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Eric Henry Lidell nació el 16 de Enero de 1902 en Tianjín (China). Sus padres, que eran misioneros escoceses, habían sido destinados a China para realizar labores de evangelización dirigidas por una comunidad protestante llamada Sociedad Misionera de Londres. Hasta los 5 años estuvo viviendo en China junto a sus padres. Cuando cumplió los 6, fue enviado a cursar sus estudios en el Eltham College, un internado al sur de Londres para hijos de misioneros. Allí, aprovecha los ratos libres para empezar a practicar las múltiples disciplinas deportivas que, por entonces, se desarrollaban en la mayoría de los centros educativos británicos. Antes de cumplir los 16 años ya era campeón de 100 yardas, salto de longitud y el cuarto de milla. Y. únicamente su hermano Robert, dos años mayor que él, conseguía superarlo en las pruebas de campo a través, salto de altura y vallas. Pero no sólo destacaba en las pruebas atléticas ya que, simultáneamente, también practicaba rugby y criquet, deportes colectivos en los que con tan sólo 15 años ya era el capitán. Y todo ello siendo una persona humilde y carente de toda vanidad, lo que le valió ser premiado con la Copa Blackheath, que reconocía al mejor atleta de su generación.
En 1920 se marcha a estudiar ciencias puras en la prestigiosa Universidad de Edimburgo, donde ya estaba estudiando su hermano Robert. Allí será captado por el Club Atlético Universitario, en donde seguirá alternando la práctica del atletismo y el rugby. Para los expertos, su físico (medía 1,75 metros y pesaba 75 kilos) no invitaba a pronosticarle un gran futuro en el mundo del atletismo. Además, tampoco poseía una técnica muy depurada, pues contaba con un estilo muy particular, desgarbado y con la cabeza echada hacia atrás. Sin embargo la pasión con la que afrontaba los retos y con la que se vaciaba enganchaba a los espectadores. Durante los 5 años que estuvo en Edimburgo logró coronarse como doble campeón, en 100 y 220 yardas, durante los Campeonatos Británicos de Atletismo, con récord incluido. Su fama comienza a extenderse fuera de Escocia por el resto del Reino Unido, era habitual ver noticias suyas en los periódicos por sus hazañas deportivas. Así, en 1923, se estrena fuera de Escocia acudiendo a las pruebas organizadas por la Asociación Atlética Amateur de Inglaterra, el organismo que regía el atletismo británico. Allí, no sólo gana la prueba de las 100 yardas sino que además destroza el récord, dejándolo en 9,7 segundos, marca que tardaría 23 años en ser superada.
En Edimburgo Eric no se olvidó del rugby, deporte en el que había destacado en sobremanera en el colegio. Informes de sus técnicos escoceses hablan de él como un jugador que "posee esa combinación excepcional, la velocidad y el don de la mente y las manos del rugby; crea aperturas, aprovecha oportunidades, da el balón a la perfección, hace el trabajo de tres (si es necesario) en defensa y su altruismo casi llega al extremo. La experiencia debería convertirlo en un gran jugador tanto como velocista”. Titular indiscutible con el XV de la Universidad de Edimburgo, no tarda mucho en ser convocado para defender los colores de la potente selección nacional escocesa. Con ella jugó dos ediciones (1922 y 1923) del Torneo del V naciones liderando el XV del cardo. Escocia únicamente fue derrotada en una ocasión con Eric vestido de corto. Aunque no consiguió llevar ninguno de los tres títulos en juego (Calcuta Cup, la Triple Corona y el propio V Naciones) a Escocia sí demostró, pese a su juventud, ser uno de los mejores jugadores del momento. En 1923 abandonó el rugby, muy a su pesar, para centrarse en el atletismo.
Pero, aunque al muchos les costaba creerlo, no sólo los estudios y el deporte ocupaban la vida de Eric. Cristiano devoto, seguía las directrices de su rama de la Iglesia de Escocia a rajatabla, sobre todo en cuestión de oración y lectura de la biblia. Pero lo hacía de forma discreta, intentando no enfatizar públicamente la combinación de sus ideales deportivos, formativos y espirituales. Sin embargo todo cambia cuando en 1923 es elegido para hablar en nombre de la Unión Evangelista de Estudiantes de Glasgow. Esta congregación protestante llevaba tiempo intentando atraer a sus eventos religiosos a la población de Escocia, aunque con poco éxito. Le plantearon a Eric, dada su creciente popularidad, que fuese el encargado de llevar la voz cantante de los eventos. Él, que no era un orador dinámico, no se sentía capacitado para ello. Era consciente del peligro que suponía “elevar a un hombre a un nivel por encima de la fuerza de su carácter”. Aún así, aceptó el cargo porque creía que tenía la responsabilidad de representar a su fe en la vida pública. Para Eric, aquello ha sido la “cosa más valiente” que jamás había hecho.
