportiva del Banesto insiste en que es la mejor forma de darle un homenaje a Miguel por tierras españolas ya que, la mayor parte de sus éxitos, se habían fraguado en el extranjero. "Era la primera vez en mi vida que me imponían algo, y no lo encajé bien" afirmó. "Estaba enfadado porque no se encontraba en una condición física lo bastante buena como para correr. Le obligaron a ir" comenta Manu Arrieta, su fisioterapeuta. Una vez en la carrera, las primeras dos semanas transcurrieron con aparente tranquilidad y con el navarro bien posicionado para la victoria final. Pero cuando las balas de fogueo dejaron paso a los ataques de verdad en las carreteras asturianas, echó pie a tierra y se bajó de la bicicleta. A un cinco veces ganador del Tour no se le puede pedir que se sienta motivado para pelear por acabar quinto en la general de una Vuelta a España venida a menos. La ambición desmedida de la cúpula del Banesto, desoyendo al corredor y a los estudios médicos de Iñaki Arratibel, advirtiendo de la pérdida de capacidad aeróbica que estaba experimentando Induráin, fue un error colosal. A partir de ese momento, todo lo que Eusebio Unzué y José Miguel Echavarri proponen, recibió un "no" de Miguel por respuesta.
Con semejante mirlo libre, no son pocos los equipos que intentan echarle el lazo, sobre todo la ONCE de Manolo Saiz, uno de los mejores equipos del momento. Incluso llegó a haber una reunión con la programación de carreras y criterios deportivos para 1997 encima de la mesa, pero no hubo acuerdo económico y la operación se fue al traste. "Cuando fui a contratar a Induráin, sólo su contrato equivalía más de todo el presupuesto entero de la ONCE para la temporada siguiente. Nuestro presupuesto era como máximo de cinco millones de euros anuales" recuerda Manolo Saiz. A finales de otoño haría su última aparición con el maillot del Banesto en una carrera de exhibición en Xátiva. Y, ell 2 de Enero de 1997, Miguel anunciaba lo que ya era un secreto a voces, su decisión de poner fin a sus días como deportista profesional. Confesó que "estar al máximo nivel en este deporte exige mucho y cada año que pasa resulta más difícil de alcanzar. Creo que he dedicado suficiente tiempo al ciclismo, quiero disfrutarlo como afición. Creo que esta es la mejor decisión para mí y mi familia. Ellos también me esperan". Hubo rumores de que podría seguir ligado al equipo Banesto con un cargo dentro de su organigrama, o que lo haría dentro del equipo ciclista que proyectaba sacar el piloto de Fórmula 1 Fernando Alonso. Pero nada más lejos de la realidad.
Siguió apareciendo de forma muy esporádica en anuncios publicitarios y todavía se deja ver en algunas marchas cicloturistas, especialmente para importantes entidades benéficas. También es presidente de honor de la Fundación Miguel Induráin, gestionada por el Gobierno Foral de Navarra para ayudar a a deportistas de élite. Cuando el buen tiempo acompaña sale a andar con la bici, aunque también se ha aficionado a caminar por la naturaleza y a la caza. Para muchos, hasta la aparición del fenómeno Rafa Nadal, era el mejor deportista español de todos los tiempos.
📷Pinterest, Ciclo 21, Facebook, El mirador de Luisgui, EFE, Fundación Miguel Induráin
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