Cuando quedan pocos meses para la celebración de los Juegos Olímpicos de París en 1924, es convocado para participar con el combinado británico para las pruebas de velocidad, los 100 y los 200 metros lisos. Eric, tras haber ganado los campeonatos británicos en las pruebas de velocidad equivalentes, figuraba en todas las quinielas para las medallas. Los calendarios con las fechas de todas las pruebas se publicaron meses antes (no como en la película "Carros de fuego", en donde figura que Eric se entera unos días antes) y Eric observó que la final de los 100 metros lisos se iba a celebrar un domingo. Fiel a sus principios religiosos, renunció a participar en esa prueba porque el domingo era el "día del señor", día que se debe dedicar por entero al culto, evitando los trabajos innecesarios y las recreaciones. En su lugar, tomaría partida en la prueba de los 400 metros lisos, ya que era el vigente campeón de las 440 yardas en las pruebas de la Asociación Atlética Amateur. Eso sí, su marca no se acercaba ni de lejos a la de sus contrincantes. Todo lo contrario de lo que sucedía en la de los 100 metros lisos, en la que era el indiscutible favorito para hacerse con el oro. Cuando la noticia se filtra a la prensa, la sociedad británica abre un debate público sobre la decisión tomada por Eric. Algunos admiraron su firmeza y las profundas convicciones que le llevaron a renunciar al éxito terrenal. Pero también los hay que no comprenden su postura inflexible, y lo tachan de desleal e incluso antipatriótico. ¿Por qué renunciar a una oportunidad única en la vida de honrarse a sí mismo y a su país? se preguntaban. Si la prueba se celebraba en la tarde del domingo, ¿acaso no tendría Eric tiempo de sobra a lo largo de la mañana para ocuparse de ir a la iglesia y de realizar sus rezos?. Hubo quien incluso extendió el rumor infundado de que no había participado porque cuando quiso inscribirse en los 100 metros lisos ya había finalizado el plazo. En medio de la tormenta Eric jamás se sintió discriminado por el Comité Olímpico Internacional por no respetar sus creencias. Ni criticó a muchos de sus compañeros con los que compartía fe pero que optaron por competir los domingos. Simplemente tomó su decisión y aceptó sus consecuencias. Para él, simplemente era una cuestión de integridad personal y obediencia cristiana.
Cuando se inauguraron los juegos olímpicos, Liddell ya tenía muy claro que la carrera que iba a correr en el mundo no era precisamente sobre una pista de cemento. Aquel polémico domingo, mientras su compatriota Harold Abrahams completaba con facilidad las dos primeras rondas de los 100 metros lisos, Liddell pronunciaba el sermón semanal en el edificio que la Iglesia de Escocia tiene en el centro de París. Este era su destino; su padre, James, era misionero en China; su hermano, su hermana y su esposa eran misioneros. En menos de un año estaría listo para dejarlo todo y unirse a ellos.

Su debut fue para competir en la prueba de 200 metros lisos fue en el estadio olímpico de Colombes, el mismo en el que había debutado con la selección de rugby dos años antes. Consiguió superar las dos primeras rondas clasificatorias sin ninguna dificultad, lo mismo que la semifinal. Sin embargo en la final tuvo que claudicar frente a dos atletas estadounidenses, Jackson Scholz y Charles Paddock, que le ganaron holgadamente. Sin casi tiempo a saborear la recién ganada medalla de bronce, Lidell comenzó a competir en la siguiente prueba que le tocaba, los 400 metros lisos. Que no era su distancia todo el mundo lo sabía. Incluso la delegación estadounidense, y algún que otro experto llegó a mofarse públicamente de su estilo a la hora de correr. Nadie contaba con él para las fase final y, mucho menos, para las medallas. Sin embargo, pasó la primera ronda y la semifinal con relativa facilidad, dejando a atletas de más renombre fuera. En el sorteo de calles para la final, a Lidell le correspondió la calle externa del anillo, la única que no te permite tener referencias de los rivales. Así que decidió romper la táctica habitual para la distancia en aquella época. En lugar de hacer la primera mitad de la carrera a un ritmo alto pero reservándose para lanzar un sprint máximo en la segunda parte, Eric planteó la carrera como un sprint máximo permanente. Llegó al 200 marcando un asombroso 22"2 que dejó a sus rivales atónitos. "No podía creer que alguien pudiera marcar semejante ritmo y terminar", afirmaba Horatio Fitch, plusmarquista mundial y gran favorito al oro. En ese instante Lidell ya tenía una ventaja de casi 3 metros sobre sus rivales, que se esforzaban en darle caza sin tregua. Pero no lo consiguieron. "Lo que hice fue correr los primeros 200 metros tan rápido como pude y luego, con la ayuda de Dios, correr los segundos 200 metros aún más duro” afirmaba. Cuando alcanzó la meta, lo hizo con casi 6 metros de ventaja sobre sus rivales, marcando un nuevo récord del mundo y olímpico en la distancia. Los 47"6 tardarían 12 años en ser superados por otro corredor europeo. Tras su sorprendente victoria en el 400 fue convocado para integrar el equipo del relevo 4x400 metros británico pero, como la prueba fue fechada en un domingo, nuevamente se negó a competir. Esta vez, la polémica fue más allá de la prensa e incluso llegó al parlamento británico. "Me opongo al deporte dominical en su totalidad", declaró Lidell.
Tras finalizar su participación olímpica, Eric regresó a Escocia, en donde fue recibido como todo un héroe nacional. Sus compañeros lo llevaron en volandas por todo el campus universitario, celebrando su triunfo. Sin embargo, él nunca permitió que la gloria deportiva nublara sus convicciones religiosas. Pasó un año más en Edimburgo estudiando teología y preparándose para llevar a cabo su labor misionera en China. Su última carrera en suelo británico llegó menos de un año después de la olimpiada, en junio de 1925, cuando ganó las pruebas de 100 yardas, 220 yardas y cuarto de milla en el Campeonato Escocés Amateur en Hampden Park. Unas semanas más tarde partió hacia Tianjín para continuar la labor misionera de sus padres.
Una vez instalado en tierras chinas Lidell se dedicó a enseñar matemáticas y ciencias en el Colegio Anglo-Cristiano de Tientsin, un colegio para estudiantes chinos adinerados. En el poco tiempo libre que le quedaba siguió entrenando por su cuenta e, incluso aprovechaba las ocasiones que tenía para competir contra grandes atletas que iban de gira por el país. Se sabe que derrotó a varios plusmarquistas japoneses, franceses y alemanes. "Si entrenas para los 800 m, serás el mejor hombre del mundo en esa distancia", le dijo la estrella alemana Otto Peltzer. Hubo quien le preguntó si echaba de menos la fama y la gloria del atletismo, a lo que respondió que "Es natural que uno piense en todo eso a veces, pero me alegro de estar en el trabajo que hago ahora. La vida de un hombre vale mucho más en esto que en lo otro".

Regresaría fugazmente a su país para ser nombrado ministro de la Unión Congregacional de Escocia. En China aceptó el puesto en una misión rural en Xiaozhang, una de poblaciones más pobres, deprimidas y castigadas por la guerra civil, y en la que el ejercito invasor japonés solía ser rechazado. Allí, en donde se reencontró con su hermano Robert, la situación era crítica por la falta de misioneros y por el agotamiento de los presentes. El gobierno británico entendió que la situación se estaba poniendo muy peligrosa y recomendó a todos sus súbditos allí residentes que se volvieran al Reino Unido. Eric mandó a Canadá a su esposa e hijas pero él decidió quedarse en la misión, hasta que la zona se convirtió en el campo de batalla entre chinos y japoneses. De vuelta a Tianjin, en 1943, es detenido por el ejercito japones e internado en un campo de prisioneros. Allí se ocupó de ayudar a los ancianos, fundó una escuela y se encargó de la recreación infantil, organizando actividades deportivas y creando equipos. Incluso se decía que había roto una vieja costumbre al participar en actividades deportivas los domingos, arbitrando partidos de fútbol infantiles. En una ocasión, a Liddell se le ofreció la oportunidad de abandonar el campo gracias a un acuerdo de intercambio con Winston Churchill pero se negó y, en su lugar, consiguió que fuese una mujer embarazada. Langdon Gilkey, superviviente del campo de concentración, dijo de Liddell: "A menudo, por las noches, lo veía inclinado sobre un tablero de ajedrez o una maqueta de barco, o dirigiendo una especie de baile en cuadrilla; absorto, cansado e interesado, entregándose por completo a este esfuerzo por cautivar la imaginación de estos jóvenes acorralados. Rebosaba buen humor y amor por la vida, además de entusiasmo y carisma. Es raro, en efecto, que alguien tenga la fortuna de conocer a un santo, pero él estuvo tan cerca de serlo como nadie que haya conocido".
A principios de 1945, seis meses antes de la liberación del campo, Liddell enfermó. En una carta, le contó a su esposa que temía estar sufriendo una crisis nerviosa. En realidad, se trataba de un tumor cerebral, intratable en esas circunstancias. Unos días después falleció con tan sólo 43 años. Toda Escocia lloró su muerte y, aun hoy en día, pese a su fugacidad, sigue siendo considerado el mejor deportista escocés de todos los tiempos, por delante de otros grandes atletas como Andy Murray, Colin McRae o Jackie Stewart. Su vida fue llevada al cine en las películas "Carros de fuego" e "Inquebrantable".
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